"Ahora el Mediterráneo es ya un mar muerto". Y todo lo que tiene algo de Romántico, pero para eso está la música, el teatro, la buena literatura, las buenas historias. Todo lo que tiene algo de Romántico está muerto, y nos hace falta amueblar este mundo recién pintado (gracias Sabina) con algo más. ¿Qué más? Eso lo tiene que descubrir cada uno, con ahínco, intuición y vocación precisamente de ese Romanticismo que no existe, pero del que encontremos tal vez alguna huella, más o menos evidente, que muchas veces no es ni bruma, y merezca la pena esa búsqueda constante.
"Pieles de plástico flotan en el caldo funerario, excrementos endurecidos por el salitre, preservativos hinchados que son globos de un fin de fiesta, bacterias malvadas que establecen un tiovivo invisible, hongos que hacen nido en las vaginas maternales, espumosos orines que fueron refrescos multinacionales, envases con residuo de pollo, peces con la tripa inflada de petróleo importado". Esto es, verbigracia, el Mediterráneo, nos guste o no, y considero a Vicent como un soñador, pero también uno de nuestros escritores más sinceros y lúcidos. Sólo tienes que ver con los ojos abiertos cualquier playa del litoral mediterráneo español y verás eso y mucho más. Y lo que hace Vicent es, con su forma de escribir más que con la historia que te cuenta, salvar en palabras aquel Mediterráneo que se agotó en el siglo XX y se alimentaba de tragedias griegas, dioses enfurecidos con gentes candorosas, crímenes de sangre a la hora del sol de justicia, barcos cargados de... ¿de qué? de Romanticismo, que es la visión que tenemos de lo que pasó antes de las dos grandes guerras europeas y de la guerra de aquí.
La historia del libro es una excusa, una ensoñación, un viaje sin salir de un valle cercano a la costa donde ángeles vuelan para escapar de sí mismos y volverse a encontrar por la espalda nuevos, donde neófitos de un nuevo profeta huertano quieren purificarse con ayuno y limpieza del agua sucia del alma. Es un campo de juegos donde Manuel Vicent escribe con una libertad que envidio, que es fácil de envidiar, porque desde un lenguaje estructurado utilizado por el gran costructor de historias que es él, despoja a cada palabra, cada adjetivo emparejado de su sustantivo, cada verbo bienhallado, del lastre, prejuicio, tópico, y nos lo devuelve azul y puro como se ve el Mediterráneo desde lejos, para inocularnos una filosofía huertana, agreste, desnuda, sencilla, despojada de piedras en la mochila que es la conciencia para resucitar otro Mediterráneo distinto del de hoy cada vez que abramos este libro.
"La tarde tenía esa sensación que se alcanza cuando el paisaje en la última curva del sol toma un reposo fatigado por el calor excesivo de la jornada...", esa sensación, cuando el sol ha dejado de quemar, y viene una brisa que trae el momento donde se comprende todo de una vez y que luego olvidas, se pasa, sabes que justo cuando el sol se escondía detrás de las casas bajas del pueblo costero y el mar se serenaba tuviste un momento de lucidez comprensiva, cuando no merecía la pena juzgar a nadie ni a nada, ni siquiera la porquería que traía el periódico por la mañana empañaba esos minutos delante del Mediterráneo.
martes, 14 de agosto de 2012
miércoles, 8 de agosto de 2012
VIDA DE ESTE CAPITÁN (Alonso de Contreras)
Como tantos otros, este libro, esta lectura, se debe a una encendida patente de Arturo Pérez-Reverte, prologuista de la edición que he disfrutado yo, a cargo de su amigo Javier Marías; "Buena parte de su vida transcurrió en el Mediterráneo, y casi toda sobre las armas", parece que está todo dicho en estas palabras, Mediterráneo y armas, aunque sigue y le seguimos sin parpadear; "documento extraordinario sobre aquel espacio ambiguo e impreciso que fue el Mare Nostrum: frontera móvil de aventura, horror y prosperidad, patio trasero de Oriente y Occidente donde se conocía todo el mundo, recinto interior de potencias ribereñas que allí ajustaron sus cuentas, mezclaron carne, acero, sangres y lenguas, renegando, negociando y al mismo tiempo combatiendo entre sí con la tenacidad memoriosa, mestiza, cruel, de las viejas razas", más palabras importantes, porque importan de AP-R sobre unas memorias, unas vivencias, que son como tiros de arcabuz; "Escandalizarse, aplicando a todo esto valores morales del siglo XXI, está de más. O resulta ridículo", algo muy propio de nuestra época.
Este libro cuenta con dos prólogos, el de AP-R y otro de Ortega y Gasset, recuperado aquí de otra edición correspondiente al año 1943,que dice de Vida de este capitán: "documento clásico donde absorben su información cuantos quieren describir el tipo de soldado que abrumó la vida de Europa durante la primera mitad del siglo XVII".
Siendo los dos prólogos importantes, el de Pérez-Reverte es más acertado desde mi visión de lector. No es que el de Ortega sea malo (el que emborrona este blog siempre le estará agradecido a Ortega por los artículos de El Espectador), ni mucho menos, pero es demasiado extenso, ya que más que un prólogo parece un resumen del libro, y a mí los prólogos que ,de por sí, me cuestan, se me ha hecho muy pesado el del filósofo español, aunque entiendo que cuando salió la edición del 43 fuese necesario una explicación ya que no era conocido el soldado Contreras, pero creo que los prologuistas deberían saber que ellos son meros prendedores de la obra en el lector, no los protagonistas, la obra la escribió otra persona.
Y ahora sí empieza lo bueno, hoy que pensábamos que Juego de Tronos, El Señor de los anillos, Matrix y otras hierbas eran el novamás viene Javier Marías y recupera una parte de nuestra Historia que nunca jamás nos han enseñado en el colegio ni en el instituto, huérfanos de aventuras reales, en frases sencillas hilvanadas a través de una vida sin mirar adelante ni atrás; "Víneme a Madrid, vi a mi madre y pedíla su bendición, y con ella me partí para Barcelona y allí me embarqué en un bajel cargado de paños y llegué a Palermo en diez días", es curioso lo parecida que es esta breve narración de hechos con lo que escribe un niño cuando inventa un cuento o una historieta, y no se crea es por desprestigiar a Alonso, todo lo contrario, que muchas veces los adornos y el barroco de cartón piedra es lo bostezante y sobrante y lastre de la llamada literatura, por parte de muchos entendidos en materia y poco en emoción lectora.
Me gustan las películas del Oeste, pero es que este libro llega hasta ahí; "No tuvo tanta dicha en cogerme, aunque me hizo retratar y poner en diferentes partes de Levante y Berbería, para que si me cogiesen le avisasen estos retratos". Y es que todo lo que hemos visto en la ficción y en la ciencia-ficción se ve desbordado por los recuerdos intensos y como si nada de Alonso.
También he crecido en un país donde hunos y otros nos han privado de conocer Nuestra Historia de verdad, por eso este libro hemos de valorarlo, mucho, porque de manera sencilla te explica alguien que estuvo allí cómo fue la película, "llegó al puerto un galeón catalán que venía de Alejandría cargado de ricas mercadurías para España", cuántas bocas callas, cuántas columnas de opinión borras con estas palabras, catalán y español, mejor no se puede decir y sin ánimo de nada, escribe como habla, naturalmente, un galeón catalán para España, ay Alonso si hubieras conocido la televisión y hubieras tenido que ver cuántos personajes de corbata y tafilete se comen los mocos hablando de las patrias, gente menuda al lado de tus gigantes y abrasadoras palabras, que echan luz sobre qué significaba España y Cataluña, para el que las rondaba continuamente, y que por moverse por todo el Mediterráneo les daba su valor a cada una.
Y no crean vuesasmercedes que aquí sólo hay historietas de espadachines, que
ni son historietas estas verdades como puños, ni espadachín es Alonso que es
soldado valiente y también enamoradizo y defensor de su honra, que sabiendo que le
engañaba una mujer con un amigo suyo que pronto dejó de serlo; pasen y vean "yo,
que no dormía, procuré andar al descuido con cuidado, hasta que su fortuna los
trajo a que los cogí juntos una mañana y se murieron", otra vez una
capacidad asombrosa de síntesis e ingenio, que no sé hasta que punto sabía el
autor de esas cualidades, o es que su picardía y viveza por saber madrugar
pronto se traslucían luego en lo demás. La capacidad de asombro no
hace falta pensarse para quien ha vivido, la cuestión es que cuántas películas
nos hemos perdido, pero hacer cine histórico en España parece prohibido. Me
quedo con ese andar al descuido con cuidado, y también esotro de se
murieron, simple forma de ver las cosas, y es que no podía pasar otra cosa
es lo que nos quiere decir.
También fue ermitaño,
"compré los instrumentos para un ermitaño: cilicio y disciplinas y
sayal que hacer un saco, un reloj de sol, muchos libros de penitencia,
simientes y una calavera y un azadoncito", me llama la atención todo,
porque es curioso ser testigo hoy en el atolondrado año 2012, ver cómo un
soldado que se partía el pecho a cada paso, se fuera al monte a rezar, pero
sobre todo lo del azadoncito, la forma en que lo dice, en que lo escribe,
en diminutivo, con el -ito, hoy que tanto se utiliza el -ito para todo,
en el libro lo utiliza poco pero muy al punto.
Y cómo no, hasta con la Inquisición topó nuestro amigo Alonso, "me llevaron a la calle de las Fuentes y metieron en una sala muy entapizada, donde había una mesa con dos velas y un Cristo y tintero y salvadera con papel; allí cerca un potro, que no me holgué de verlo, y estaba el verdugo y el Alcalde y escribano", tal cual nos lo imaginábamos, nos lo pinta, que da miedo, pero esta vez de verdad, porque le pasó a él, así que pensándolo bien creo que es mejor que no hagan ninguna película sobre este libro, la iban a cagar, nadie puede representarnos mejor que Alonso en tan pocas palabras el escenario inquisitorial, imagínense vuesasmercedes a Blanca Portillo sacada de Alatriste, siendo uno de los personajes en esta escena, pues que más que terror risa nos causaría.
Muchas más cosas subrayé de mi jugosa lectura sobre Alonso de Contreras, nacido en la muy noble villa de Madrid a 6 de enero de 1582, pero quien quiera más, que corra a la librería, porque afortunadamente no hay película de esto, aunque miento, que creo que sí la hay, pero si no nos la recetó que yo recuerde Pérez-Reverte, no sé cómo saldrá parado Alonso.
Hábito de San Juan, envenenamientos, viaje a las Indias, huésped de Lope de Vega, audiencias con el rey, con el Papa, y lo mejor lo he dejado donde mejor está: en sus páginas, pues aventuras, abordajes, lances de espada las encontrarán a punta de pala vuesasmercedes en este libro, documento asombroso para toda mi generación, a la cual nos contaron una Historia de España muy distinta de cómo la vio el soldado Alonso de Contreras. Gracias Capitán.
viernes, 27 de julio de 2012
TRILOGÍA DE MADRID 03/ Los cuerpos gloriosos (Francisco Umbral)
En una entrevista que le hace Sánchez-Dragó en el extinto programa Negro Sobre Blanco, sale a relucir lo que en tantas otras sobre tantos otros escritores de prosa lírica: los principos poéticos del escritor, "Me queda el recuerdo de sus cestas de dátiles, como una cesta de besos", cuenta Umbral aquí, aunque no creo que le gustara que se dijese de él que aquí contaba nada, mejor diré que, esta poesía encerrada en la prosa literaturiza el papel de la Trilogía de Madrid.
"Rafael Alberti vino después, sí, claro, mucho después, cuando ya la Historia, como he dicho, había hecho su relevo de armas y su cambio de centinelas entre Madrid y El Pardo, entre Madrid y El Escorial, entre Madrid y La Zarzuela, entre Madrid y Cuelgamuros", así literaturiza, también, en pocas líneas, el paso de Franco a lo que vino después, parece fácil... No, esto es alguien que estuvo en la calle tragando papel de periódico, emborrachándose de tinta de periódico, comprendiendo, asimilando todo, más las lecturas. Ahí está parte de nuestra compleja Historia de transición, en pocas palabras, genialmente condensadas en imágenes poéticas, claras, como fotos lúcidas, explicando las vueltas y los regresos a las Españas de los Albertis, las Dolores Ubarruris y los cambios de centinela, del de occidente a otros. Otros.
Y esto me hace preguntarme si no será uno más de los pecados de Umbral que lo hace incomprensible al resto de lectores, el hablar de personas, sitios, hechos, como periodista demasiado del momento. A ver si me explico: pongamos por ejemplo una leyenda de Toledo. Suelen estar escritas en el XIX, o en los años primeros del XX, que también son XIX o decimonónicos. Hablan de caballeros medievales, o personajes pintados por El Greco, o sargentos napoleónicos, y cuando las lees de Bécquer o te las cuenta alguien con el romanticismo en las venas, te crees al personaje, conoces al personaje. Y sin embargo cuántos personajes que salen por aquí caminando en las páginas de esta Trilogía de Madrid, siendo tan cercanos en el tiempo nos son ajenos (a no ser que tengas internet cerca y te vayas informando como el menda). Y claro el Romanticismo con su crudeza madrileño/macarra/dandy que quiere imprimir no casan, no son casanderas, así que Umbral es romántico, pero no escribe como los románticos, le mata y le salva el periodismo, porque Bécquer ya está inventado, nacido, escrito, y muerto prematuramente pero para los siglos de los siglos.
El cinismo o Umbral, el juego no entendido del escritor que coge a personas y las convierte en papel, "disociar el mundo real del mundo escrito, pasa en quien escribe mucho. El ente escrito, aunque esté recién tomado de la realidad, es ya asunto de la prosa, no de la vida, de modo que puedo saludar conmovido hasta las lágrimas a quien acabo de insultar en letra impresa", el mundo no entendió a Umbral, pero tampoco él entendió al mundo, no comprendía que la gente se enfadara por lo que él escribía de ellos, pero luego guardó rencor hasta su muerte a todos los que no le reconocieron enseguida o no le alababan sus cuentos, columnas o libros. Y eso es hacer trampa. No puedes hacer creer que te da igual que te lean en la posteridad y luego tener un odio sempiterno (por utilizar sus términos) a quien no te aplaude, "la literatura es un tocado que se ponen las grandes damas [...] Simplemente puede ocurrir que, un día, el tocado, la obra, la literatura, el hombre y el nombre, el escritor, vaya a parar a la sombrerera que no es, o su libro entre los libros del desván, por error. Y ahí termina todo. Mejor así". ¿Por error? ¿Mejor así? infantilismo agudo, pero estos pecados se le perdonan y son simpáticos, porque Francisco Umbral era así. Y quien no entienda esto, nunca va a disfrutar de sus páginas como olas de mares donde merece la pena, siempre, bañarse.
Una de cine pero no de romanos, sobre Luis García Berlanga, "descubrí esa manera de hacer el cine que tiene Luis, como con desgana, esa blanda energía con que manje a la gente, en el trabajo como en la vida", eso mismo pensé yo viendo El Faro de Alejandría, programa del Dragó, junto a Amparo Soler Leal y Juan Diego, charlando los cuatro sobre la película recién estrenada entonces París-Tombuctú, donde falsamente parece distraído y sí, como con esa desgana, blanda energía, que tan bien adjetiva Umbral, y... "y quizá lo confiaba todo, luego, a los milagros del montaje. En el montaje es donde el cineasta se torna escultor, pintor y escritor. Sobre una materia dada, el celuloide o lo que sea, compone un tiempo narrativo, como un escritor, arquitectura una armazón de imágenes, como un escultor, contrapone sentimientos a colores, colores a otros colores, como un pintor", maravilloso desgrane umbraliano sobre el método del director de cine, donde toman forma las artes para hacer el arte nuevo del siglo XX, que luego explicó Berlanga como el complejo de dios en pequeño, de creador chapucero de universos complementándose, y sigue Umbral: "En ese escribir a oscuras, sólo con imágenes, en la sala de montaje, está lo más literario del hombre que hace cine. Lo más literario y lo casi medieval, monacal, monasterial, del oficio", así que este era el secreto mejor guardado del genio sinvergüenza (aquí la palabra sinvergüenza es donde más a gusto la utilizo, que no tiene nada que ver con la otra clase de sinvergüenzas), y esto es lo que explica su actitud desganada, en el programa del Dragó, donde parecía no darse por aludido de lo que allí se decía sobre él, porque todo lo que allí se habló fue sobre su universo de celuloide, y sin embargo no dejaba de tomar notas, nos ha jodido, que qué bien disimulo eh Amparo, tú pregunta Dragó, que todo me sirve aunque parezca que vengo aquí como a regañadientes... "La última de las bellas artes, el arte de nuestro siglo, tiene, así, mucho de libro medieval iluminado, de texto enriquecido por la marginalia", la marginalia tanto sirve para denominar los manuscritos ilustrados medievales como para designar las notas, glosas y comentarios editoriales hechos al margen, y aquí es donde el escritor, Umbral, que empieza de forma chapucera a crear sus universos literarios, lo mismo que Berlanga con los suyos del cine, terminan brillantemente un párrafo, una escena, con este marginalia como ejemplo del trabajo, de la artesanía, del arte, de la última de las bellas artes, para entenderlo perfectamente pero desde el juego literario, único de la prosa de Umbral, anárquico y brillante del montaje de Berlanga.
Me gusta la parte del libro que habla de las dos personas que fueron sus mentores, sus impulsores, la tabla de Robinson que todos necesitamos en el momento de la duda, del naufragio, esa mano en el precipicio, la misma que abre puerta a luces antes no vistas; a saber: Fernando Lázaro Carreter y Francisco Yndurain, "Fernando, aparte de un sabio, es un hombre que he conocido a tiempo", he conocido a tiempo, ¿qué tiempo?, sobre todo el de Umbral, "estaba yo de vuelta de dos pasiones: la pasión del decir cosas y la pasión de vivir. Fernando me descubrió que la literatura vale por sí misma, que la literatura es generadora de contenidos, como me gusta decir a mí", vuelve a defender la literatura por encima de todas las cosas, ideologías, religiones, "Fernando Lázaro vino a poner argumentación y abrir caminos a mi vieja y secreta convicción de que escribir es escribir", sólo por estas 20 palabras juntadas, ni dos docenas, y algunas repetidas, colocadas tan bien, merece la pena leer este libro, quien abre caminos con su ímpetu a viejas convicciones de uno, ya está encima de un pedestal de nuestro santoral laico particular, "y no me ha abandonado nunca la sombra atenta, larga y crítica de Fernando Yndurain, que le dio seguridad a mi insegura juventud y me garantizó también, con su sobriedad entre erudita y cordial, el poder y el valor de la palabra como valor de uso y valor de cambio", aquí vemos una especie de maestro un poco medieval, un poco romántico, un poco aséptico, con vocación medieval otra vez digo, o eso me llega a mí, "la palabra vale para usarla y vale para intercambiarla por otras palabras. A este intercambio es, sencillamente, a lo que llamamos cultura".
"Ángel fieramente humano es , sin duda, el libro más importante de cuarenta años de represión, años en que sólo la poesía era o parecía más libre que otros géneros", descubrí tarde a Blas de Otero en aquellas tardes de Illescas, cuando a la salida del colegio no tenía que corregir exámenes y me gustaba perderme en los dos o tres pasillos de la breve pero necesaria biblioteca de pueblo nuevo para mí, con su soledad, sus cielos de serenidad azul y de rojo acuarela barata y por tanto más valorada, hundiéndose con el sol allá, cuando salía de la biblioteca, y de nuevo la soledad del piso me pedía la lectura como vicio/necesidad, "y por eso de la libertad, en la poesía se experimentaba, y Blas luchó siempre con su verbo, hizo levantamiento de piedras -era vasco-, con las palabras, y le dio al castellano la violencia y la austeridad de su raza original no romanizada", lo descubrí tarde aunque con Blas de Otero creo que nunca puede ser tarde, no es verdad lo que se dice que las lecturas más importantes son las de los primero años de lector, como mucho hasta los 16 ó 18 años. Siendo importantes, también más allá de esa edad hay que cultivar la capacidad de emocionarse, no histrionizar ni engañarse, pero ver dónde hay palabras como las de Blas de Otero para poder mirar el cielo en La sagra, en Illescas, y ver en el azul último de la tarde la libertad que agitaban sus palabras.
jueves, 26 de julio de 2012
TRILOGÍA DE MADRID 02/ Los alucinados (Francisco Umbral)
A fuerza de ser borde es entrañable, a fuerza de ser antipático nos cae simpático, en sus letras... y sin embargo fuera de sus páginas cuánto daño le hizo el minuto y medio de televisión con la Milá, he venido a hablar de mi libro, he venido a hablar de mi libro, qué quieres decir de tu libro, y la cámara del cámara gracioso y oportuno enfocando al público despichándose, el público que no se había leído ningún libro de Umbral, el público que se ha quedado, que nos hemos quedado con la imagen de un hombre vestido a la antigua, creyéndose dandy cuando ya se había pasado eso, un muñeco de cera escapado del Museo de Cera de Madrid, la mirada triste, perdida y ciega, una estatua viviente, creándose un personaje que le hizo mal a sus propios libros, que son buenos.
Cuántas horas de lecturas: Torres Villarroel, Quevedo, Larra, su queridísimo Valle-Inclán, cómo le gustaba llamarle Valle, Lorca, Cela, Miguel Hernández, "los grandes escandalosos de la literatura española". Cuántas horas delante de su Olivetti, a lomos de la Olivetti, como barca de capitán Ahab, contra todo y contra todos, hasta cuando escribía bien de alguien.
Todo perdido por ese minuto y medio, y en el fondo... qué buen escritor. Desde esta celda imaginaria, celda de Castillo de If virtual, quiero brindar imaginariamente con tinto vino peleón y un trozo de tortilla, también imaginado, en esos barrios imaginados junto a Lola Machado, y allá en el fondo del horizonte madrileño, por la tarde, cuando el cielo de Madrid iba adquiriendo "el color homérico del vino", brindar por esta trilogía indivisible de los madriles del Umbral.
Que más da que hoy las miles de páginas de papel ardan por un minuto y medio de risa floja frente a youtube. Ahí están los libros, rotundos, gratis en las bibliotecas (es increíble la cantidad de volúmenes umbralianos que pueblan el poblado añejo de las estanterías públicas).
Yo no quiero descubrir a Umbral, se descubre solo, él solo, y un lector solo también, en su soledad de soledades construía, o divagaba, o jugaba, yo qué sé cómo lo hacía pero era un inventor chapucero del momento genial. Chapucero por su desparpajo, por su probar y probar, jugando con las palabras, chapuzas entrañables, chapuzones en los mares del castellano.
"La manera natural de pensar (de no pensar) es escribir, y de ahí la virtud salvífica de las lenguas, que son de fuego no por ningún privilegio apostólico o cristológico, sino porque el hombre que escribe se realiza incluso físicamente (se escribe con todo el cuerpo), mientras que el hombre que piensa o cree pensar, no hace sino tejer para sí mismo una trampa para su elefante interior".
Es muy generoso (es generoso Umbral) escribir esto, da todo en cada libro, más allá de que sea bueno o malo (arriba yo mismo he puesto erróneamente que sus libros son buenos), lo que salva a Umbral es poner en negro sobre blanco todos los retorcimientos de recuerdos, deseos, con un sedimento verdadero que parece verdad y que no sabemos si son verdad, pero intuimos dónde está la verdad de sus libros.
"Partir no del pensamiento propio, sino del lenguaje general, de un idioma, es, aparte un acto de humildad intelectual, un camino seguro para tejer algo con un hilo del tupido tapiz de los saberes y pensamientos que, referidos al idioma, llamamos etimologías. Mi estilismo era entonces y ha sido toda la vida, no un esteticismo, como creerían los críticos que se mueven entre la solapa del libro y la solapa con fideos de su chaqueta, corto espacio mental, sino un humilde acogimiento a lo que está bellamente codificado".
Hoy en múltiples actos culturales emborronan carteles, y dicen hasta la náusea, lo de Borges que se sentía más orgulloso de los libros que leyó que de los que escribió. Aquí Umbral está diciendo lo mismo, mejor dicho, más a un estilo de De la Serna.
Es entrañable (otra vez) cuando habla de su cuarto, cubículo madrileño de lecturas, de escapatoria en la propia celda (otra vez la palabra celda a relucir), generoso en hablar de las fuentes en las que saciaba su sed lectora, sus lecturas como agua fresca de fuente de calle vieja, de piedras viejas, cayendo en su mente, refrescándose en las palabras viejas despojándolas del tiempo que son las que más refrescan y agitan nuestra soledad secarral: "Como único tapiz del cuarto/monasterio, el idioma, los mil hilos del castellano, hilo femenino y grato de Teresa - <<estando yo enemiguísima de ser monja...>> -, hilo de oro oscuro de don Francisco de Quevedo, gran señor de todas las germanías, hilos barrocos y brillantes de Vélez, de Rojas, de Torres, hilo romántico y sangriento de Larra, hilo bordado y desgarrado de Valle, hilo rizado de Ramón".
Lo más importante y lo más difícil de tener o conseguir era el carisma, cualidad esquiva y huidiza cuanto más se busca: "El carisma es esa aureola de los santos que uno gana en vida mediante los pecados profesionales, personales y políticos. [...] Yo sabía cómo conseguir el trabajo, el dinero, la profesionalidad, cierto renombre interno al oficio. Pero el carisma ¿cómo se conseguía? Me imaginaba sin carisma por siempre, opaco y tenaz, laborioso y marengo para toda la vida, echando mi propia sombra sobre todo lo que escribiera. Y yo lo que soñaba era el carisma como una aureola de santo del Infierno...".
No sé. El carisma estaría valorado antes de los ochenta, justo antes de la edición de este libro, pero hoy el carisma es un periodista sin título con un micrófono rojo en la mano, un concursante de un concurso de entrar en una casa y no hacer nada por sí mismo sino para el escaparate hacia los demás, de gentes y gentes que por haber pasado la puerta roja de la fama que tan bien explicara con esta metáfora el hoy aburrido Boris Izaguirre, son ya nada más que eso: fama y carisma de todo a cien, de todo a un euro, el carisma que tan ansiadamente buscaba Francisco Umbral posiblemente lo encontrara en la soledad del cuarto/monacato/fiesta del lector empedernido, silencioso, opaco y tenaz que en un cubículo parecido al del escritor, encontrara otro hilo color plata sucia más del castellano, sí la suya, Don Francisco, si me permite, la literatura en plata y mugre y que el tiempo, y sólo el sabio tiempo, pondrá en su sitio de pedestal, más allá de aduladores o despichantes por aquel minuto y medio, que ahora a mí, hacen que me ría de aquel público que se despichaba. Aunque más bien no, que se fastidien los que se ríen, sólo puedo sonreír tristemente por todas las páginas que se van a perder de un carisma laborioso y marengo, argento y claro, madrileño y turbio. Bendito sea Francisco Umbral.
Cuántas horas de lecturas: Torres Villarroel, Quevedo, Larra, su queridísimo Valle-Inclán, cómo le gustaba llamarle Valle, Lorca, Cela, Miguel Hernández, "los grandes escandalosos de la literatura española". Cuántas horas delante de su Olivetti, a lomos de la Olivetti, como barca de capitán Ahab, contra todo y contra todos, hasta cuando escribía bien de alguien.
Todo perdido por ese minuto y medio, y en el fondo... qué buen escritor. Desde esta celda imaginaria, celda de Castillo de If virtual, quiero brindar imaginariamente con tinto vino peleón y un trozo de tortilla, también imaginado, en esos barrios imaginados junto a Lola Machado, y allá en el fondo del horizonte madrileño, por la tarde, cuando el cielo de Madrid iba adquiriendo "el color homérico del vino", brindar por esta trilogía indivisible de los madriles del Umbral.
Que más da que hoy las miles de páginas de papel ardan por un minuto y medio de risa floja frente a youtube. Ahí están los libros, rotundos, gratis en las bibliotecas (es increíble la cantidad de volúmenes umbralianos que pueblan el poblado añejo de las estanterías públicas).
Yo no quiero descubrir a Umbral, se descubre solo, él solo, y un lector solo también, en su soledad de soledades construía, o divagaba, o jugaba, yo qué sé cómo lo hacía pero era un inventor chapucero del momento genial. Chapucero por su desparpajo, por su probar y probar, jugando con las palabras, chapuzas entrañables, chapuzones en los mares del castellano.
"La manera natural de pensar (de no pensar) es escribir, y de ahí la virtud salvífica de las lenguas, que son de fuego no por ningún privilegio apostólico o cristológico, sino porque el hombre que escribe se realiza incluso físicamente (se escribe con todo el cuerpo), mientras que el hombre que piensa o cree pensar, no hace sino tejer para sí mismo una trampa para su elefante interior".
Es muy generoso (es generoso Umbral) escribir esto, da todo en cada libro, más allá de que sea bueno o malo (arriba yo mismo he puesto erróneamente que sus libros son buenos), lo que salva a Umbral es poner en negro sobre blanco todos los retorcimientos de recuerdos, deseos, con un sedimento verdadero que parece verdad y que no sabemos si son verdad, pero intuimos dónde está la verdad de sus libros.
"Partir no del pensamiento propio, sino del lenguaje general, de un idioma, es, aparte un acto de humildad intelectual, un camino seguro para tejer algo con un hilo del tupido tapiz de los saberes y pensamientos que, referidos al idioma, llamamos etimologías. Mi estilismo era entonces y ha sido toda la vida, no un esteticismo, como creerían los críticos que se mueven entre la solapa del libro y la solapa con fideos de su chaqueta, corto espacio mental, sino un humilde acogimiento a lo que está bellamente codificado".
Hoy en múltiples actos culturales emborronan carteles, y dicen hasta la náusea, lo de Borges que se sentía más orgulloso de los libros que leyó que de los que escribió. Aquí Umbral está diciendo lo mismo, mejor dicho, más a un estilo de De la Serna.
Es entrañable (otra vez) cuando habla de su cuarto, cubículo madrileño de lecturas, de escapatoria en la propia celda (otra vez la palabra celda a relucir), generoso en hablar de las fuentes en las que saciaba su sed lectora, sus lecturas como agua fresca de fuente de calle vieja, de piedras viejas, cayendo en su mente, refrescándose en las palabras viejas despojándolas del tiempo que son las que más refrescan y agitan nuestra soledad secarral: "Como único tapiz del cuarto/monasterio, el idioma, los mil hilos del castellano, hilo femenino y grato de Teresa - <<estando yo enemiguísima de ser monja...>> -, hilo de oro oscuro de don Francisco de Quevedo, gran señor de todas las germanías, hilos barrocos y brillantes de Vélez, de Rojas, de Torres, hilo romántico y sangriento de Larra, hilo bordado y desgarrado de Valle, hilo rizado de Ramón".
Lo más importante y lo más difícil de tener o conseguir era el carisma, cualidad esquiva y huidiza cuanto más se busca: "El carisma es esa aureola de los santos que uno gana en vida mediante los pecados profesionales, personales y políticos. [...] Yo sabía cómo conseguir el trabajo, el dinero, la profesionalidad, cierto renombre interno al oficio. Pero el carisma ¿cómo se conseguía? Me imaginaba sin carisma por siempre, opaco y tenaz, laborioso y marengo para toda la vida, echando mi propia sombra sobre todo lo que escribiera. Y yo lo que soñaba era el carisma como una aureola de santo del Infierno...".
No sé. El carisma estaría valorado antes de los ochenta, justo antes de la edición de este libro, pero hoy el carisma es un periodista sin título con un micrófono rojo en la mano, un concursante de un concurso de entrar en una casa y no hacer nada por sí mismo sino para el escaparate hacia los demás, de gentes y gentes que por haber pasado la puerta roja de la fama que tan bien explicara con esta metáfora el hoy aburrido Boris Izaguirre, son ya nada más que eso: fama y carisma de todo a cien, de todo a un euro, el carisma que tan ansiadamente buscaba Francisco Umbral posiblemente lo encontrara en la soledad del cuarto/monacato/fiesta del lector empedernido, silencioso, opaco y tenaz que en un cubículo parecido al del escritor, encontrara otro hilo color plata sucia más del castellano, sí la suya, Don Francisco, si me permite, la literatura en plata y mugre y que el tiempo, y sólo el sabio tiempo, pondrá en su sitio de pedestal, más allá de aduladores o despichantes por aquel minuto y medio, que ahora a mí, hacen que me ría de aquel público que se despichaba. Aunque más bien no, que se fastidien los que se ríen, sólo puedo sonreír tristemente por todas las páginas que se van a perder de un carisma laborioso y marengo, argento y claro, madrileño y turbio. Bendito sea Francisco Umbral.
lunes, 16 de julio de 2012
ZALACAÍN EL AVENTURERO (Pío Baroja)
Muchos estudiantes de secundaria van a tener que leer El árbol de la ciencia, o no leerlo y pedir prestado el trabajo que les manden en el instituto, o buscar algo así por internet para presentar en clase. Y cuánto se van a perder... si se queda ahí la cosa con Baroja. Es significativo que dos autores españoles tan distintos, Benjamín Prado y Francisco Umbral juzguen tan a la ligera a Baroja. Uno, Benjamín, en Mala gente que camina nos lo presenta como alguien oscuro que estuvo de acuerdo con Franco (no es Benjamín directamente, es un personaje de la novela, aunque no tengo tan claro si es coincidente), y el otro, Umbral, sólo le faltó pedir que se quemaran los libros en una plaza. Además interpreta un tipo de literatura como galdobarojiano, que yo no sé si academicamente esto es así, es decir, que se pueda sintetizar una categoría literaria por su parecido como galdobarojiana, pero como lector no lo encuentro. Tal vez el estudio frío de ambas prosas, pueda dar lugar a decir con una grave condescendencia: son realismo, puro y duro. Bien. No me interersa esto nada. Si quisiera leer o estudiar teoría de la literatura, el metalenguaje y otras hierbas, no iría a la biblioteca a buscar lecturas, iría a buscar teorías.
Me gustan los dos. Me refiero a Umbral y a Prado. Y también a Galdós y Baroja. Los cuatro. Pero me gustan los dos primeros cuando escriben sin hacer juicios gratuitos de valor. ¿Qué puede que tengan razón en ellos? vale, pues la razón para ellos, pero sería lamentable que un chico de 16, 20 o 25 años por leer en uno que Baroja era un no sé qué ideológico, y en otro que es que lo de Baroja no es literatura, se pierdan libros como este Zalacaín El Aventurero, entreverado con las guerras carlistas en el norte, o ellas como vetas cruzando por él, sin solemnidades y con mucho saber de lo que se escribe, y por cierto muy crítico con los carlistas, sobre todo poniendo en relieve constantemente la mediocridad de los jefes. Al final este libro, sí, es un libro de aventuras como promete el título. Y algo más, pero para eso hay que leerlo, para meterte en un pueblo oscuro con gentes oscuras tabernarias con el cielo gris, y entre toda esa grisura ver brillar como la pequeñísima parte de una moneda enterrada en tierra, a Zalacaín El aventurero.
jueves, 12 de julio de 2012
TRILOGÍA DE MADRID 01/ Los Tranvías (Francisco Umbral)
Hay momentos cada día, todos los días, que andando por la calle, subiendo unas escaleras, trabajando o en el coche se le ocurren a uno ideas que le gustaría escribir pero no puede, no lleva papel, ni bolígrafo, va conduciendo, y se fastidia porque esa idea, que para el resto del mundo puede equivaler a un papel sucio y tirado que envolvía una hamburguesa y ahora adorna una cuneta de carretera autovía, para uno, esa idea es parte imprescindible en la literatura universal, de hecho, que no pueda escribirla lo considera una catástrofe, como papiro que se quemara para siempre de la biblioteca de Alejandría, pavesa que ves perderse más allá de la luna del coche y que jamás vuelve en la forma que debería ser escrita, cuando llegas a casa a por papel y bolígrafo las musas se están cepillando a otro. Umbral, Francisco Umbral, tiene la capacidad de poder escribir de corrido y bien engarzadas esas ideas, no produciendo más que literatura. Esa es la parte buena. La parte mala es su juicio y prejuicio, que empezó en nada y poco a poco fue todo, ordinario y muchas veces de órdago sin reyes ni treinta y una, cuando Baroja siempre te gana con tres ases a los pares, porque tú llevas dos reyes y un caballo, y en los pares, te gana. Y a veces con la real, de postre.
"El creador más radiclamente creador no es sino un intérprete afortunado, un virtuoso del instrumento que le esperaba: paleta, música o idioma. [...]
Lo que pulsa Quevedo no son sus temas, sino ese instrumento, ese aristón enorme y delicado que es el castellano."
"El creador más radiclamente creador no es sino un intérprete afortunado, un virtuoso del instrumento que le esperaba: paleta, música o idioma. [...]
Lo que pulsa Quevedo no son sus temas, sino ese instrumento, ese aristón enorme y delicado que es el castellano."
sábado, 7 de julio de 2012
LA LUZ DEL GUERNICA (Baltasar Magro)
Junio de 2011. Madrid. Parque de El Retiro. Feria del libro. Paseo mirando libros. Hace tiempo que la feria de "libros nuevos o novedades editoriales" no me entusiasma como lo hacía al principio de visitarla hace algunos años, sobre todo después de conocer el libro de viejo, o de lance o antiguo. Voy llegando al final de las casetas por la parte norte y me paro en medio de la calzada de la feria, a punto de irme, cuando me fijo en un hombre con la mirada entre seria y escéptica, tranquila, sin ansiedad, me suena la cara, es el hombre del Informe Semanal, el que luego haría también un programa de entrevistas, y recuerdo especialmente la realizada a José Luis Sampedro (BM preguntaba al sabio: "¿Qué le queda a usted por hacer", a lo que contestaba JLS: "morirme"). Desde que leí La Sonrisa Etrusca admiraba a Sampedro, luego me gustó mucho también el libro de conversaciones entre él y Valentín Fuster La Ciencia y La Vida, sobre la vida y la muerte, la memoria y el futuro, la educación y nuestra sociedad, el corazón físico y el corazón pasional enorme de los dos...
Sin embargo en el junio del año pasado yo no sabía que BM era escritor, y si por una parte había algo que tiraba de mí hacia la caseta donde se encontraba firmando libros, por otra nunca me ha gustado adular a alguien conocido por el mero hecho de serlo, cosa que tampoco era cierta en él ya que su discreta fama se debía a actividades con cimientos intelectuales... pero no era suficiente, no hubiese actuado con honestidad acercándome sin haber leído ninguno de sus libros.
Pasó el tiempo. Gracias a internet supe de sus libros, de su intervención en cuarto milenio hablando del creador de ingenios y no artificios, y busqué algo que leer de él. Así fueron pasando por mis manos y mi imaginación La hora de Quevedo, El Círculo de Juanelo, En el corazón de la ciudad levítica... Es decir que estuve en La Mancha en los días finales del excesivo y genial poeta, en el Toledo de Covarrubias o Turriano y hasta me hice pasar por Giacomo Casanova cerca de san Juan de los Reyes.
Entre todo eso me registré en una red social muy conocida un poco a regañadientes, pues me molestaba tener que estar pendiente de algo en lo que no creía. Por contra, gracias a eso me di cuenta de que alguien había colocado en el muro de BM de dicha red social los comentarios de mi blog que hacían referencia a sus libros.
Y llegó la siguiente feria del libro de Madrid. Junio de 2012. Un Domingo nos llamaron unos familiares que si íbamos a Madrid a ver libros y tal. No teníamos muchas ganas, pero hicimos un esfuerzo y para allá que fuimos. No había visto cuándo firmaban los autores que me interesaban, y por tanto no tenía ni idea de quién firmaba. Cuando entre la multitud, allí estaba: BM firmando su nueva novela de la cual había visto el vídeo de promoción donde el autor habla de la obra y visita el museo Picasso de Barcelona. Y lo compré y hablé con él, y me lo firmó y me puso una dedicatoria que no olvidaré nunca.
El Guernica es un cuadro sobre el cual siempre había tenido mis reticencias. Por una parte me asombraba el poder de atracción que ejercía sobre mí cuando iba a verlo, pero por otra veía una utilización política del mismo desde que tenía uso de razón. Era como una obra "que había que ver obligatoriamente", y yo las cosas obligatorias las llevo mal, muy mal. Es como la sala del Museo del Prado donde cuelga El Jardín de las delicias. Siempre había una muralla de gentes mirándolo, y un día me fijé un poco a hurtadillas si esas gentes luego se quedaban más de un minuto, en la misma sala, observando El Carro del heno o La Adoración de los Reyes Magos del mismo autor, El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo, o La Laguna Estigia de Patinir... y no, la mayoría ni un minuto ni más segundos de los que se tarda en ir paseando por delante, como cuando en un buffet libre la gente pasa delante de bandejas y no sabe que coger, qué consumir.
Fiándome de BM, visité dos días el cuadro y todo lo que lo rodea en el Reina Sofía: Vídeos sobre la Guerra Civil de la Filmoteca Nacional, la película documental de Basilio Martín Patino Canciones para después de una guerra, las obras de Picasso de justo antes y justo después de pintar El Guernica... y ya no sé si me dejé arrastrar por el libro de BM o si realmente me empezó a impresonar sinceramente el lienzo, pero no había vuelta atrás, cuando lo miraba fija y obsesivamente, y lo recorría una y otra vez en su propio movimiento o me quedaba pensando en la flor esa que surge de la empuñadura del guerrero y fabulaba yo sobre el significado de todo eso... vi que no, que el paso estaba dado.
El primer riesgo y también acierto del libro es la inclusión de dos ilustraciones en su interior: El Guernica entre la parte interior de la portada y la guarda; y Los desatres de la guerra de Rubens en el mismo sitio pero al final. Y creo que es un riesgo porque une definitivamente a los dos cuadros, y también un acierto porque para mí ha sido importante esa relación. Dicen que todas las obras, las canciones, los libros, los cuadros, no deberían tener explicación, que deberían sugerir o decir directamente un mensaje, algo, lo que sea... pero es que en el caso de El Guernica podríamos decir que sí pero no. Sí porque el cuador mismo sin información adicional de ningún tipo es ya "una descarga de blancos, un relámpago, un estrépito" pero también no, porque es un encargo, porque tiene un motivo y porque Picasso tuvo una gran presión durante la gestación y realización del mismo, y él era alguien por lo que se ve en la novela muy libre en su forma de vida y en su forma de crear. Y todo lo que rodeó el proceso de creación influyó de una manera u otra en su composición final. Sólo hay que ver en el libro Guernica de Juan Larrea qué diferente fue el primer amago de composición estructurada y el cuadro que vemos hoy para darse cuenta de la importancia de lo que decimos.
En el libro La Luz del Guernica BM vuelve a meterse en la piel de alguien del pasado como hizo con Quevedo o con el Caballero de Seingalt, dejándote una sensación de facilidad en el intento, pues el lector mismo se convierte en Picasso allá en el granero de Grands-Augustins, en su incomodidad al agacharse o en su ensimismamiento ante la brújula abierta que un pasajero se dejó en el tren donde también iba Picasso y cuyas vidas se bifurcarían y discurrirían de modo tan distinto.
"El arte pictórico, en su mayoría encuadrado en un espacio rectangular, condensa un poema expresado con palabras pintadas, como comentó nuestro querido Paul Éluard con gran acierto. Cada persona debe intentar descifrar esas palabras, leer y descubrir lo que transmiten las imágenes con sus propias experiencias, y es aceptable cualquier lectura" dice Picasso en el libro. Parece que nos hace falta leer esto a BM disfrazado de Picasso para dormir tranquilos ante nuestra lectura subjetiva de esto o aquello, de no seguir al rebaño en opiniones ni gustos, o sí pero cuando creamos de verdad hacerlo. Cuando digo disfrazado me refiero al disfraz del teatro, que por eso vamos a verlo. Sabemos que es mentira, pero el arte es cuando te lo crees por obra, gracia y sacrificio del artista.
Sin embargo en el junio del año pasado yo no sabía que BM era escritor, y si por una parte había algo que tiraba de mí hacia la caseta donde se encontraba firmando libros, por otra nunca me ha gustado adular a alguien conocido por el mero hecho de serlo, cosa que tampoco era cierta en él ya que su discreta fama se debía a actividades con cimientos intelectuales... pero no era suficiente, no hubiese actuado con honestidad acercándome sin haber leído ninguno de sus libros.
Pasó el tiempo. Gracias a internet supe de sus libros, de su intervención en cuarto milenio hablando del creador de ingenios y no artificios, y busqué algo que leer de él. Así fueron pasando por mis manos y mi imaginación La hora de Quevedo, El Círculo de Juanelo, En el corazón de la ciudad levítica... Es decir que estuve en La Mancha en los días finales del excesivo y genial poeta, en el Toledo de Covarrubias o Turriano y hasta me hice pasar por Giacomo Casanova cerca de san Juan de los Reyes.
Entre todo eso me registré en una red social muy conocida un poco a regañadientes, pues me molestaba tener que estar pendiente de algo en lo que no creía. Por contra, gracias a eso me di cuenta de que alguien había colocado en el muro de BM de dicha red social los comentarios de mi blog que hacían referencia a sus libros.
Y llegó la siguiente feria del libro de Madrid. Junio de 2012. Un Domingo nos llamaron unos familiares que si íbamos a Madrid a ver libros y tal. No teníamos muchas ganas, pero hicimos un esfuerzo y para allá que fuimos. No había visto cuándo firmaban los autores que me interesaban, y por tanto no tenía ni idea de quién firmaba. Cuando entre la multitud, allí estaba: BM firmando su nueva novela de la cual había visto el vídeo de promoción donde el autor habla de la obra y visita el museo Picasso de Barcelona. Y lo compré y hablé con él, y me lo firmó y me puso una dedicatoria que no olvidaré nunca.
El Guernica es un cuadro sobre el cual siempre había tenido mis reticencias. Por una parte me asombraba el poder de atracción que ejercía sobre mí cuando iba a verlo, pero por otra veía una utilización política del mismo desde que tenía uso de razón. Era como una obra "que había que ver obligatoriamente", y yo las cosas obligatorias las llevo mal, muy mal. Es como la sala del Museo del Prado donde cuelga El Jardín de las delicias. Siempre había una muralla de gentes mirándolo, y un día me fijé un poco a hurtadillas si esas gentes luego se quedaban más de un minuto, en la misma sala, observando El Carro del heno o La Adoración de los Reyes Magos del mismo autor, El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo, o La Laguna Estigia de Patinir... y no, la mayoría ni un minuto ni más segundos de los que se tarda en ir paseando por delante, como cuando en un buffet libre la gente pasa delante de bandejas y no sabe que coger, qué consumir.
Fiándome de BM, visité dos días el cuadro y todo lo que lo rodea en el Reina Sofía: Vídeos sobre la Guerra Civil de la Filmoteca Nacional, la película documental de Basilio Martín Patino Canciones para después de una guerra, las obras de Picasso de justo antes y justo después de pintar El Guernica... y ya no sé si me dejé arrastrar por el libro de BM o si realmente me empezó a impresonar sinceramente el lienzo, pero no había vuelta atrás, cuando lo miraba fija y obsesivamente, y lo recorría una y otra vez en su propio movimiento o me quedaba pensando en la flor esa que surge de la empuñadura del guerrero y fabulaba yo sobre el significado de todo eso... vi que no, que el paso estaba dado.
El primer riesgo y también acierto del libro es la inclusión de dos ilustraciones en su interior: El Guernica entre la parte interior de la portada y la guarda; y Los desatres de la guerra de Rubens en el mismo sitio pero al final. Y creo que es un riesgo porque une definitivamente a los dos cuadros, y también un acierto porque para mí ha sido importante esa relación. Dicen que todas las obras, las canciones, los libros, los cuadros, no deberían tener explicación, que deberían sugerir o decir directamente un mensaje, algo, lo que sea... pero es que en el caso de El Guernica podríamos decir que sí pero no. Sí porque el cuador mismo sin información adicional de ningún tipo es ya "una descarga de blancos, un relámpago, un estrépito" pero también no, porque es un encargo, porque tiene un motivo y porque Picasso tuvo una gran presión durante la gestación y realización del mismo, y él era alguien por lo que se ve en la novela muy libre en su forma de vida y en su forma de crear. Y todo lo que rodeó el proceso de creación influyó de una manera u otra en su composición final. Sólo hay que ver en el libro Guernica de Juan Larrea qué diferente fue el primer amago de composición estructurada y el cuadro que vemos hoy para darse cuenta de la importancia de lo que decimos.
En el libro La Luz del Guernica BM vuelve a meterse en la piel de alguien del pasado como hizo con Quevedo o con el Caballero de Seingalt, dejándote una sensación de facilidad en el intento, pues el lector mismo se convierte en Picasso allá en el granero de Grands-Augustins, en su incomodidad al agacharse o en su ensimismamiento ante la brújula abierta que un pasajero se dejó en el tren donde también iba Picasso y cuyas vidas se bifurcarían y discurrirían de modo tan distinto.
"El arte pictórico, en su mayoría encuadrado en un espacio rectangular, condensa un poema expresado con palabras pintadas, como comentó nuestro querido Paul Éluard con gran acierto. Cada persona debe intentar descifrar esas palabras, leer y descubrir lo que transmiten las imágenes con sus propias experiencias, y es aceptable cualquier lectura" dice Picasso en el libro. Parece que nos hace falta leer esto a BM disfrazado de Picasso para dormir tranquilos ante nuestra lectura subjetiva de esto o aquello, de no seguir al rebaño en opiniones ni gustos, o sí pero cuando creamos de verdad hacerlo. Cuando digo disfrazado me refiero al disfraz del teatro, que por eso vamos a verlo. Sabemos que es mentira, pero el arte es cuando te lo crees por obra, gracia y sacrificio del artista.
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