lunes, 16 de julio de 2012
ZALACAÍN EL AVENTURERO (Pío Baroja)
Muchos estudiantes de secundaria van a tener que leer El árbol de la ciencia, o no leerlo y pedir prestado el trabajo que les manden en el instituto, o buscar algo así por internet para presentar en clase. Y cuánto se van a perder... si se queda ahí la cosa con Baroja. Es significativo que dos autores españoles tan distintos, Benjamín Prado y Francisco Umbral juzguen tan a la ligera a Baroja. Uno, Benjamín, en Mala gente que camina nos lo presenta como alguien oscuro que estuvo de acuerdo con Franco (no es Benjamín directamente, es un personaje de la novela, aunque no tengo tan claro si es coincidente), y el otro, Umbral, sólo le faltó pedir que se quemaran los libros en una plaza. Además interpreta un tipo de literatura como galdobarojiano, que yo no sé si academicamente esto es así, es decir, que se pueda sintetizar una categoría literaria por su parecido como galdobarojiana, pero como lector no lo encuentro. Tal vez el estudio frío de ambas prosas, pueda dar lugar a decir con una grave condescendencia: son realismo, puro y duro. Bien. No me interersa esto nada. Si quisiera leer o estudiar teoría de la literatura, el metalenguaje y otras hierbas, no iría a la biblioteca a buscar lecturas, iría a buscar teorías.
Me gustan los dos. Me refiero a Umbral y a Prado. Y también a Galdós y Baroja. Los cuatro. Pero me gustan los dos primeros cuando escriben sin hacer juicios gratuitos de valor. ¿Qué puede que tengan razón en ellos? vale, pues la razón para ellos, pero sería lamentable que un chico de 16, 20 o 25 años por leer en uno que Baroja era un no sé qué ideológico, y en otro que es que lo de Baroja no es literatura, se pierdan libros como este Zalacaín El Aventurero, entreverado con las guerras carlistas en el norte, o ellas como vetas cruzando por él, sin solemnidades y con mucho saber de lo que se escribe, y por cierto muy crítico con los carlistas, sobre todo poniendo en relieve constantemente la mediocridad de los jefes. Al final este libro, sí, es un libro de aventuras como promete el título. Y algo más, pero para eso hay que leerlo, para meterte en un pueblo oscuro con gentes oscuras tabernarias con el cielo gris, y entre toda esa grisura ver brillar como la pequeñísima parte de una moneda enterrada en tierra, a Zalacaín El aventurero.
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