miércoles, 30 de julio de 2014

EL GIOCONDO (Francisco Umbral)

          

"...un deseo de ser visto y no ser visto al mismo tiempo.", así aparece, y está y no está El Giocondo, ese prímula veris, ese chico que camina sin pisar el suelo.

          Umbral mete el adjetivo apócrifo, apócrifamente, genialmente... "los maduros, con la juvenilidad apócrifa de sus foulards", esta frase nos dice más, todo sobre esos maduros noctámbulos, extraños y deseosos de vértigo, que cualquier párrafo cargado de frases hechas, mecánicas y autómatas que nos convierten en lectores autómatas, de esas novelas que nos rodean hoy.

          Umbral cae mal a algunos escritores por pura envidia, narra que un personaje de las noches elegantes, eróticas, bosteza como un "galgo heráldico", a cualquier escritor medianamente inteligente y con una pretensión de tamaño medio, le ha de importar, incluso que preocupar no llegar nunca a igualar esta forma de crear una imagen tan perfecta, que nos lleva tan acertadamente a dónde quiere llevarnos el novelista. En esta novela que se mueve sobre las arenas movedizas de la noche de saraos, güisquis y mujeres que bailan al borde de acantilados, esta forma de presentarnos al señor ese, es un grabado de época.
          Como cuando dice "Qué anocheceres enteleridos", la persona y el anochecer se funden en una cosa, en algo, alguien entelerido, y también al leer eso, vas directamente al lugar, te pones en el lugar de El Giocondo en esa noche. O "el tejido ondeante de la amistad", para describir los encuentros al principio de la noche de esta pandilla de malditos, directamente estás viendo una bandera de la amistad en ese ondear.

          Hay como una melancolía, el hilo con el que está tejida la inexistente trama del libro es de ese color: melancolía...melancolía y fracaso. "vivimos sobre los bocetos borrosos del que fuimos sucesivamente, vamos borrando a cada uno de los que fuimos con el proyecto del que ahora queremos ser", y aquí hay una verdad que tampoco la he escuchado sobre las gentes que han hablado, con más o menos fundamento del gran Francisco Umbral; este señor decía verdades asequibles para cualquier mortal, mejor que algunos psicólogos o filósofos, que se pierden en palabrería más o menos científica, pero ve uno en eso que hemos sacado del libro, algo que le pasa a todo el mundo, y que se convierte en miedo de madrugada.

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          "y de madrugada estaban todos en la terraza desayunándose migas manchegas, a la misma hora en que las estarían tomando los recios viñeros en La Mancha lejana y cercana, en el Campo de Montiel", sí, La Mancha, desde el poblachón manchego como llamó Galdós a Madrid está muy cerca de La Mancha, para su suerte, por mucho rascacielos que quiere huir del suelo.

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          Uno de los momentos más hermosos del libro, es cuando podemos observar de cerca al Giocondo, cuando nos lleva Umbral de la mano, y bajamos por esos escalones cubiertos de mullida alfombra roja, al salón de baile de uno de esos lugares donde encontraban una puerta a la perdición, "El Giocondo tomaba su chivas en silencio, escuchando sin oír los solos de trompeta o la voz de colector de los negros que cantaban, un poco fascinado, inquietado por la súbita variedad de cabezas, de cuerpos, de figuras... Era esa riqueza del espectáculo humano a la que la sensibilidad deslumbrada tarda un poco en acostumbrarse", y hasta aquí, porque al maestro Umbral hay que leerlo entero y verdadero, para tocar con las yemas de los dedos este papel, de 1971, editorial Planeta, que nos traspasa el deseo, aquí y ahora.

          El libro y lo que me costó, que no fue mucho, merece la pena sólo por esta descripción del Madrid de madrugada, visto por los noctámbulos malditos, prímulas y otros buscadores de tesoros en la noche, que quedaban en el "pescaíto" de la Puerta de Toledo, a seguir su búsqueda, un poco escépticos ya, "Los dos automóviles salieron en carrera loca por las calles clareantes del alba. La ciudad era una pálida y desolada alusión a sí misma, enorme e incierta en las grandes plazas", bueno, los que se hayan amanecido en Madrid sin dormir, estando por ahí, saben que no encontrarán una descripción mejor del sentir de la ciudad en ese momento.

martes, 29 de julio de 2014

EL CABO DE LAS TORMENTAS (Pío Baroja)

       

          Cinco relatos forman el libro: Bautista el sublevado (sobre la sublevación de Jaca, 1930), El contagio (transcurre en la época de la dictadura de Primo de Rivera, 1923-1930), La protección del "Negre" (en el tiempo de las agitaciones sindicalistas de Barcelona), Silencio (basado en un crimen real, el de Beizama) y Margot y sus pretendientes (durante la proclamación de la República en Madrid).
          Con unos cuantos personajes, que Baroja mueve como muñecos en apariencia frívola por el tablero de aquel convulso primer tercio del siglo XX, se intercalan reflexiones filosóficas, morales y culturales interesantes, y ese narrar suyo donde las páginas pasan naturalmente.

          "- Gracián postula varias condiciones para el héroe. No recordaré todas. Le exige la sutileza de ingenio y la prontitud en el espíritu; considera necesario el corazón, es decir, el valor, el buen gusto, la eminencia en algo, la inclinación por los empleos pausibles, la gracia con las gentes, o sea, la afabilidad, el despejo y el arte de ganarse las simpatías. El concepto del héroe de Gracián no es igual al concepto del héroe moderno." No seremos tan ingenuos de escribir en este retirado blog que la novela que escribe PB sea únicamente para intercalar aforismos o párrafos de moral pesada castellana, pero qué bien puesto está esto, sacado a colación de las intrigas y los comportamientos militares que cuenta el libro.
Un poco más adelante, en la misma charla de muñecos barojianos, el concepto de heroísmo se baja del caballo legendario, gracianesco (aunque Gracián siempre tenga razón. Siempre), para tocar el suelo mundano...
          "- ¿Así que el héroe es un fanático?
           - Yo así lo creo. Fanático de una idea general patriótica, humanitaria o religiosa. El fanatismo impulsa a no dar importancia a los hechos ni al razonamiento de los demás, a seguir la idea única y propia, que le sale a uno de adentro. El que cree que tiene el monopolio de la verdad y posee una voluntad firme, si se le presenta la ocasión, puede ser un héroe. El crítico y el desmayado de voluntad, por inteligente que sea, no puede ser un héroe nunca."

          En otra ocasión Fermín Acha, don Leandro y Arizmendi (algunos de los muñequitos de plomo ligeros barojianos), estando de merienda en la sierra de Madrid, ven llegar a los miembros de la Dictadura de Primo de Rivera en automóvil...
          "- Qué aire tienen - dijo don Leandro.
           - Detestable - contestó Arizmendi.
           - El principal - añadió Fermín - parece un chulo andaluz ya viejo; los otros podrían ser sus criados. Yo sentiría reparo si tuviera que darles la mano."
          Es difícil no pensar en que es el propio Baroja quien pensaba así.
          De hecho, adrede o no, cuando se callan sus muñecos, el narrador dice esto:
          "El dictador hablaba mucho, con una voz ronca y al mismo tiempo atiplada; los otros eran de un aire vulgar y ridículo. Únicamente don Severiano, el general, tenía el tipo de lo que era: de un personaje siniestro." ... en fin, que si no nos había quedado claro lo bien que le caían Primo de Rivera y sus ministros, en ese último párrafo les da la puntilla. 
          Ahora, uno de nuestras apreciadas marionetas noveladas barojianas, generaliza sobre lo que son o parecen los Ministerios europeos respecto a los políticos de pasadas épocas:
          "Se ve un Ministerio español, francés o italiano actual y parece una reunión de tenderos, comisionistas o maestros de obras. ¿Es que eran los accesorios, las pelucas, las gorgueras, las casacas, los que daban aspecto distinguido a los personajes antiguos, o es que eran, en realidad, diferentes, de más prestancia que los de ahora?"

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          En otra parte del libro, encontramos observaciones alejadas de lo anterior, pero que a mí me han servido para acordarme de la representación de la guerra en la Edad Media donde había nobles en batalla y su comparación con el aristócrata del siglo XVII, donde mucha vio la guerra de lejos:
          "La aristocracia de hoy no es la del siglo XIII, ni la del XIII es la del siglo XVI, ni la del XVI es la del siglo XVIII y XIX. El feudal del siglo XII o XIII, si hubiera renacido en el XVI, no hubiera reconocido a los aristócratas del tiempo como suyos. Hubiera dicho: Este es el nieto del comerciante y aquél el descendiente de la judía. El del siglo XVI, a su vez, tampoco hubiera reconocido como de los suyos a los aristócratas del XVIII o del XIX. Ahora, claro es, si se llama aristocracia a la clase que manda, a la que sube a las altas esferas, entonces la aristocracia existe y perdura siempre, hasta con los gobiernos socialistas".
          Seguramente muchos de los que pintó El Greco, los caballeros, no pisaron un terreno de batalla; sí algunos, pocos, que aunque bien vestidos, no eran aristocracia, sino exclusivamente vestidos noblemente para la pose, social y pictórica, pero nobles no.

viernes, 18 de julio de 2014

LONDRES (Virginia Woolf)



          La prosa de Virginia Woolf no tiene barroquismos ni aventuras intrépidas, porque Virginia Woolf te cuenta las cosas como si estuvieras con ella, dentro de una casa de Londres.

          Hablando de una señora típica y tópica londinenese nos cuenta que... "había creado un mundo tan compacto y absoluto que el mundo exterior no podía agregarle pluma ni ramita alguna"; con esta forma de escribir sencilla, que no simple, nos refiere las cosas.

          "El Greenwich Hospital, con todas sus columnas y sus cúpulas, llega en perfecta simetría hasta las aguas, y transforma de nuevo el río en el sereno caudal al que la nobleza de Inglaterra en otros tiempos se dirigía...", aquí se cumple perfectamente lo que nos cuenta Borges en su relato sobre Pierre Menard; uno lee esto, la prosa despojada de todo disfraz o adorno de VW, y se da cuenta de que aunque uno vaya a Londres y escriba esto nunca le quedará tan original como a la escritora inglesa, que sigue en el mismo párrafo... "...paseando sin prisas por verdes prados, o cuyos peldaños de piedra en la orilla descendían para pasar a bordo de sus embarcaciones de recreo."



          Hablando de la laboriosidad en los muelles de Londres, "la previsión y la destreza que se han vertido en cada uno de estos procesos, viene (y parece que entre por la puerta trasera) a incoroporar ese factor de belleza en el que nadie, en los muelles, ha pensado siquiera un segundo", hace que le guste a uno su descripción desde fuera, como espectadora de ese cotidiano espectáculo, el hormiguero húmedo que debió ser aquel entramado de tinglados, dispuestos siempre a recibir y mandar mercancías, desde y hacia cualquier parte del mundo, por eso: "Este es el camino por el que se infiltra la belleza", no sé si el estibador que estaba molido de la jornada pensaría lo mismo, pero sí me creo que el espectáculo tuviera esa belleza del que mira y ve la arribada de un barco, el caos ordenado de los trabajadores de aquí para allá, que parece equivocadamente) que no saben donde van, y todo acaba en su sitio. Yo veo aquí un pequeño homenaje a la honradez de esos obreros, como cuando nos cuenta la destreza al abrir los barriles de las mercancías, la sutileza del golpe, producto de largos años de depurar el gesto menestral.

          Más adelante relatándonos "El oleaje de Oxford Street", vuelve a hablarnos de otro aparente caos, ahora ya en una zona distinta a los muelles, aunque mezcladas ya las clases sociales, pero donde el lujo se desparrama en la suntuosidad  elegante de Oxford Street: "El rompecabezas jamás llega a quedar ordenado, por mucho que lo contemplemos", al ver todo el trajín de tráfico humano y de automóviles.

          Acaso la frase más extraña que se ha encontrado uno en estas páginas sea esta: "El encanto del Londres moderno consiste en que no ha sido construido para durar, ha sido construido para pasar", y se entiende lo que explica, la cantidad de cambios en las casas residenciales, en los negocios; pero ese Londres moderno, yo creo que desde nuestro dos mil catorce es el Londres con ganas de vivir del periodo de entreguerras (la colección de artículos que componen este libro corresponden al año 1931); hoy, nuestro Londres moderno o postmoderno, o como quiera que se llame, no sé cuantas ganas tiene de cambiar, hacia dónde.

          Una de las cosas que atraparon a uno, cuando empezó a leer a Woolf, es que se fija en las mismas cosas, le resultan interesantes ciertas miradas compartidas; así, cuando visita como turista la casa del historiador Carlyle, dice: "La escalera, de madera labrada, ancha y digna, parece tener los peldaños desgastados por los pies de ajetreadas mujeres transportando cubos de agua", volvemos al gusto por la laboriosidad, por lo que les ocurre a los que les emociona la Historia, que dice bajo el arco de algún castillo por aquí pasaron, ella siente eso, pero de forma más cercana, las mujeres que trabajaban allí, alza la intrahistoria a una parte de la Historia, la literaturiza, y la dignifica. Y esto lo hace asiduamente, convirtiendo en belleza actos comunes a cualquier mortal.

          Revela su lucidez esa falta de genialidad, comparando la época de individualismo y riego de Shakespeare con la actual (1931), donde hay tanta gente, tan pequeña, tan parecida, y nos gustaría pensar que allá donde se encuentre VW pudiera ver lo minúsculos que nos hemos vuelto, donde cualquier emborronador puede tener un blog, como el que mancha este aquí.

          Muy aconsejable, este libro, para leer durante una estancia en Londres, se lee a un ritmo normal, casi de respiración de ser humano medio, para ver lo que hay/no hay ya de aquel Londres virginiano y ver lo que sin ser igual, es lo mismo. Gracias, Virginia.

lunes, 10 de febrero de 2014

ROJOS Y BLANCOS (Pío Baroja)

       


        “La calle, sobre todo la calle vieja, me gusta, me recuerda un sinfín de novelas románticas que he leído en la juventud; pero lo que me parece la quintaesencia del espíritu de París, es la poesía de Verlaine”, no hay nada como llegar a un lugar y la contaminación literaria que nos rompe la cabeza, salga a pasear por la calle, bien poblándola de personajes, bien atmosferizando el aire, la luz, esa ficción tiene algo más real, más de verdad que la propia realidad. Cuando llegamos a una calle vieja, no queremos que salga uno de sus vecinos de hoy con la bolsa de basura en la mano; queremos que esté como hace quinientos años, o trescientos, como un decorado de una película, pero que no sea una película; todo esto es una parte muy importante de la literatura.
No recuerdo quién lo dijo, creo que fue una hermana de Ortega y Gasset; estuvo de viaje Grecia y al oriente con un grupo de intelectuales españoles, entre ellos Julián Marías. Y decía que cuando llegaron a uno de aquellos lugares míticos, allí sólo había piedras, pero ellos estaban emocionados por todo lo que habían leído.

         Hace poco ha salido un libro sobre Baroja (Retrato de Baroja con abrigo) cuyo contenido escrito no tiene mucha importancia, sí los dibujos y el formato que tienen algo que te atrapa. He encontrado en Rojos y Blancos el mejor título para un libro sobre Baroja, y no sé si alguien ya lo ha aprovechado, porque es muy raro que después de décadas de libros de Broja editados nadie se haya dado cuenta, a lo mejor es que nadie lee a este magnífico escritor, y tenemos que quedarnos con la chorrada de lo del abrigo, la manta y la boina, que no es nada al lado de su literatura… “En la ciudad universitaria, una arquitecta inglesa me llamaba ‘ese señor viejo español de sonrisa triste’ ”.

         “Pienso que la gente que se considera con deberes lleva una vida más intensa que la que se considera sólo con derechos”, lo mejor de Baroja es que se entiende lo que escribe y no son ni siquiera aforismos, son más cercanos, no estarían en una placa dorada conmemorativa, son papeles importantes en un cajón, cerca del sentido común.

         “Continuo recibiendo catálogos de librerías de viejo, lo cual me da siempre mucha pena, porque los libros están ahora muy caros, y a mí no me sobra el dinero”, qué pena. Si usted supiera, don Pío, que tengo en primera edición los dos primeros libros de Memorias de un hombre de acción (“El aprendiz de conspirador” y “El escuadrón del Brigante”).

         “Cuando se sienten aficiones literarias y filosóficas es muy difícil encontrar con quien hablar a gusto”, cuando se encuentra son oasis difíciles de olvidar, pero más difíciles de mantener.

         “Hace tiempo, Ortega y Gasset, que tenía auto, nos invitaba a dos o tres personas a visitar algunos pueblos españoles en una excursión de varios días, y al llegar la noche a las fondas donde descansábamos, hablábamos como las personas a quienes no les produce miedo ni inquietud la vida”, cuando encontramos esos oasis, los pueblos españoles, con un edificio antiguo al fondo en la ventana del restaurante, o un paisaje castellano desolado y hermoso, y hablamos de lo que nunca hablamos, nos olvidamos hasta de quien somos, o es al contrario, que resulta que es ahí donde realmente somos nosotros más nosotros, diluyéndonos en la conversación, y el resto de los días del devenir cotidiano, somos reflejos, potencias.

         “Me han prestado un tomo de una Historia del Arte, obra de un crítico, Ele Faure, al que algunos conceden mucha importancia. Pero me ha parecido que no hay en ese libro más que palabrería y retórica. No he encontrado en sus páginas nada auténtico ni explicativo que valga la pena. Tan sólo elocuencia, y nada más…”, y nada más, que poco saben los críticos de arte (en general) de eso que queda flotando cuando anulas las teorías y la palabrería.

         “La vida actual tiene muchas exigencias inmediatas: el naturismo, el sol, el automóvil, la buena mesa, el baile, las piscinas, el cine, la aventura…”, hoy tiempos modernos podemos agregar, verbigracia: el móvil, las redes sociales, el ordenador, internet, guasap, la televidión, la televisión, la televisión… “¿Y dónde está quien, por recreo, se encierre a solas con un volumen para pasar la tarde? Esto ya no lo concibe la gente”, pues si esto era ya así a mediados del siglo XX, es mejor que no viera este señor lo que hay hoy. Yo no sé si encerrarse con un volumen hace mejor persona, pero si se generalizara creo que la estupidez saldría huyendo por la ventana.

Cuando Pío Baroja se entera de que puede volver a España tras su exilio, por una carta de su amigo García Morente, escribe “No es panorama que me disguste. Volver a mi casa del pueblo (Vera), leer en la biblioteca, pasear con mi sobrino Julio por la huerta y seguir por el cielo el curso de las nubes”. Julio Caro Baroja, andando el tiempo, y ya en los lejanísimos años ochenta, hizo un programa en TVE sobre el cuadro de Patinir “La laguna Estigia”. ¿Soñaría ya Julio esos paisajes por los que le contaba su tío que había visto en Basilea?

INTEMPERIE (Jesús Carrasco)



          Creo que fue en el programa Página 2 donde vi por primera vez la portada del libro y al autor, y me llamó la atención la historia. La portada no sé quién la ha elegido, pero no he encontrado ni una oveja por sus páginas. Imagino que no es una elección del escritor. La persona que ha pensado en colocar un corderete mirando hacia la derecha según mira el espectador, a lo mejor ni se ha leído el libro. O se lo ha leído, pero ha pensado que una cabra daría una imagen equívoca de lo que cuenta el libro, porque cabras sí que he encontrado.
         Me parece una historia bien contada, me ha recordado a Pérez-Reverte en el análisis de los movimientos de los personajes o en la detallada descripción de paisaje. He tenido que utilizar mucho el diccionario, y esto no es una queja, es mi gratitud al escritor por llevarnos al mundo rural auténtico de hace no mucho tiempo, hoy, que somos tan tecnológicos, no está mal que alguien nos recuerde estas cosas. Y además porque hay un personaje que me ha recordado a alguien de mi familia, personaje bueno.
         “almendro agostado”, “besanas lavadas” o “sarmientos bravíos”, son algunas parejas de sustantivo y adjetivo muy acertadas, y creo que es otro de los logros del escritor, y algo raro, rarísimo en los que escriben hoy: el presentarnos palabras de siempre como si fueran nuevas… no nuevas, más bien es como si les diera todo su significado en la historia, como si alcanzaran la potencia latente que tiene la palabra. Nos hace viajar al sitio, y estar (estar, ¡eso es!), estar junto al niño y al pastor. Sudor, dolor, queso, calor, miedo…
         Hay un personaje siniestro que se encuentra el niño, que me ha traído a aquel otro tan distinto que se encontró Jim Hawkins en la isla del tesoro, aquel náufrago. Y si son tan distintos, ¿por qué lo he relacionado? No lo sé y si sigo hablando de este hombrecillo destripo mucho del libro, así que alguien que quiera ver esa relación que se lo lea.
         Una de las partes más bonitas es cuando el pastor le dice al chico algo sobre un Cristo que había en una fortaleza abandonada. Pero digo lo mismo que respecto al personaje misterioso, hay que leer el libro para entender. El libro me ha dejado confuso, porque es una de las lecturas con las que me gustaría volver a encontrarme más adelante. Por otra parte no sé si quiero cruzarme otra vez con algunos personajes. Veremos.

EL CAMINO DEL CORAZÓN (Fernando Sánchez Dragó)

      


       “Dionisio, en una palabra, descubrió que los buscadores de tesoros, los aventureros de la gnosis, los bichos raros, los seres anticonvencionales – como lo era el Canciller de Estambul, el Caminador Manchego, el comerciante Sufí, el Tigre de Bengala y el Motorista de Delhi- formaban parte de una trama oculta, de una red invisible, de una especie de sociedad secreta, tan secreta que sus miembros no se conocían entre sí, pero se reconocían…” Me han recordado estas palabras otras, las de Manuel Vicent cuando dijo que los lectores de libros a la antigua usanza se reconocerían al cruzarse por la calle. La colección de aventureros con alma común que enumera, es como el juego que les hacemos a los nenes, tras contarles un cuento y nos tienen que decir, en orden, quién surge primero, después, Caperucita, el Lobo… Eso está bien, para la lectura te haces un resumen mental de lo que le ha ido pasando a Dionisio.
         “Átate al timón y aprieta los dientes. Recuerda que el mundo es un laberinto y que nadie puede recorrerlo sin chocar una y otra vez con sus paredes. Pero no te desanimes nunca. Cada prueba es, si sales airoso de ella y no te desnucas en el intento, un salto hacia delante”. Lo bueno o lo malo de estas palabras es que vale para el que tiene buenas intenciones y para el que no. Para todos. “El que aguanta, gana”, ¿no? Es verdad que tras estas palabras, el que está hablando (otro sabio que se encuentra Dionisio) termina diciéndole al chico “Ahora ve con Dios”, conciencia, ¿dónde está el bien? ¿Y el mal?
                   “Eran las ocho de la mañana, y sereno… Muy sereno: ni la hilacha de una nube rompía el rigor ático del cielo, su uniformidad, su elegancia, su transparencia, su tersura. Así debiro de ser, pensó Dionisio, el alba del mundo. Así, como yo me siento, debió de sentirse Adán cuando por decisión divina emergió de la noche de la Nada y se sumergió en la claridad del Todo”, muchas mañanas de sábado o domingo, cuando abrimos en aquellos días la persiana y vimos un azul recién pintado en el cielo, algún pájaro nos saludaba sin él saberlo, con un canto fugaz y divino como el azul del cielo, nos hizo sentir todo eso como a Adán, no como a dioses, sino como al primer hombre.
         “Dionisio, además, era aún demasiado joven para rendirse a la evidencia de que los medios de información nunca dicen la verdad y de que la libertad de prensa es una utopía lanzada por los ilusos y un señuelo hábilmente manejado por la hipocresía democrática para lavar los cerebros de sus súbditos”, no sé dónde quedó todo este sano pensamiento, “un puño y una barba eran… nada más que papel” (gracias Calamaro), y el abrazo al liberalismo económico ha sido otro timo más.


         “Y así supo el viajero – inescrutables son los caminos del Señor – que la hora del recreo en el patio de la escuela de la vida tocaba a su fin y que de un momento a otro, con la grave y dura responsabilidad de la madurez tapándole las vergüenzas como una hoja de parra”, y otra vez Adán, de Durero por ejemplo, recién bañado en un río, porque ese hombre delgado de los Países Bajos sale de un río, mirad sus pies, va caminando con cuidado de no clavarse una china en la orilla de tierra lavada al lado del agua, de la que acaba de salir, ser un hombre nuevo “para ponerse de largo, incorporarse a la fila y entrar en clase”. 

sábado, 25 de enero de 2014

LA TARDE PERFECTA DE JOSÉ TOMÁS (Simon Casas)



No compré el libro porque el prólogo lo hubiera escrito Andrés Calamaro. Ya tengo dos libros sobre José Tomás, Un torero de leyenda de Carlos Abella y Luces y Sombras de Javier Villán.
         No iba buscando literatura, que me perdonen prologuista y autor. Con José Tomás pasa algo más. No voy a entrar a defender el toreo de José Tomás: la tauromaquia tiene arte (en el cual, aunque no entiendo, sólo gusto de perderme en él) pero también tiene ciencia, datos, categorías, experiencia, pasado, tradición… y eso no se aprende en dos días; seguiremos yendo y leyendo al universo taurino para seguir aprendiendo.
         Fui buscando complicidad, una lectura de lo que vivieron dos piratas aquella tarde (mañana luminosa de pañuelos blancos y uno naranja), estar sin estar en Nimes por mano, boca, letras de Simon Casas y Andrés calamaro. Creo que Andrés ha entrado en un mundo profundo, de amistad de toreros y otras gentes del toro, donde se siente bien, agradecido, honrado… y este prólogo le vino grande. Lo supo desde que se puso a ello, no sé si por encargo o por propia voluntad, o ambas cosas, pero sabía de su responsabilidad y que esto no era una broma. Le salva el corazón. Pero a Simon Casas le pasó lo mismo, tal vez con una inocencia menor, por edad, por recorrido taurino, por experiencia; pero sabe que este libro es un reflejo, un testimonio, vital (y esto es importante) de lo que supone el toro, José Tomás y el milagro de Nimes.


        No puedo, ni quiero descubrir el final del libro, sólo diré que merece la pena leer los chispazos de Andrés en el prólogo, y la vida de Simon Casas, la pasión de ambos, para acabar emocionado con las palabras del francés, cuando metaforiza toro y filosofía, vida y trascendencia, como ese momento raro de la tarde anochecida cuando ves a un hombre dar la vuelta al ruedo, y tú no lo conoces a él, ni él a ti, pero todo se entiende de una vez.