viernes, 18 de julio de 2014

LONDRES (Virginia Woolf)



          La prosa de Virginia Woolf no tiene barroquismos ni aventuras intrépidas, porque Virginia Woolf te cuenta las cosas como si estuvieras con ella, dentro de una casa de Londres.

          Hablando de una señora típica y tópica londinenese nos cuenta que... "había creado un mundo tan compacto y absoluto que el mundo exterior no podía agregarle pluma ni ramita alguna"; con esta forma de escribir sencilla, que no simple, nos refiere las cosas.

          "El Greenwich Hospital, con todas sus columnas y sus cúpulas, llega en perfecta simetría hasta las aguas, y transforma de nuevo el río en el sereno caudal al que la nobleza de Inglaterra en otros tiempos se dirigía...", aquí se cumple perfectamente lo que nos cuenta Borges en su relato sobre Pierre Menard; uno lee esto, la prosa despojada de todo disfraz o adorno de VW, y se da cuenta de que aunque uno vaya a Londres y escriba esto nunca le quedará tan original como a la escritora inglesa, que sigue en el mismo párrafo... "...paseando sin prisas por verdes prados, o cuyos peldaños de piedra en la orilla descendían para pasar a bordo de sus embarcaciones de recreo."



          Hablando de la laboriosidad en los muelles de Londres, "la previsión y la destreza que se han vertido en cada uno de estos procesos, viene (y parece que entre por la puerta trasera) a incoroporar ese factor de belleza en el que nadie, en los muelles, ha pensado siquiera un segundo", hace que le guste a uno su descripción desde fuera, como espectadora de ese cotidiano espectáculo, el hormiguero húmedo que debió ser aquel entramado de tinglados, dispuestos siempre a recibir y mandar mercancías, desde y hacia cualquier parte del mundo, por eso: "Este es el camino por el que se infiltra la belleza", no sé si el estibador que estaba molido de la jornada pensaría lo mismo, pero sí me creo que el espectáculo tuviera esa belleza del que mira y ve la arribada de un barco, el caos ordenado de los trabajadores de aquí para allá, que parece equivocadamente) que no saben donde van, y todo acaba en su sitio. Yo veo aquí un pequeño homenaje a la honradez de esos obreros, como cuando nos cuenta la destreza al abrir los barriles de las mercancías, la sutileza del golpe, producto de largos años de depurar el gesto menestral.

          Más adelante relatándonos "El oleaje de Oxford Street", vuelve a hablarnos de otro aparente caos, ahora ya en una zona distinta a los muelles, aunque mezcladas ya las clases sociales, pero donde el lujo se desparrama en la suntuosidad  elegante de Oxford Street: "El rompecabezas jamás llega a quedar ordenado, por mucho que lo contemplemos", al ver todo el trajín de tráfico humano y de automóviles.

          Acaso la frase más extraña que se ha encontrado uno en estas páginas sea esta: "El encanto del Londres moderno consiste en que no ha sido construido para durar, ha sido construido para pasar", y se entiende lo que explica, la cantidad de cambios en las casas residenciales, en los negocios; pero ese Londres moderno, yo creo que desde nuestro dos mil catorce es el Londres con ganas de vivir del periodo de entreguerras (la colección de artículos que componen este libro corresponden al año 1931); hoy, nuestro Londres moderno o postmoderno, o como quiera que se llame, no sé cuantas ganas tiene de cambiar, hacia dónde.

          Una de las cosas que atraparon a uno, cuando empezó a leer a Woolf, es que se fija en las mismas cosas, le resultan interesantes ciertas miradas compartidas; así, cuando visita como turista la casa del historiador Carlyle, dice: "La escalera, de madera labrada, ancha y digna, parece tener los peldaños desgastados por los pies de ajetreadas mujeres transportando cubos de agua", volvemos al gusto por la laboriosidad, por lo que les ocurre a los que les emociona la Historia, que dice bajo el arco de algún castillo por aquí pasaron, ella siente eso, pero de forma más cercana, las mujeres que trabajaban allí, alza la intrahistoria a una parte de la Historia, la literaturiza, y la dignifica. Y esto lo hace asiduamente, convirtiendo en belleza actos comunes a cualquier mortal.

          Revela su lucidez esa falta de genialidad, comparando la época de individualismo y riego de Shakespeare con la actual (1931), donde hay tanta gente, tan pequeña, tan parecida, y nos gustaría pensar que allá donde se encuentre VW pudiera ver lo minúsculos que nos hemos vuelto, donde cualquier emborronador puede tener un blog, como el que mancha este aquí.

          Muy aconsejable, este libro, para leer durante una estancia en Londres, se lee a un ritmo normal, casi de respiración de ser humano medio, para ver lo que hay/no hay ya de aquel Londres virginiano y ver lo que sin ser igual, es lo mismo. Gracias, Virginia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario