martes, 29 de julio de 2014

EL CABO DE LAS TORMENTAS (Pío Baroja)

       

          Cinco relatos forman el libro: Bautista el sublevado (sobre la sublevación de Jaca, 1930), El contagio (transcurre en la época de la dictadura de Primo de Rivera, 1923-1930), La protección del "Negre" (en el tiempo de las agitaciones sindicalistas de Barcelona), Silencio (basado en un crimen real, el de Beizama) y Margot y sus pretendientes (durante la proclamación de la República en Madrid).
          Con unos cuantos personajes, que Baroja mueve como muñecos en apariencia frívola por el tablero de aquel convulso primer tercio del siglo XX, se intercalan reflexiones filosóficas, morales y culturales interesantes, y ese narrar suyo donde las páginas pasan naturalmente.

          "- Gracián postula varias condiciones para el héroe. No recordaré todas. Le exige la sutileza de ingenio y la prontitud en el espíritu; considera necesario el corazón, es decir, el valor, el buen gusto, la eminencia en algo, la inclinación por los empleos pausibles, la gracia con las gentes, o sea, la afabilidad, el despejo y el arte de ganarse las simpatías. El concepto del héroe de Gracián no es igual al concepto del héroe moderno." No seremos tan ingenuos de escribir en este retirado blog que la novela que escribe PB sea únicamente para intercalar aforismos o párrafos de moral pesada castellana, pero qué bien puesto está esto, sacado a colación de las intrigas y los comportamientos militares que cuenta el libro.
Un poco más adelante, en la misma charla de muñecos barojianos, el concepto de heroísmo se baja del caballo legendario, gracianesco (aunque Gracián siempre tenga razón. Siempre), para tocar el suelo mundano...
          "- ¿Así que el héroe es un fanático?
           - Yo así lo creo. Fanático de una idea general patriótica, humanitaria o religiosa. El fanatismo impulsa a no dar importancia a los hechos ni al razonamiento de los demás, a seguir la idea única y propia, que le sale a uno de adentro. El que cree que tiene el monopolio de la verdad y posee una voluntad firme, si se le presenta la ocasión, puede ser un héroe. El crítico y el desmayado de voluntad, por inteligente que sea, no puede ser un héroe nunca."

          En otra ocasión Fermín Acha, don Leandro y Arizmendi (algunos de los muñequitos de plomo ligeros barojianos), estando de merienda en la sierra de Madrid, ven llegar a los miembros de la Dictadura de Primo de Rivera en automóvil...
          "- Qué aire tienen - dijo don Leandro.
           - Detestable - contestó Arizmendi.
           - El principal - añadió Fermín - parece un chulo andaluz ya viejo; los otros podrían ser sus criados. Yo sentiría reparo si tuviera que darles la mano."
          Es difícil no pensar en que es el propio Baroja quien pensaba así.
          De hecho, adrede o no, cuando se callan sus muñecos, el narrador dice esto:
          "El dictador hablaba mucho, con una voz ronca y al mismo tiempo atiplada; los otros eran de un aire vulgar y ridículo. Únicamente don Severiano, el general, tenía el tipo de lo que era: de un personaje siniestro." ... en fin, que si no nos había quedado claro lo bien que le caían Primo de Rivera y sus ministros, en ese último párrafo les da la puntilla. 
          Ahora, uno de nuestras apreciadas marionetas noveladas barojianas, generaliza sobre lo que son o parecen los Ministerios europeos respecto a los políticos de pasadas épocas:
          "Se ve un Ministerio español, francés o italiano actual y parece una reunión de tenderos, comisionistas o maestros de obras. ¿Es que eran los accesorios, las pelucas, las gorgueras, las casacas, los que daban aspecto distinguido a los personajes antiguos, o es que eran, en realidad, diferentes, de más prestancia que los de ahora?"

                                                       ...........................

          En otra parte del libro, encontramos observaciones alejadas de lo anterior, pero que a mí me han servido para acordarme de la representación de la guerra en la Edad Media donde había nobles en batalla y su comparación con el aristócrata del siglo XVII, donde mucha vio la guerra de lejos:
          "La aristocracia de hoy no es la del siglo XIII, ni la del XIII es la del siglo XVI, ni la del XVI es la del siglo XVIII y XIX. El feudal del siglo XII o XIII, si hubiera renacido en el XVI, no hubiera reconocido a los aristócratas del tiempo como suyos. Hubiera dicho: Este es el nieto del comerciante y aquél el descendiente de la judía. El del siglo XVI, a su vez, tampoco hubiera reconocido como de los suyos a los aristócratas del XVIII o del XIX. Ahora, claro es, si se llama aristocracia a la clase que manda, a la que sube a las altas esferas, entonces la aristocracia existe y perdura siempre, hasta con los gobiernos socialistas".
          Seguramente muchos de los que pintó El Greco, los caballeros, no pisaron un terreno de batalla; sí algunos, pocos, que aunque bien vestidos, no eran aristocracia, sino exclusivamente vestidos noblemente para la pose, social y pictórica, pero nobles no.

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