"La belleza ha de ser como una fortaleza, llena de puertas y secretos pasadizos".
Para desmontar la silicona, los melones con pezón de Sandía (J. Sabina), el photoshop y demás artificios (estos sí que son artificios y no el Ingenio de Juanelo Turriano), nada como una frase hermosa, visualmente poderosa como esta que nos regala sin adornos Trapiello.
Es curioso que la misma cadena de televisión, utilizando (o usando) a los mismos presentadores haga programas tan contrarios y tan vehementes en su estupidez. Pueden estar hablando de las maravillas que surgen de las operaciones estéticas a las 16.00 horas y por la noche montar un debate con psicólogos, médicos, pseudoentendidos, pseudoperiodistas, periodistas psicólogos, y esa larga lista de opinadores graves en su gesto, graves en sus palabras, absurdos de la cabez a los pies: para discutir con pasión (por el dinero que cobrarán, tal vez) sobre el problema actual del culto al cuerpo.
Hay alguna verdad silenciosa posada entre los libros de la Cuesta Moyano, entre las manos de la estatua de Baroja que se alza en lo alto de esa cuesta, en los gestos huraños a veces, impasibles otros, de los libreros de esa misma cuesta... hay una verdad, digo, que es lo que tiene este escritor de pasos perdidos, los únicos donde algunos estamos a gusto, dentro de nuestro inconformismo galopante.
La belleza que te salva una tarde de sábado está en el casi equilibrio, en la casi serenidad, de estas notas al piano de Brahms que salen de la minicadena, que no pueden ser serenas porque la melancolía las mancha levemente, pero para siempre, como el vino en un mantel blanco, solo unas gotas rompen la divina blancura que tenía un segundo antes. La imperfección también de aquella chicas sin retocar por el bisturí, ni por arreglos digitales en las fotos, pero que observándolas, teníamos días en que nuestros ojos ya habían llegado a encontrar un rato el sentido de la vida. El umbral de la verdadera belleza, como esas fortalezas invadidas por vegetación romántica, un poco agreste, un poco de fin del mundo... umbral traspasado en días distintos al resto del manojo cotidiano cuando sorprendemos una puerta semiderruida, en un rincón oscuro del foso, que te dejan un extraño sentimiento de comprensión del mundo, que después se va, desaparece, se esfuma de ti, con los últimos rojos, malvas, azules moribundos, rosas, fuegos, del atardecer, imposible de alcanzar, pues sería lo mismo que enjaular esos crepúsculos: el bisturí y el photoshop.
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