¿Cómo llegué a ser algo?
Grande es la tentación de no responder. Alegando, por ejemplo, que la maduración no se puede describir, ni mla de los individuos ni la de las naranjas.
Profesores, estudiosos, científicos... ¿sabéis algo?
¿En qué momento el adolescente más reticente aterriza en el terreno de la realidad social? ¿Cuándo decide jugar, por poco que sea, ese juego? ¿Pertenece incluso al orden de la decisión? ¿Qué parte les corresponde a la evolución orgánica, la química celular, el entramado de la red neuronal?
Un pensamiento, el que sea; ¿viene o lo llamamos?
Es el destino del zoquete: nunca le creen. Mientras es un zoquete le acusan de disfrazar su viciosa pereza con cómodas lamentaciones: "¡No nos vengas con historias y trabaja!". Y cuando su situación social demustra que lo ha conseguido, sospecha que está alardeando: "¿Que había sido usted un zoquete? ¡Vamos, vamos está alardeando!"
Siendo ya profesor, supe por instinto que era inútil blandir el futuro ante las narices de mis peores alumnos. A cada día su afán, y cada hora en esa jornada, siempre que estemos plenamente presentes, juntos.
Hablar de la universidad, el trabajo, el paro, pagar una casa y un coche... debe ser para ellos y ellas, gentecilla que sueña con el fútbol o alguna cantante de moda, como para mí cuando veo en las noticias que un multimillonario quiere ir al espacio a tocar la luna.
El paraíso de ellos late un viernes a última hora: dejándoles dibujar con pinceles y acuarelas y música de fondo; la luna la toco yo cada vez que abro el Romancero Gitano de Lorca.
El tiempo, esa mentira encerrada en un objeto de plástico o metal, torpemente traducida a números o manecillas, pasa de forma distinta para cada persona; no digamos ya para los pequeños y para los mayores.
Llegó luego mi profesor salvador.
Un profesor de francés.
A los catorce años.
Que me descubrió como lo que era: un fabulador sincera y alegremente suicida.
Pasmado, sin duda, ante mi capacidad de forjar excusas cada vez más inventivas para las lecciones no aprendidas o los deberes no hechos, decidió exonerarme de las redacciones para encargarme una novela. Una novela que yo debía redactar durante el trimestre, a razón de un capítulo por semana.
A veces no nos damos cuenta lo cerca que está la motivación para nuestros alumnos. Un cuento, un relato, una descripción... incluso exigiendo algo relacionado con cualquier contenido de la asignatura: los hace felices para el fin de semana (y si lo pueden leer luego en clase se esforzarán en serio en su escrito). Esto ha de ir acompañado de un interés verdadero (vamos al teatro para creer) por parte del docente.
Corregía escrupulosamente cada palabra con la ayuda del dicciomario (que, desde aquel día ya no me abandona) y entregaba los capítulos con la puntualidad de un folletinista profesional.
Lo del diccionario es curioso. Yo nunca he sido buen estudiante con aquellos profes que no lo merecían (sí, suena raro, pero es la verdad). Me parecía lo académico absurdo. Sin embargo desde que entendí mi pasión verdadera, que era leer y escribir (leer más), no he soltado mis diccionarios de la RAE (aunque no se pueda explicar el símbolo de algo con otras palabras, como dijo Borges, me gusta buscar las palabras, ver de dónde provienen etimológicamente, darme cuenta de lo equivocado que estaba con términos que yo cría dominar y conocer).
No creo haber hecho progresos sustanciales en nada aquel año pero por primera vez en toda mi escolaridad un profesor me concedía un estatuto; existía escolarmente para alguien, como un individuo que tenía una línea que seguir y que la podía aguantar duraderamante.
Creo que sí hay un progreso sustancial, aunque entiendo al autor cuando lo niega al principio. Me explico: creo que él quiere decir que no cambió su forma de tomarse la escuela; lo que él consideraba un coñazo, continuaba siendo un coñazo, así es que no se convirtió de repente en el "empollón" ni nada de eso.
Pero sí que hubo un cambio fundamental: lo motivó aquel profesor. No hablamos de fórmulas mágicas ni formas de enseñar que sean infalibles. Infalible puede ser un detergente. O el Papa para algunos católicos. Pero en la Escuela no hay más que trabajar con los chicos en serio (que no es estar todo el día con cara de perro), confiar en ellos y no dejar nunca de intentar nuevas metodologías motivadoras y que nos resulten a veces eficaces.
Por tanto: ¿dónde está el cambio sustancial? En cómo percibió el escritor de este libro la atención que le dedicó aquel profesor que no olvidará jamás.
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