martes, 14 de agosto de 2012

ÁNGELES O NEÓFITOS (Manuel Vicent)

          "Ahora el Mediterráneo es ya un mar muerto". Y todo lo que tiene algo de Romántico, pero para eso está la música, el teatro, la buena literatura, las buenas historias. Todo lo que tiene algo de Romántico está muerto, y nos hace falta amueblar este mundo recién pintado (gracias Sabina) con algo más. ¿Qué más? Eso lo tiene que descubrir cada uno, con ahínco, intuición y vocación precisamente de ese Romanticismo que no existe, pero del que encontremos tal vez alguna huella, más o menos evidente, que muchas veces no es ni bruma, y merezca la pena esa búsqueda constante.

          "Pieles de plástico flotan en el caldo funerario, excrementos endurecidos por el salitre, preservativos hinchados que son globos de un fin de fiesta, bacterias malvadas que establecen un tiovivo invisible, hongos que hacen nido en las vaginas maternales, espumosos orines que fueron refrescos multinacionales, envases con residuo de pollo, peces con la tripa inflada de petróleo importado". Esto es, verbigracia, el Mediterráneo, nos guste o no, y considero a Vicent como un soñador, pero también uno de nuestros escritores más sinceros y lúcidos. Sólo tienes que ver con los ojos abiertos cualquier playa del litoral mediterráneo español y verás eso y mucho más. Y lo que hace Vicent es, con su forma de escribir más que con la historia que te cuenta, salvar en palabras aquel Mediterráneo que se agotó en el siglo XX y se alimentaba de tragedias griegas, dioses enfurecidos con gentes candorosas, crímenes de sangre a la hora del sol de justicia, barcos cargados de... ¿de qué? de Romanticismo, que es la visión que tenemos de lo que pasó antes de las dos grandes guerras europeas y de la guerra de aquí.

          La historia del libro es una excusa, una ensoñación, un viaje sin salir de un valle cercano a la costa donde ángeles vuelan para escapar de sí mismos y volverse a encontrar por la espalda nuevos, donde neófitos de un nuevo profeta huertano quieren purificarse con ayuno y limpieza del agua sucia del alma. Es un campo de juegos donde Manuel Vicent escribe con una libertad que envidio, que es fácil de envidiar, porque desde un lenguaje estructurado utilizado por el gran costructor de historias que es él, despoja a cada palabra, cada adjetivo emparejado de su sustantivo, cada verbo bienhallado, del lastre, prejuicio, tópico, y nos lo devuelve azul y puro como se ve el Mediterráneo desde lejos, para inocularnos una filosofía huertana, agreste, desnuda, sencilla, despojada de piedras en la mochila que es la conciencia para resucitar otro Mediterráneo distinto del de hoy cada vez que abramos este libro.

          "La tarde tenía esa sensación que se alcanza cuando el paisaje en la última curva del sol toma un reposo fatigado por el calor excesivo de la jornada...", esa sensación, cuando el sol ha dejado de quemar, y viene una brisa que trae el momento donde se comprende todo de una vez y que luego olvidas, se pasa, sabes que justo cuando el sol se escondía detrás de las casas bajas del pueblo costero y el mar se serenaba tuviste un momento de lucidez comprensiva, cuando no merecía la pena juzgar a nadie ni a nada, ni siquiera la porquería que traía el periódico por la mañana empañaba esos minutos delante del Mediterráneo.

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