jueves, 26 de julio de 2012

TRILOGÍA DE MADRID 02/ Los alucinados (Francisco Umbral)

          A fuerza de ser borde es entrañable, a fuerza de ser antipático nos cae simpático, en sus letras... y sin embargo fuera de sus páginas cuánto daño le hizo el minuto y medio de televisión con la Milá, he venido a hablar de mi libro, he venido a hablar de mi libro, qué quieres decir de tu libro, y la cámara del cámara gracioso y oportuno enfocando al público despichándose, el público que no se había leído ningún libro de Umbral, el público que se ha quedado, que nos hemos quedado con la imagen de un hombre vestido a la antigua, creyéndose dandy cuando ya se había pasado eso, un muñeco de cera escapado del Museo de Cera de Madrid, la mirada triste, perdida y ciega, una estatua viviente, creándose un personaje que le hizo mal a sus propios libros, que son buenos.
          Cuántas horas de lecturas: Torres Villarroel, Quevedo, Larra, su queridísimo Valle-Inclán, cómo le gustaba llamarle Valle, Lorca, Cela, Miguel Hernández, "los grandes escandalosos de la literatura española". Cuántas horas delante de su Olivetti, a lomos de la Olivetti, como barca de capitán Ahab, contra todo y contra todos, hasta cuando escribía bien de alguien.
Todo perdido por ese minuto y medio, y en el fondo... qué buen escritor. Desde esta celda imaginaria, celda de Castillo de If virtual, quiero brindar imaginariamente con tinto vino peleón y un trozo de tortilla, también imaginado, en esos barrios imaginados junto a Lola Machado, y allá en el fondo del horizonte madrileño, por la tarde, cuando el cielo de Madrid iba adquiriendo "el color homérico del vino", brindar por esta trilogía indivisible de los madriles del Umbral.

          Que más da que hoy las miles de páginas de papel ardan por un minuto y medio de risa floja frente a youtube. Ahí están los libros, rotundos, gratis en las bibliotecas (es increíble la cantidad de volúmenes umbralianos que pueblan el poblado añejo de las estanterías públicas).

          Yo no quiero descubrir a Umbral, se descubre solo, él solo, y un lector solo también, en su soledad de soledades construía, o divagaba, o jugaba, yo qué sé cómo lo hacía pero era un inventor chapucero del momento genial. Chapucero por su desparpajo, por su probar y probar, jugando con las palabras, chapuzas entrañables, chapuzones en los mares del castellano.

          "La manera natural de pensar (de no pensar) es escribir, y de ahí la virtud salvífica de las lenguas, que son de fuego no por ningún privilegio apostólico o cristológico, sino porque el hombre que escribe se realiza incluso físicamente (se escribe con todo el cuerpo), mientras que el hombre que piensa o cree pensar, no hace sino tejer para sí mismo una trampa para su elefante interior".
          Es muy generoso (es generoso Umbral) escribir esto, da todo en cada libro, más allá de que sea bueno o malo (arriba yo mismo he puesto erróneamente que sus libros son buenos), lo que salva a Umbral es poner en negro sobre blanco todos los retorcimientos de recuerdos, deseos, con un sedimento verdadero que parece verdad y que no sabemos si son verdad, pero intuimos dónde está la verdad de sus libros.

          "Partir no del pensamiento propio, sino del lenguaje general, de un idioma, es, aparte un acto de humildad intelectual, un camino seguro para tejer algo con un hilo del tupido tapiz de los saberes y pensamientos que, referidos al idioma, llamamos etimologías. Mi estilismo era entonces y ha sido toda la vida, no un esteticismo, como creerían los críticos que se mueven entre la solapa del libro y la solapa con fideos de su chaqueta, corto espacio mental, sino un humilde acogimiento a lo que está bellamente codificado".
          Hoy en múltiples actos culturales emborronan carteles, y dicen hasta la náusea, lo de Borges que se sentía más orgulloso de los libros que leyó que de los que escribió. Aquí Umbral está diciendo lo mismo, mejor dicho, más a un estilo de De la Serna.

          Es entrañable (otra vez) cuando habla de su cuarto, cubículo madrileño de lecturas, de escapatoria en la propia celda (otra vez la palabra celda a relucir), generoso en hablar de las fuentes en las que saciaba su sed lectora, sus lecturas como agua fresca de fuente de calle vieja, de piedras viejas, cayendo en su mente, refrescándose en las palabras viejas despojándolas del tiempo que son las que más refrescan y agitan nuestra soledad secarral: "Como único tapiz del cuarto/monasterio, el idioma, los mil hilos del castellano, hilo femenino y grato de Teresa - <<estando yo enemiguísima de ser monja...>> -, hilo de oro oscuro de don Francisco de Quevedo, gran señor de todas las germanías, hilos barrocos y brillantes de Vélez, de Rojas, de Torres, hilo romántico y sangriento de Larra, hilo bordado y desgarrado de Valle, hilo rizado de Ramón".

          Lo más importante y lo más difícil de tener o conseguir era el carisma, cualidad esquiva y huidiza cuanto más se busca: "El carisma es esa aureola de los santos que uno gana en vida mediante los pecados profesionales, personales y políticos. [...] Yo sabía cómo conseguir el trabajo, el dinero, la profesionalidad, cierto renombre interno al oficio. Pero el carisma ¿cómo se conseguía? Me imaginaba sin carisma por siempre, opaco y tenaz, laborioso y marengo para toda la vida, echando mi propia sombra sobre todo lo que escribiera. Y yo lo que soñaba era el carisma como una aureola de santo del Infierno...".
          No sé. El carisma estaría valorado antes de los ochenta, justo antes de la edición de este libro, pero hoy el carisma es un periodista sin título con un micrófono rojo en la mano, un concursante de un concurso de entrar en una casa y no hacer nada por sí mismo sino para el escaparate hacia los demás, de gentes y gentes que por haber pasado la puerta roja de la fama que tan bien explicara con esta metáfora el hoy aburrido Boris Izaguirre, son ya nada más que eso: fama y carisma de todo a cien, de todo a un euro, el carisma que tan ansiadamente buscaba Francisco Umbral posiblemente lo encontrara en la soledad del cuarto/monacato/fiesta del lector empedernido, silencioso, opaco y tenaz que en un cubículo parecido al del escritor, encontrara otro hilo color plata sucia más del castellano, sí la suya, Don Francisco, si me permite, la literatura en plata y mugre y que el tiempo, y sólo el sabio tiempo, pondrá en su sitio de pedestal, más allá de aduladores o despichantes por aquel minuto y medio, que ahora a mí, hacen que me ría de aquel público que se despichaba. Aunque más bien no, que se fastidien los que se ríen, sólo puedo sonreír tristemente por todas las páginas que se van a perder de un carisma laborioso y marengo, argento y claro, madrileño y turbio. Bendito sea Francisco Umbral.

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