"Le debe uno tanto a Baroja que en medio de todas sus virtudes, su expresividad, su humor, su cinismo, su melancolía, su sentimentalismo, todos esos defectos ni siquiera molestan, como ya nos son indiferentes las manías de la familia, que ni si quiera advertimos. Escribe novelas de una manera perra, que no son novelas, pero es expresivo como nadie en estos cien años".
Como hoy nadie lee a Baroja, me hace sonreír esta parte del libro, por poder compartir el placer de leer a Baroja con alguien. Aunque ese alguien no me conozca, y sea en el silencio de la lectura de este tercer volumen de la novela en marcha.
Es curioso como fui descubriendo a Baroja. Recuerdo que en el instituto nos mandaron leer El árbol de la ciencia, pero no recuerdo que lo leyera. Me parece que del instituto sólo recuerdo Los santos inocentes y El camino del maestro Delibes... los recuerdo y además los recuerdo bien. Bien me refiero a que todavía guardo cosas de la novela en mi memoria, y lo más raro de todo es que yo mismo me sorprendí en su momento porque me gustaron mucho. Me parecía increíble que me pudiese gustar nada que nos recomendaran en el instituto. Y no es para definir una época, ni estoy diciendo que todos los alumnos de mi generación sintieran lo mismo que yo, que hoy nos gusta mucho el pensamiento simple, y las generalizaciones para explicarlo todo; no, es una impresión mía, si alguien la comparte será casualidad.
Volviendo a Baroja... más tarde de aquellos años absurdos de adolescencia, cogí por mi cuenta El árbol de la ciencia, no sé por qué. Tendría 20 años. Y... era tan extraño. Definía a los personajes de una forma que no sabía si los estaba piropeando o dándoles un coscorrón. Más tarde creí entender a unos escritores que participaban en debates y decían que eso era la complejidad del personaje y cien menudencias más. Esos mismos escritores son los que hacen a sus personajes en sus novelas prentendiendo darles esa complejidad y les sale un churro. No sabiendo bien quién es ese que va por la novela. Es decir: intentan hacer eso que saben analizar tan bien en otros escritores, pero luego quieren explicarte a sus muñecos de papel... y no se ponen de acuerdo con ellos mismos. Sólo les sale bien el que es bueno o malo, llanamente (llanamente como sinónimo de plano, no de llanamente como claramente). Y además les gusta que luego les diga algún pelota de la televisión que qué bien esta perfilado tal personaje. Un desastre. Baroja será un desastre, pero es apariencia de desastre. La sensualidad pervertida, El mundo es ansí, César o Nada, La feria de los discretos... y muchos más que he leído, me han dado horas de intensa felicidad.
Nunca entenderé el empecinamiento por poner en un podio UNA obra de Galdós, UNA obra de BAROJA.... y así. TIENES QUE LEER ESTO. Pues no. El impertaivo no sirve para leer nada ni para hacer nada. Se podrá motivar a los niños y adolescentes a que lean esto o lo otro, que eso sí es bueno. Motivar, sugerir... emocionarse hablando de este libro o aquel. Pero no mandar. Y ese absurdo empecinamiento porque la gente lea UNA obra, hará tal vez que no se lean tantas otras donde acaso sí encuentren un remanso de paz, de serenidad, de leve sonrisa al levantar la mirada de aquel libro olvidado por las universidades, catedráticos, profesores y críticos... levantar la mirada, y comprender todo sin poder explicarlo, sintiendo un pequeño escalofrío desde el salón de una casa, viendo como la lluvia inventa ríos en los cristales de la ventana.
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