En aquella época, leer no era la absurda proeza que es hoy. Considerada como una pérdida de tiempo, con fama de perjudicial para el trabajo escolar, la lectura de novelas nos estaba prohibida durante las horas de estudio. De ahí mi vocación de lector clandestino: novelas forradas como libros de clase, ocultas en todas partes donde era posible, lecturas nocturnas con una linterna, dispensas de gimnasia, todo servía para quedarme a solas con un libro.
He aquí el ejemplo de que lo mejor que se puede hacer para que alguien haga algo es impedírselo, prohibírselo...con ciertas trampas sin mentira.
En mi familia, yo había visto, sobre todo, leer a los demás: mi padre fumando su pipa en el sillón, bajo el cono de luz de una lámpara, pasando distraídamente el anular por la impecable raya de sus cabellos y con un libro abierto sobre las piernas cruzadas; Bernard, en nuestra habitación, recostado, con las rodillas dobladas y la mano derecha sosteniendo la cabeza... Había BIENESTAR en aquellas actitudes.
Tanto tiempo prenguntándonos cómo hacer para que alguien lea y era eso... más el cómo, que el qué... no el cómo lee en el sentido: lee rápido, despacio, encontrándole el sentido al texto. Se refiere a conseguir que todo lo que no tiene que ver directamente con el acto de leer, se vea involucrado con una estética atrayente hacia el puro acto lector: la pipa, la elegancia en el sentarse, la raya perfecta del pelo.
Eso era: hacer de cada acto de leer un bienestar blindado. El buen lector coge cada nuevo libro con su mente como un lienzo en blanco. Pero no es que el lienzo esté virgen, eso es mentira. Porque el que nunca lee (el mal lector) también puede tener en blanco el lienzo. Sin embargo, el no lector, o mal lector tiene una blancura inocente y desprotegida, de lienzo recién comprado, es blanco de papel en blanco. El buen lector consigue el blanco en su lienzo porque transforma toda la literatura leída, digerida y fermentada en un blanco, que es el resultado de olvidar todo lo anteriormente leído, salvo la lucidez transparente que queda después de leer mucho.
En el fondo, fue la fisiología del lector lo que me impulsó a leer.
Lo mismo dijo Juancho Armas Marcelo en la presentación del libro Sangre en la Calle Del Turco. Algo así como que algunos necesitamos leer, porque nos lo pide el cuerpo de forma necesaria, compulsiva, casi dolorosa.
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