viernes, 27 de julio de 2012

TRILOGÍA DE MADRID 03/ Los cuerpos gloriosos (Francisco Umbral)

       
          En una entrevista que le hace Sánchez-Dragó en el extinto programa Negro Sobre Blanco, sale a relucir lo que en tantas otras sobre tantos otros escritores de prosa lírica: los principos poéticos del escritor, "Me queda el recuerdo de sus cestas de dátiles, como una cesta de besos", cuenta Umbral aquí, aunque no creo que le gustara que se dijese de él que aquí contaba nada, mejor diré que, esta poesía encerrada en la prosa literaturiza el papel de la Trilogía de Madrid.

          "Rafael Alberti vino después, sí, claro, mucho después, cuando ya la Historia, como he dicho, había hecho su relevo de armas y su cambio de centinelas entre Madrid y El Pardo, entre Madrid y El Escorial, entre Madrid y La Zarzuela, entre Madrid y Cuelgamuros", así literaturiza, también, en pocas líneas, el paso de Franco a lo que vino después, parece fácil... No, esto es alguien que estuvo en la calle tragando papel de periódico, emborrachándose de tinta de periódico, comprendiendo, asimilando todo, más las lecturas. Ahí está parte de nuestra compleja Historia de transición, en pocas palabras, genialmente condensadas en imágenes poéticas, claras, como fotos lúcidas, explicando las vueltas y los regresos a las Españas de los Albertis, las Dolores Ubarruris y los cambios de centinela, del de occidente a otros. Otros.
          Y esto me hace preguntarme si no será uno más de los pecados de Umbral que lo hace incomprensible al resto de lectores, el hablar de personas, sitios, hechos, como periodista demasiado del momento. A ver si me explico: pongamos por ejemplo una leyenda de Toledo. Suelen estar escritas en el XIX, o en los años primeros del XX, que también son XIX o decimonónicos. Hablan de caballeros medievales, o personajes pintados por El Greco, o sargentos napoleónicos, y cuando las lees de Bécquer o te las cuenta alguien con el romanticismo en las venas, te crees al personaje, conoces al personaje. Y sin embargo cuántos personajes que salen por aquí caminando en las páginas de esta Trilogía de Madrid, siendo tan cercanos en el tiempo nos son ajenos (a no ser que tengas internet cerca y te vayas informando como el menda). Y claro el Romanticismo con su crudeza madrileño/macarra/dandy que quiere imprimir no casan, no son casanderas, así que Umbral es romántico, pero no escribe como los románticos, le mata y le salva el periodismo, porque Bécquer ya está inventado, nacido, escrito, y muerto prematuramente pero para los siglos de los siglos.

          El cinismo o Umbral, el juego no entendido del escritor que coge a personas y las convierte en papel, "disociar el mundo real del mundo escrito, pasa en quien escribe mucho. El ente escrito, aunque esté recién tomado de la realidad, es ya asunto de la prosa, no de la vida, de modo que puedo saludar conmovido hasta las lágrimas a quien acabo de insultar en letra impresa", el mundo no entendió a Umbral, pero tampoco él entendió al mundo, no comprendía que la gente se enfadara por lo que él escribía de ellos, pero luego guardó rencor hasta su muerte a todos los que no le reconocieron enseguida o no le alababan sus cuentos, columnas o libros. Y eso es hacer trampa. No puedes hacer creer que te da igual que te lean en la posteridad y luego tener un odio sempiterno (por utilizar sus términos) a quien no te aplaude, "la literatura es un tocado que se ponen las grandes damas [...] Simplemente puede ocurrir que, un día, el tocado, la obra, la literatura, el hombre y el nombre, el escritor, vaya a parar a la sombrerera que no es, o su libro entre los libros del desván, por error. Y ahí termina todo. Mejor así". ¿Por error? ¿Mejor así? infantilismo agudo, pero estos pecados se le perdonan y son simpáticos, porque Francisco Umbral era así. Y quien no entienda esto, nunca va a disfrutar de sus páginas como olas de mares donde merece la pena, siempre, bañarse.

          Una de cine pero no de romanos, sobre Luis García Berlanga, "descubrí esa manera de hacer el cine que tiene Luis, como con desgana, esa blanda energía con que manje a la gente, en el trabajo como en la vida", eso mismo pensé yo viendo El Faro de Alejandría, programa del Dragó, junto a Amparo Soler Leal y Juan Diego, charlando los cuatro sobre la película recién estrenada entonces París-Tombuctú, donde falsamente parece distraído y sí, como con esa desgana, blanda energía, que tan bien adjetiva Umbral, y... "y quizá lo confiaba todo, luego, a los milagros del montaje. En el montaje es donde el cineasta  se torna escultor, pintor y escritor. Sobre una materia dada, el celuloide o lo que sea, compone un tiempo narrativo, como un escritor, arquitectura una armazón de imágenes, como un escultor, contrapone sentimientos a colores, colores a otros colores, como un pintor", maravilloso desgrane umbraliano sobre el método del director de cine, donde toman forma las artes para hacer el arte nuevo del siglo XX, que luego explicó Berlanga como el complejo de dios en pequeño, de creador chapucero de universos complementándose, y sigue Umbral: "En ese escribir a oscuras, sólo con imágenes, en la sala de montaje, está lo más literario del hombre que hace cine. Lo más literario y lo casi medieval, monacal, monasterial, del oficio", así que este era el secreto mejor guardado del genio sinvergüenza (aquí la palabra sinvergüenza es donde más a gusto la utilizo, que no tiene nada que ver con la otra clase de sinvergüenzas), y esto es lo que explica su actitud desganada, en el programa del Dragó, donde parecía no darse por aludido de lo que allí se decía sobre él, porque todo lo que allí se habló fue sobre su universo de celuloide, y sin embargo no dejaba de tomar notas, nos ha jodido, que qué bien disimulo eh Amparo, tú pregunta Dragó, que todo me sirve aunque parezca que vengo aquí como a regañadientes... "La última de las bellas artes, el arte de nuestro siglo, tiene, así, mucho de libro medieval iluminado, de texto enriquecido por la marginalia", la marginalia tanto sirve para denominar los manuscritos ilustrados medievales como para designar las notas, glosas y comentarios editoriales hechos al margen, y aquí es donde el escritor, Umbral, que empieza de forma chapucera a crear sus universos literarios, lo mismo que Berlanga con los suyos del cine, terminan brillantemente un párrafo, una escena, con este marginalia como ejemplo del trabajo, de la artesanía, del arte, de la última de las bellas artes, para entenderlo perfectamente pero desde el juego literario, único de la prosa de Umbral, anárquico y brillante del montaje de Berlanga.

          Me gusta la parte del libro que habla de las dos personas que fueron sus mentores, sus impulsores, la tabla de Robinson que todos necesitamos en el momento de la duda, del naufragio, esa mano en el precipicio, la misma que abre puerta a luces antes no vistas; a saber: Fernando Lázaro Carreter y Francisco Yndurain, "Fernando, aparte de un sabio, es un hombre que he conocido a tiempo", he conocido a tiempo, ¿qué tiempo?, sobre todo el de Umbral, "estaba yo de vuelta de dos pasiones: la pasión del decir cosas y la pasión de vivir. Fernando me descubrió que la literatura vale por sí misma, que la literatura es generadora de contenidos, como me gusta decir a mí", vuelve a defender la literatura por encima de todas las cosas, ideologías, religiones, "Fernando Lázaro vino a poner argumentación y abrir caminos a mi vieja y secreta convicción de que escribir es escribir", sólo por estas 20 palabras juntadas, ni dos docenas, y algunas repetidas, colocadas tan bien, merece la pena leer este libro, quien abre caminos con su ímpetu a viejas convicciones de uno, ya está encima de un pedestal de nuestro santoral laico particular, "y no me ha abandonado nunca la sombra atenta, larga y crítica de Fernando Yndurain, que le dio seguridad a mi insegura juventud y me garantizó también, con su sobriedad entre erudita y cordial, el poder y el valor de la palabra como valor de uso y valor de cambio", aquí vemos una especie de maestro un poco medieval, un poco romántico, un poco aséptico, con vocación medieval otra vez digo, o eso me llega a mí, "la palabra vale para usarla y vale para intercambiarla por otras palabras. A este intercambio es, sencillamente, a lo que llamamos cultura".

          "Ángel fieramente humano es , sin duda, el libro más importante de cuarenta años de represión, años en que sólo la poesía era o parecía más libre que otros géneros", descubrí tarde a Blas de Otero en aquellas tardes de Illescas, cuando a la salida del colegio no tenía que corregir exámenes y me gustaba perderme en los dos o tres pasillos de la breve pero necesaria biblioteca de pueblo nuevo para mí, con su soledad, sus cielos de serenidad azul y de rojo acuarela barata y por tanto más valorada, hundiéndose con el sol allá, cuando salía de la biblioteca, y de nuevo la soledad del piso me pedía la lectura como vicio/necesidad, "y por eso de la libertad, en la poesía se experimentaba, y Blas luchó siempre con su verbo, hizo levantamiento de piedras -era vasco-, con las palabras, y le dio al castellano la violencia y la austeridad de su raza original no romanizada", lo descubrí tarde aunque con Blas de Otero creo que nunca puede ser tarde, no es verdad lo que se dice que las lecturas más importantes son las de los primero años de lector, como mucho hasta los 16 ó 18 años. Siendo importantes, también más allá de esa edad hay que cultivar la capacidad de emocionarse, no histrionizar ni engañarse, pero ver dónde hay palabras como las de Blas de Otero para poder mirar el cielo en La sagra, en Illescas, y ver en el azul último de la tarde la libertad que agitaban sus palabras.  

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