A veces pienso que si los libros de Francisco Umbral pudieran borrar su nombre de la portada y camuflarse como enigmático anónimo o cambiarlo por otro nombre más colorido, almodovariano o glamuroso, podría alcanzar a más público, y una vez despojado de él, de la figura gris, triste, falsodandista, elegante-gruñona... una vez, digo, despojado de todo lo que pudiera relacionarlo con la imagen que se tiene de él (que uno no sabe si es de verdad o es de personaje), admirarlo en su auténtica grandeza, en la única grandeza que debiera admirarse. El libro, lo negro sobre blanco, las palabras que ha ordenado, para después, entonces sí, poder decir ¿quién ha escrito esto? y parar por la calle al hombre elegante, callado, de paso romántico, de estampa becqueriana, pero con el olor a lejía de portal pobre madrileño y decirle:... no, no. Rectifico. No se le dice nada. Dejarle que pase, sin interrumpir su sublimidad. Ni aspaviento, ni exclamación ahogada. Dejar que pase y punto.
"La casa de Quevedo, de legitimidad tan dudosa, ya que en todo caso fue cárcel y no casa, de historial tan confuso, pues allí florecía el lis rococó de los jesuitas, la heráldica de Churriguera, la piedra clara de Carlos III y la yedra de los románticos, era un pozo literario con secreto y corrientes de sire, con encanto y frío"
Sólo Andrés Trapiello ha conseguido miniar en tan poco espacio la esencia del Romanticismo. Esto es desperdicio leer como novela; esto se ha de leer como poesía, poniendo en relieve lo que rememora cada frase que nos viaja a otro tiempo que nunca existió, o que quizá sí existió, porque ahora se puede leer esto.
Se sacan frases de este libro, Las Ninfas, porque sí. No porque sean mejores que el resto, como ocurre con otros autores más monótonos.
"Toqué el cartoncito del billete ferroviario en el bolsillo, porque, a punto de partir, un billete de tren se toca ya como un talismán".
El principio de la frase es Baroja, el final es algún poeta francés.
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