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sábado, 15 de agosto de 2015

MIS PARAÍSOS ARTIFICIALES (Francisco Umbral)

          

       
          El ocho de agosto de dos mil catorce terminé este libro (por llamarlo de alguna manera), Mis Paraísos Artificiales. No es un libro "de esos que se compra el señor que trabaja en el banco y lo lee por la noche", como diría el propio Umbral de su (nuestro) admirado Ramón Gómez De la Serna. No es un libro en el sentido que tiene hoy leerse un libro, porque aquí hay una libertad que no le podemos exigir a casi ningún contemporáneo. Por supuesto es un libro, ese objeto de papel en supuesto peligro de extinción, pero que se mantiene, y que se rebela y que ahí sigue a despecho del desdichado pirateo del libro electrónico. En uno de esos vídeos de los "muchachada" saldría el libro electrónico descojonándose del de papel, por viejuno y pasado de moda.

          ¿Qué es entonces este libro de Umbral?, al año de leerlo... "Está bien acumular experiencia, acumular erudición sobre Cervantes [...] a condición de saber que eso no sirve para nada. La erudición sobre los virus puede que sirva de algo al médico. La erudición cervantina no le sirve de nada ni a Cervantes", lo mismo que él cuenta en el libro, divagando tan bien como lo hacía, nos sirve para explicar por qué leemos a Umbral, sobre todo en este tipo de libros, que no tiene un recorrido, un hilo conductor, como no sea él mismo y sus ocurrencias, ocurrencias que luego hay que ponerlas por escrito y mantengan a alguien sentado o tumbado boca abajo pendiente iluminado por un paciente flexo, en este mundo de la prisa y el ruido.
          "De una sola cosa sirve todo eso a quien no se dedica profesionalmente a ello: de conocimiento lírico". Bueno.

          Y luego las verdades, "a cierta edad, hacia los treinta y tantos (cuando moría el hombre primitivo que en el fondo seguimos siendo) se muere uno en secreto, deja de descubrir cosas, y lo que viene después ya todo son repeticiones, más libros, más mujeres, más viajes, más amigos, el eterno retorno de las mismas cosas de siempre, el círculo cerrado, que es la costumbre del infinito", se le olvidó decir que la búsqueda de la sorpresa de cada día es lo que salva al hombre, la mirada del niño.

          "Estoy, como dice Eluard, "entre la vejez de las calles y la juventud de las nubes". Ni siquiera estoy seguro de que estas nubes sean jóvenes. Me parece recordarlas de otro sitio. Son como señoritas culonas vestidas de gasa", ¿por qué me gustarán tanto esos escritores que escriben lo que nosotros sentimos una vez, conduciendo aquella tarde con las nubes en rosa y azul, pero que luego nosotros en el escritorio delante del papel o la pantalla del ordenador no sabemos explicar ni explicarnos de forma escrita?

          Yo creo que ya puedo reconocer que leo a Umbral porque parece que ha salido de su tumba, se ha quitado de cuatro manotazos, elegantes, pero manotazos la tierra del sepulturero, y más vivo que nunca, con su traje de dandy nocherniego, se ha sentado conmigo en casa, un café cada uno y me está contando las cosas que vienen en el libro, "Porque hay escritores -algunos, muy pocos- que llegan a incorporarse a nuestra vida, a circular por nuestra sangre, y sus libros son una extensión de nuestra biografía".
          Así como la pintura, descanso de cada día, exaltación cotidiana de salirnos un poco de los márgenes, "También puede ocurrir con algún pintor. Los cuadros de Goya, de Marc Chagall o de Solana pueden ser ventanas de luz que se abren eternamente en nuestro día, que dan siempre una luz oblicua, amarilla y fija a nuestra existencia", esa luz... esa luz.

          "Yo sé que, cuando en la vida me falla el trabajo, o las amistades, o la salud, o la familia, nunca me van a fallar Oriana Guermantes, Gilberta, Albertine, el barón de Charlus, Saint-Loup, Odette, Swann"...  Jim Hawkins, Andrés Hurtado, Eugenio de Aviraneta, Long John Silver, Edmon Dantes, Odiseo, Gabriel Araceli...

          ¿Por qué sacaba libros Francisco Umbral?, "Por el olor. Se sacan los libros por el olor. Yo he observado a otros escritores y todos huelen su libro, al tenerlo por primera vez en sus manos, y si no lo huelen es porque son escritores sin pituitaria para el oficio, y un escritor sin pituitaria más vale que se coloque en Aduanas", y el humor de Umbral, tan en serio.

          "Prefiero los rincones donde se guarda el clasicismo de mi infancia que los rincones turísticos donde se guarda -dicen- el clasicismo del mundo", a cuento de esto, recuerdo cuando vi mi colegio, el edificio antiguo revuelto en escombros a ras de suelo, para hacerlo nuevo, comprendí muchas cosas ahí, la primera eso de que la vida va enserio de Biedma. Pero es que también es una vuelta a la infancia ir a ver las ruinas homéricas en esas ciudades inventadas y reales, ficticias y de piedra, por aunque queden cuatro columnas y tras trozos de mármol desperdigados por el suelo, desde la vuelta a la infancia al asombro que es leer la Odisea, estamos también dándole a aquel rincón turístico nuestra impronta, la estamos reviviendo nosotros, no nos hace falta más.

          Más vale quedarse con consejos de estos, "Uno tarda en descubrir el pasado. En descubrir que todo está en nuestra vida y que sólo a partir de ella se puede crear", estos consejos, que no sé porque los apunto por aquí. Sí, ya sé que esto no lo lee nadie, pero por si acaso estarían mejor guardados en el puño de uno.

          Y por fin, el fin, la finalidad, que nunca es la que creíamos, "Quiero decir que adonde llega uno no es nunca adonde quería llegar, sino a otro sitio. Quiero decir que el escritor siempre iba a ser otro escritor, pero la vida, los amores, el trabajo y las llamadas telefónicas le convierten en otra cosa". Ya, pero usted estuvo en el atril dorado del premio Cervantes, y el Nobel no se lo dieron porque hay apuestas que no puede hacer un nórdico para que no lo tachen de loco. No era para tanto, ¿o sí?

miércoles, 30 de julio de 2014

EL GIOCONDO (Francisco Umbral)

          

"...un deseo de ser visto y no ser visto al mismo tiempo.", así aparece, y está y no está El Giocondo, ese prímula veris, ese chico que camina sin pisar el suelo.

          Umbral mete el adjetivo apócrifo, apócrifamente, genialmente... "los maduros, con la juvenilidad apócrifa de sus foulards", esta frase nos dice más, todo sobre esos maduros noctámbulos, extraños y deseosos de vértigo, que cualquier párrafo cargado de frases hechas, mecánicas y autómatas que nos convierten en lectores autómatas, de esas novelas que nos rodean hoy.

          Umbral cae mal a algunos escritores por pura envidia, narra que un personaje de las noches elegantes, eróticas, bosteza como un "galgo heráldico", a cualquier escritor medianamente inteligente y con una pretensión de tamaño medio, le ha de importar, incluso que preocupar no llegar nunca a igualar esta forma de crear una imagen tan perfecta, que nos lleva tan acertadamente a dónde quiere llevarnos el novelista. En esta novela que se mueve sobre las arenas movedizas de la noche de saraos, güisquis y mujeres que bailan al borde de acantilados, esta forma de presentarnos al señor ese, es un grabado de época.
          Como cuando dice "Qué anocheceres enteleridos", la persona y el anochecer se funden en una cosa, en algo, alguien entelerido, y también al leer eso, vas directamente al lugar, te pones en el lugar de El Giocondo en esa noche. O "el tejido ondeante de la amistad", para describir los encuentros al principio de la noche de esta pandilla de malditos, directamente estás viendo una bandera de la amistad en ese ondear.

          Hay como una melancolía, el hilo con el que está tejida la inexistente trama del libro es de ese color: melancolía...melancolía y fracaso. "vivimos sobre los bocetos borrosos del que fuimos sucesivamente, vamos borrando a cada uno de los que fuimos con el proyecto del que ahora queremos ser", y aquí hay una verdad que tampoco la he escuchado sobre las gentes que han hablado, con más o menos fundamento del gran Francisco Umbral; este señor decía verdades asequibles para cualquier mortal, mejor que algunos psicólogos o filósofos, que se pierden en palabrería más o menos científica, pero ve uno en eso que hemos sacado del libro, algo que le pasa a todo el mundo, y que se convierte en miedo de madrugada.

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          "y de madrugada estaban todos en la terraza desayunándose migas manchegas, a la misma hora en que las estarían tomando los recios viñeros en La Mancha lejana y cercana, en el Campo de Montiel", sí, La Mancha, desde el poblachón manchego como llamó Galdós a Madrid está muy cerca de La Mancha, para su suerte, por mucho rascacielos que quiere huir del suelo.

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          Uno de los momentos más hermosos del libro, es cuando podemos observar de cerca al Giocondo, cuando nos lleva Umbral de la mano, y bajamos por esos escalones cubiertos de mullida alfombra roja, al salón de baile de uno de esos lugares donde encontraban una puerta a la perdición, "El Giocondo tomaba su chivas en silencio, escuchando sin oír los solos de trompeta o la voz de colector de los negros que cantaban, un poco fascinado, inquietado por la súbita variedad de cabezas, de cuerpos, de figuras... Era esa riqueza del espectáculo humano a la que la sensibilidad deslumbrada tarda un poco en acostumbrarse", y hasta aquí, porque al maestro Umbral hay que leerlo entero y verdadero, para tocar con las yemas de los dedos este papel, de 1971, editorial Planeta, que nos traspasa el deseo, aquí y ahora.

          El libro y lo que me costó, que no fue mucho, merece la pena sólo por esta descripción del Madrid de madrugada, visto por los noctámbulos malditos, prímulas y otros buscadores de tesoros en la noche, que quedaban en el "pescaíto" de la Puerta de Toledo, a seguir su búsqueda, un poco escépticos ya, "Los dos automóviles salieron en carrera loca por las calles clareantes del alba. La ciudad era una pálida y desolada alusión a sí misma, enorme e incierta en las grandes plazas", bueno, los que se hayan amanecido en Madrid sin dormir, estando por ahí, saben que no encontrarán una descripción mejor del sentir de la ciudad en ese momento.

viernes, 27 de julio de 2012

TRILOGÍA DE MADRID 03/ Los cuerpos gloriosos (Francisco Umbral)

       
          En una entrevista que le hace Sánchez-Dragó en el extinto programa Negro Sobre Blanco, sale a relucir lo que en tantas otras sobre tantos otros escritores de prosa lírica: los principos poéticos del escritor, "Me queda el recuerdo de sus cestas de dátiles, como una cesta de besos", cuenta Umbral aquí, aunque no creo que le gustara que se dijese de él que aquí contaba nada, mejor diré que, esta poesía encerrada en la prosa literaturiza el papel de la Trilogía de Madrid.

          "Rafael Alberti vino después, sí, claro, mucho después, cuando ya la Historia, como he dicho, había hecho su relevo de armas y su cambio de centinelas entre Madrid y El Pardo, entre Madrid y El Escorial, entre Madrid y La Zarzuela, entre Madrid y Cuelgamuros", así literaturiza, también, en pocas líneas, el paso de Franco a lo que vino después, parece fácil... No, esto es alguien que estuvo en la calle tragando papel de periódico, emborrachándose de tinta de periódico, comprendiendo, asimilando todo, más las lecturas. Ahí está parte de nuestra compleja Historia de transición, en pocas palabras, genialmente condensadas en imágenes poéticas, claras, como fotos lúcidas, explicando las vueltas y los regresos a las Españas de los Albertis, las Dolores Ubarruris y los cambios de centinela, del de occidente a otros. Otros.
          Y esto me hace preguntarme si no será uno más de los pecados de Umbral que lo hace incomprensible al resto de lectores, el hablar de personas, sitios, hechos, como periodista demasiado del momento. A ver si me explico: pongamos por ejemplo una leyenda de Toledo. Suelen estar escritas en el XIX, o en los años primeros del XX, que también son XIX o decimonónicos. Hablan de caballeros medievales, o personajes pintados por El Greco, o sargentos napoleónicos, y cuando las lees de Bécquer o te las cuenta alguien con el romanticismo en las venas, te crees al personaje, conoces al personaje. Y sin embargo cuántos personajes que salen por aquí caminando en las páginas de esta Trilogía de Madrid, siendo tan cercanos en el tiempo nos son ajenos (a no ser que tengas internet cerca y te vayas informando como el menda). Y claro el Romanticismo con su crudeza madrileño/macarra/dandy que quiere imprimir no casan, no son casanderas, así que Umbral es romántico, pero no escribe como los románticos, le mata y le salva el periodismo, porque Bécquer ya está inventado, nacido, escrito, y muerto prematuramente pero para los siglos de los siglos.

          El cinismo o Umbral, el juego no entendido del escritor que coge a personas y las convierte en papel, "disociar el mundo real del mundo escrito, pasa en quien escribe mucho. El ente escrito, aunque esté recién tomado de la realidad, es ya asunto de la prosa, no de la vida, de modo que puedo saludar conmovido hasta las lágrimas a quien acabo de insultar en letra impresa", el mundo no entendió a Umbral, pero tampoco él entendió al mundo, no comprendía que la gente se enfadara por lo que él escribía de ellos, pero luego guardó rencor hasta su muerte a todos los que no le reconocieron enseguida o no le alababan sus cuentos, columnas o libros. Y eso es hacer trampa. No puedes hacer creer que te da igual que te lean en la posteridad y luego tener un odio sempiterno (por utilizar sus términos) a quien no te aplaude, "la literatura es un tocado que se ponen las grandes damas [...] Simplemente puede ocurrir que, un día, el tocado, la obra, la literatura, el hombre y el nombre, el escritor, vaya a parar a la sombrerera que no es, o su libro entre los libros del desván, por error. Y ahí termina todo. Mejor así". ¿Por error? ¿Mejor así? infantilismo agudo, pero estos pecados se le perdonan y son simpáticos, porque Francisco Umbral era así. Y quien no entienda esto, nunca va a disfrutar de sus páginas como olas de mares donde merece la pena, siempre, bañarse.

          Una de cine pero no de romanos, sobre Luis García Berlanga, "descubrí esa manera de hacer el cine que tiene Luis, como con desgana, esa blanda energía con que manje a la gente, en el trabajo como en la vida", eso mismo pensé yo viendo El Faro de Alejandría, programa del Dragó, junto a Amparo Soler Leal y Juan Diego, charlando los cuatro sobre la película recién estrenada entonces París-Tombuctú, donde falsamente parece distraído y sí, como con esa desgana, blanda energía, que tan bien adjetiva Umbral, y... "y quizá lo confiaba todo, luego, a los milagros del montaje. En el montaje es donde el cineasta  se torna escultor, pintor y escritor. Sobre una materia dada, el celuloide o lo que sea, compone un tiempo narrativo, como un escritor, arquitectura una armazón de imágenes, como un escultor, contrapone sentimientos a colores, colores a otros colores, como un pintor", maravilloso desgrane umbraliano sobre el método del director de cine, donde toman forma las artes para hacer el arte nuevo del siglo XX, que luego explicó Berlanga como el complejo de dios en pequeño, de creador chapucero de universos complementándose, y sigue Umbral: "En ese escribir a oscuras, sólo con imágenes, en la sala de montaje, está lo más literario del hombre que hace cine. Lo más literario y lo casi medieval, monacal, monasterial, del oficio", así que este era el secreto mejor guardado del genio sinvergüenza (aquí la palabra sinvergüenza es donde más a gusto la utilizo, que no tiene nada que ver con la otra clase de sinvergüenzas), y esto es lo que explica su actitud desganada, en el programa del Dragó, donde parecía no darse por aludido de lo que allí se decía sobre él, porque todo lo que allí se habló fue sobre su universo de celuloide, y sin embargo no dejaba de tomar notas, nos ha jodido, que qué bien disimulo eh Amparo, tú pregunta Dragó, que todo me sirve aunque parezca que vengo aquí como a regañadientes... "La última de las bellas artes, el arte de nuestro siglo, tiene, así, mucho de libro medieval iluminado, de texto enriquecido por la marginalia", la marginalia tanto sirve para denominar los manuscritos ilustrados medievales como para designar las notas, glosas y comentarios editoriales hechos al margen, y aquí es donde el escritor, Umbral, que empieza de forma chapucera a crear sus universos literarios, lo mismo que Berlanga con los suyos del cine, terminan brillantemente un párrafo, una escena, con este marginalia como ejemplo del trabajo, de la artesanía, del arte, de la última de las bellas artes, para entenderlo perfectamente pero desde el juego literario, único de la prosa de Umbral, anárquico y brillante del montaje de Berlanga.

          Me gusta la parte del libro que habla de las dos personas que fueron sus mentores, sus impulsores, la tabla de Robinson que todos necesitamos en el momento de la duda, del naufragio, esa mano en el precipicio, la misma que abre puerta a luces antes no vistas; a saber: Fernando Lázaro Carreter y Francisco Yndurain, "Fernando, aparte de un sabio, es un hombre que he conocido a tiempo", he conocido a tiempo, ¿qué tiempo?, sobre todo el de Umbral, "estaba yo de vuelta de dos pasiones: la pasión del decir cosas y la pasión de vivir. Fernando me descubrió que la literatura vale por sí misma, que la literatura es generadora de contenidos, como me gusta decir a mí", vuelve a defender la literatura por encima de todas las cosas, ideologías, religiones, "Fernando Lázaro vino a poner argumentación y abrir caminos a mi vieja y secreta convicción de que escribir es escribir", sólo por estas 20 palabras juntadas, ni dos docenas, y algunas repetidas, colocadas tan bien, merece la pena leer este libro, quien abre caminos con su ímpetu a viejas convicciones de uno, ya está encima de un pedestal de nuestro santoral laico particular, "y no me ha abandonado nunca la sombra atenta, larga y crítica de Fernando Yndurain, que le dio seguridad a mi insegura juventud y me garantizó también, con su sobriedad entre erudita y cordial, el poder y el valor de la palabra como valor de uso y valor de cambio", aquí vemos una especie de maestro un poco medieval, un poco romántico, un poco aséptico, con vocación medieval otra vez digo, o eso me llega a mí, "la palabra vale para usarla y vale para intercambiarla por otras palabras. A este intercambio es, sencillamente, a lo que llamamos cultura".

          "Ángel fieramente humano es , sin duda, el libro más importante de cuarenta años de represión, años en que sólo la poesía era o parecía más libre que otros géneros", descubrí tarde a Blas de Otero en aquellas tardes de Illescas, cuando a la salida del colegio no tenía que corregir exámenes y me gustaba perderme en los dos o tres pasillos de la breve pero necesaria biblioteca de pueblo nuevo para mí, con su soledad, sus cielos de serenidad azul y de rojo acuarela barata y por tanto más valorada, hundiéndose con el sol allá, cuando salía de la biblioteca, y de nuevo la soledad del piso me pedía la lectura como vicio/necesidad, "y por eso de la libertad, en la poesía se experimentaba, y Blas luchó siempre con su verbo, hizo levantamiento de piedras -era vasco-, con las palabras, y le dio al castellano la violencia y la austeridad de su raza original no romanizada", lo descubrí tarde aunque con Blas de Otero creo que nunca puede ser tarde, no es verdad lo que se dice que las lecturas más importantes son las de los primero años de lector, como mucho hasta los 16 ó 18 años. Siendo importantes, también más allá de esa edad hay que cultivar la capacidad de emocionarse, no histrionizar ni engañarse, pero ver dónde hay palabras como las de Blas de Otero para poder mirar el cielo en La sagra, en Illescas, y ver en el azul último de la tarde la libertad que agitaban sus palabras.  

jueves, 26 de julio de 2012

TRILOGÍA DE MADRID 02/ Los alucinados (Francisco Umbral)

          A fuerza de ser borde es entrañable, a fuerza de ser antipático nos cae simpático, en sus letras... y sin embargo fuera de sus páginas cuánto daño le hizo el minuto y medio de televisión con la Milá, he venido a hablar de mi libro, he venido a hablar de mi libro, qué quieres decir de tu libro, y la cámara del cámara gracioso y oportuno enfocando al público despichándose, el público que no se había leído ningún libro de Umbral, el público que se ha quedado, que nos hemos quedado con la imagen de un hombre vestido a la antigua, creyéndose dandy cuando ya se había pasado eso, un muñeco de cera escapado del Museo de Cera de Madrid, la mirada triste, perdida y ciega, una estatua viviente, creándose un personaje que le hizo mal a sus propios libros, que son buenos.
          Cuántas horas de lecturas: Torres Villarroel, Quevedo, Larra, su queridísimo Valle-Inclán, cómo le gustaba llamarle Valle, Lorca, Cela, Miguel Hernández, "los grandes escandalosos de la literatura española". Cuántas horas delante de su Olivetti, a lomos de la Olivetti, como barca de capitán Ahab, contra todo y contra todos, hasta cuando escribía bien de alguien.
Todo perdido por ese minuto y medio, y en el fondo... qué buen escritor. Desde esta celda imaginaria, celda de Castillo de If virtual, quiero brindar imaginariamente con tinto vino peleón y un trozo de tortilla, también imaginado, en esos barrios imaginados junto a Lola Machado, y allá en el fondo del horizonte madrileño, por la tarde, cuando el cielo de Madrid iba adquiriendo "el color homérico del vino", brindar por esta trilogía indivisible de los madriles del Umbral.

          Que más da que hoy las miles de páginas de papel ardan por un minuto y medio de risa floja frente a youtube. Ahí están los libros, rotundos, gratis en las bibliotecas (es increíble la cantidad de volúmenes umbralianos que pueblan el poblado añejo de las estanterías públicas).

          Yo no quiero descubrir a Umbral, se descubre solo, él solo, y un lector solo también, en su soledad de soledades construía, o divagaba, o jugaba, yo qué sé cómo lo hacía pero era un inventor chapucero del momento genial. Chapucero por su desparpajo, por su probar y probar, jugando con las palabras, chapuzas entrañables, chapuzones en los mares del castellano.

          "La manera natural de pensar (de no pensar) es escribir, y de ahí la virtud salvífica de las lenguas, que son de fuego no por ningún privilegio apostólico o cristológico, sino porque el hombre que escribe se realiza incluso físicamente (se escribe con todo el cuerpo), mientras que el hombre que piensa o cree pensar, no hace sino tejer para sí mismo una trampa para su elefante interior".
          Es muy generoso (es generoso Umbral) escribir esto, da todo en cada libro, más allá de que sea bueno o malo (arriba yo mismo he puesto erróneamente que sus libros son buenos), lo que salva a Umbral es poner en negro sobre blanco todos los retorcimientos de recuerdos, deseos, con un sedimento verdadero que parece verdad y que no sabemos si son verdad, pero intuimos dónde está la verdad de sus libros.

          "Partir no del pensamiento propio, sino del lenguaje general, de un idioma, es, aparte un acto de humildad intelectual, un camino seguro para tejer algo con un hilo del tupido tapiz de los saberes y pensamientos que, referidos al idioma, llamamos etimologías. Mi estilismo era entonces y ha sido toda la vida, no un esteticismo, como creerían los críticos que se mueven entre la solapa del libro y la solapa con fideos de su chaqueta, corto espacio mental, sino un humilde acogimiento a lo que está bellamente codificado".
          Hoy en múltiples actos culturales emborronan carteles, y dicen hasta la náusea, lo de Borges que se sentía más orgulloso de los libros que leyó que de los que escribió. Aquí Umbral está diciendo lo mismo, mejor dicho, más a un estilo de De la Serna.

          Es entrañable (otra vez) cuando habla de su cuarto, cubículo madrileño de lecturas, de escapatoria en la propia celda (otra vez la palabra celda a relucir), generoso en hablar de las fuentes en las que saciaba su sed lectora, sus lecturas como agua fresca de fuente de calle vieja, de piedras viejas, cayendo en su mente, refrescándose en las palabras viejas despojándolas del tiempo que son las que más refrescan y agitan nuestra soledad secarral: "Como único tapiz del cuarto/monasterio, el idioma, los mil hilos del castellano, hilo femenino y grato de Teresa - <<estando yo enemiguísima de ser monja...>> -, hilo de oro oscuro de don Francisco de Quevedo, gran señor de todas las germanías, hilos barrocos y brillantes de Vélez, de Rojas, de Torres, hilo romántico y sangriento de Larra, hilo bordado y desgarrado de Valle, hilo rizado de Ramón".

          Lo más importante y lo más difícil de tener o conseguir era el carisma, cualidad esquiva y huidiza cuanto más se busca: "El carisma es esa aureola de los santos que uno gana en vida mediante los pecados profesionales, personales y políticos. [...] Yo sabía cómo conseguir el trabajo, el dinero, la profesionalidad, cierto renombre interno al oficio. Pero el carisma ¿cómo se conseguía? Me imaginaba sin carisma por siempre, opaco y tenaz, laborioso y marengo para toda la vida, echando mi propia sombra sobre todo lo que escribiera. Y yo lo que soñaba era el carisma como una aureola de santo del Infierno...".
          No sé. El carisma estaría valorado antes de los ochenta, justo antes de la edición de este libro, pero hoy el carisma es un periodista sin título con un micrófono rojo en la mano, un concursante de un concurso de entrar en una casa y no hacer nada por sí mismo sino para el escaparate hacia los demás, de gentes y gentes que por haber pasado la puerta roja de la fama que tan bien explicara con esta metáfora el hoy aburrido Boris Izaguirre, son ya nada más que eso: fama y carisma de todo a cien, de todo a un euro, el carisma que tan ansiadamente buscaba Francisco Umbral posiblemente lo encontrara en la soledad del cuarto/monacato/fiesta del lector empedernido, silencioso, opaco y tenaz que en un cubículo parecido al del escritor, encontrara otro hilo color plata sucia más del castellano, sí la suya, Don Francisco, si me permite, la literatura en plata y mugre y que el tiempo, y sólo el sabio tiempo, pondrá en su sitio de pedestal, más allá de aduladores o despichantes por aquel minuto y medio, que ahora a mí, hacen que me ría de aquel público que se despichaba. Aunque más bien no, que se fastidien los que se ríen, sólo puedo sonreír tristemente por todas las páginas que se van a perder de un carisma laborioso y marengo, argento y claro, madrileño y turbio. Bendito sea Francisco Umbral.

jueves, 12 de julio de 2012

TRILOGÍA DE MADRID 01/ Los Tranvías (Francisco Umbral)

          Hay momentos cada día, todos los días, que andando por la calle, subiendo unas escaleras, trabajando o en el coche se le ocurren a uno ideas que le gustaría escribir pero no puede, no lleva papel, ni bolígrafo, va conduciendo, y se fastidia porque esa idea, que para el resto del mundo puede equivaler a un papel sucio y tirado que envolvía una hamburguesa y ahora adorna una cuneta de carretera autovía, para uno, esa idea es parte imprescindible en la literatura universal, de hecho, que no pueda escribirla lo considera una catástrofe, como papiro que se quemara para siempre de la biblioteca de Alejandría, pavesa que ves perderse más allá de la luna del coche y que jamás vuelve en la forma que debería ser escrita, cuando llegas a casa a por papel y bolígrafo las musas se están cepillando a otro. Umbral, Francisco Umbral, tiene la capacidad de poder escribir de corrido y bien engarzadas esas ideas, no produciendo más que literatura. Esa es la parte buena. La parte mala es su juicio y prejuicio, que empezó en nada y poco a poco fue todo, ordinario y muchas veces de órdago sin reyes ni treinta y una, cuando Baroja siempre te gana con tres ases a los pares, porque tú llevas dos reyes y un caballo, y en los pares, te gana. Y a veces con la real, de postre.

          "El creador más radiclamente creador no es sino un intérprete afortunado, un virtuoso del instrumento que le esperaba: paleta, música o idioma. [...] 
          Lo que pulsa Quevedo no son sus temas, sino ese instrumento, ese aristón enorme y delicado que es el castellano."

   

sábado, 21 de enero de 2012

LAS NINFAS (Francisco Umbral)

     A veces pienso que si los libros de Francisco Umbral pudieran borrar su nombre de la portada y camuflarse como enigmático anónimo o cambiarlo por otro nombre más colorido, almodovariano o glamuroso, podría alcanzar a más público, y una vez despojado de él, de la figura gris, triste, falsodandista, elegante-gruñona... una vez, digo, despojado de todo lo que pudiera relacionarlo con la imagen que se tiene de él (que uno no sabe si es de verdad o es de personaje), admirarlo en su auténtica grandeza, en la única grandeza que debiera admirarse. El libro, lo negro sobre blanco, las palabras que ha ordenado, para después, entonces sí, poder decir ¿quién ha escrito esto? y parar por la calle al hombre elegante, callado, de paso romántico, de estampa becqueriana, pero con el olor a lejía de portal pobre madrileño y decirle:... no, no. Rectifico. No se le dice nada. Dejarle que pase, sin interrumpir su sublimidad. Ni aspaviento, ni exclamación ahogada. Dejar que pase y punto.

     "La casa de Quevedo, de legitimidad tan dudosa, ya que en todo caso fue cárcel y no casa, de historial tan confuso, pues allí florecía el lis rococó de los jesuitas, la heráldica de Churriguera, la piedra clara de Carlos III y la yedra de los románticos, era un pozo literario con secreto y corrientes de sire, con encanto y frío"
     Sólo Andrés Trapiello ha conseguido miniar en tan poco espacio la esencia del Romanticismo. Esto es desperdicio leer como novela; esto se ha de leer como poesía, poniendo en relieve lo que rememora cada frase que nos viaja a otro tiempo que nunca existió, o que quizá sí existió, porque ahora se puede leer esto.

     Se sacan frases de este libro, Las Ninfas, porque sí. No porque sean mejores que el resto, como ocurre con otros autores más monótonos.
     "Toqué el cartoncito del billete ferroviario en el bolsillo, porque, a punto de partir, un billete de tren se toca ya como un talismán".
     El principio de la frase es Baroja, el final es algún poeta francés.