lunes, 10 de febrero de 2014

ROJOS Y BLANCOS (Pío Baroja)

       


        “La calle, sobre todo la calle vieja, me gusta, me recuerda un sinfín de novelas románticas que he leído en la juventud; pero lo que me parece la quintaesencia del espíritu de París, es la poesía de Verlaine”, no hay nada como llegar a un lugar y la contaminación literaria que nos rompe la cabeza, salga a pasear por la calle, bien poblándola de personajes, bien atmosferizando el aire, la luz, esa ficción tiene algo más real, más de verdad que la propia realidad. Cuando llegamos a una calle vieja, no queremos que salga uno de sus vecinos de hoy con la bolsa de basura en la mano; queremos que esté como hace quinientos años, o trescientos, como un decorado de una película, pero que no sea una película; todo esto es una parte muy importante de la literatura.
No recuerdo quién lo dijo, creo que fue una hermana de Ortega y Gasset; estuvo de viaje Grecia y al oriente con un grupo de intelectuales españoles, entre ellos Julián Marías. Y decía que cuando llegaron a uno de aquellos lugares míticos, allí sólo había piedras, pero ellos estaban emocionados por todo lo que habían leído.

         Hace poco ha salido un libro sobre Baroja (Retrato de Baroja con abrigo) cuyo contenido escrito no tiene mucha importancia, sí los dibujos y el formato que tienen algo que te atrapa. He encontrado en Rojos y Blancos el mejor título para un libro sobre Baroja, y no sé si alguien ya lo ha aprovechado, porque es muy raro que después de décadas de libros de Broja editados nadie se haya dado cuenta, a lo mejor es que nadie lee a este magnífico escritor, y tenemos que quedarnos con la chorrada de lo del abrigo, la manta y la boina, que no es nada al lado de su literatura… “En la ciudad universitaria, una arquitecta inglesa me llamaba ‘ese señor viejo español de sonrisa triste’ ”.

         “Pienso que la gente que se considera con deberes lleva una vida más intensa que la que se considera sólo con derechos”, lo mejor de Baroja es que se entiende lo que escribe y no son ni siquiera aforismos, son más cercanos, no estarían en una placa dorada conmemorativa, son papeles importantes en un cajón, cerca del sentido común.

         “Continuo recibiendo catálogos de librerías de viejo, lo cual me da siempre mucha pena, porque los libros están ahora muy caros, y a mí no me sobra el dinero”, qué pena. Si usted supiera, don Pío, que tengo en primera edición los dos primeros libros de Memorias de un hombre de acción (“El aprendiz de conspirador” y “El escuadrón del Brigante”).

         “Cuando se sienten aficiones literarias y filosóficas es muy difícil encontrar con quien hablar a gusto”, cuando se encuentra son oasis difíciles de olvidar, pero más difíciles de mantener.

         “Hace tiempo, Ortega y Gasset, que tenía auto, nos invitaba a dos o tres personas a visitar algunos pueblos españoles en una excursión de varios días, y al llegar la noche a las fondas donde descansábamos, hablábamos como las personas a quienes no les produce miedo ni inquietud la vida”, cuando encontramos esos oasis, los pueblos españoles, con un edificio antiguo al fondo en la ventana del restaurante, o un paisaje castellano desolado y hermoso, y hablamos de lo que nunca hablamos, nos olvidamos hasta de quien somos, o es al contrario, que resulta que es ahí donde realmente somos nosotros más nosotros, diluyéndonos en la conversación, y el resto de los días del devenir cotidiano, somos reflejos, potencias.

         “Me han prestado un tomo de una Historia del Arte, obra de un crítico, Ele Faure, al que algunos conceden mucha importancia. Pero me ha parecido que no hay en ese libro más que palabrería y retórica. No he encontrado en sus páginas nada auténtico ni explicativo que valga la pena. Tan sólo elocuencia, y nada más…”, y nada más, que poco saben los críticos de arte (en general) de eso que queda flotando cuando anulas las teorías y la palabrería.

         “La vida actual tiene muchas exigencias inmediatas: el naturismo, el sol, el automóvil, la buena mesa, el baile, las piscinas, el cine, la aventura…”, hoy tiempos modernos podemos agregar, verbigracia: el móvil, las redes sociales, el ordenador, internet, guasap, la televidión, la televisión, la televisión… “¿Y dónde está quien, por recreo, se encierre a solas con un volumen para pasar la tarde? Esto ya no lo concibe la gente”, pues si esto era ya así a mediados del siglo XX, es mejor que no viera este señor lo que hay hoy. Yo no sé si encerrarse con un volumen hace mejor persona, pero si se generalizara creo que la estupidez saldría huyendo por la ventana.

Cuando Pío Baroja se entera de que puede volver a España tras su exilio, por una carta de su amigo García Morente, escribe “No es panorama que me disguste. Volver a mi casa del pueblo (Vera), leer en la biblioteca, pasear con mi sobrino Julio por la huerta y seguir por el cielo el curso de las nubes”. Julio Caro Baroja, andando el tiempo, y ya en los lejanísimos años ochenta, hizo un programa en TVE sobre el cuadro de Patinir “La laguna Estigia”. ¿Soñaría ya Julio esos paisajes por los que le contaba su tío que había visto en Basilea?

INTEMPERIE (Jesús Carrasco)



          Creo que fue en el programa Página 2 donde vi por primera vez la portada del libro y al autor, y me llamó la atención la historia. La portada no sé quién la ha elegido, pero no he encontrado ni una oveja por sus páginas. Imagino que no es una elección del escritor. La persona que ha pensado en colocar un corderete mirando hacia la derecha según mira el espectador, a lo mejor ni se ha leído el libro. O se lo ha leído, pero ha pensado que una cabra daría una imagen equívoca de lo que cuenta el libro, porque cabras sí que he encontrado.
         Me parece una historia bien contada, me ha recordado a Pérez-Reverte en el análisis de los movimientos de los personajes o en la detallada descripción de paisaje. He tenido que utilizar mucho el diccionario, y esto no es una queja, es mi gratitud al escritor por llevarnos al mundo rural auténtico de hace no mucho tiempo, hoy, que somos tan tecnológicos, no está mal que alguien nos recuerde estas cosas. Y además porque hay un personaje que me ha recordado a alguien de mi familia, personaje bueno.
         “almendro agostado”, “besanas lavadas” o “sarmientos bravíos”, son algunas parejas de sustantivo y adjetivo muy acertadas, y creo que es otro de los logros del escritor, y algo raro, rarísimo en los que escriben hoy: el presentarnos palabras de siempre como si fueran nuevas… no nuevas, más bien es como si les diera todo su significado en la historia, como si alcanzaran la potencia latente que tiene la palabra. Nos hace viajar al sitio, y estar (estar, ¡eso es!), estar junto al niño y al pastor. Sudor, dolor, queso, calor, miedo…
         Hay un personaje siniestro que se encuentra el niño, que me ha traído a aquel otro tan distinto que se encontró Jim Hawkins en la isla del tesoro, aquel náufrago. Y si son tan distintos, ¿por qué lo he relacionado? No lo sé y si sigo hablando de este hombrecillo destripo mucho del libro, así que alguien que quiera ver esa relación que se lo lea.
         Una de las partes más bonitas es cuando el pastor le dice al chico algo sobre un Cristo que había en una fortaleza abandonada. Pero digo lo mismo que respecto al personaje misterioso, hay que leer el libro para entender. El libro me ha dejado confuso, porque es una de las lecturas con las que me gustaría volver a encontrarme más adelante. Por otra parte no sé si quiero cruzarme otra vez con algunos personajes. Veremos.

EL CAMINO DEL CORAZÓN (Fernando Sánchez Dragó)

      


       “Dionisio, en una palabra, descubrió que los buscadores de tesoros, los aventureros de la gnosis, los bichos raros, los seres anticonvencionales – como lo era el Canciller de Estambul, el Caminador Manchego, el comerciante Sufí, el Tigre de Bengala y el Motorista de Delhi- formaban parte de una trama oculta, de una red invisible, de una especie de sociedad secreta, tan secreta que sus miembros no se conocían entre sí, pero se reconocían…” Me han recordado estas palabras otras, las de Manuel Vicent cuando dijo que los lectores de libros a la antigua usanza se reconocerían al cruzarse por la calle. La colección de aventureros con alma común que enumera, es como el juego que les hacemos a los nenes, tras contarles un cuento y nos tienen que decir, en orden, quién surge primero, después, Caperucita, el Lobo… Eso está bien, para la lectura te haces un resumen mental de lo que le ha ido pasando a Dionisio.
         “Átate al timón y aprieta los dientes. Recuerda que el mundo es un laberinto y que nadie puede recorrerlo sin chocar una y otra vez con sus paredes. Pero no te desanimes nunca. Cada prueba es, si sales airoso de ella y no te desnucas en el intento, un salto hacia delante”. Lo bueno o lo malo de estas palabras es que vale para el que tiene buenas intenciones y para el que no. Para todos. “El que aguanta, gana”, ¿no? Es verdad que tras estas palabras, el que está hablando (otro sabio que se encuentra Dionisio) termina diciéndole al chico “Ahora ve con Dios”, conciencia, ¿dónde está el bien? ¿Y el mal?
                   “Eran las ocho de la mañana, y sereno… Muy sereno: ni la hilacha de una nube rompía el rigor ático del cielo, su uniformidad, su elegancia, su transparencia, su tersura. Así debiro de ser, pensó Dionisio, el alba del mundo. Así, como yo me siento, debió de sentirse Adán cuando por decisión divina emergió de la noche de la Nada y se sumergió en la claridad del Todo”, muchas mañanas de sábado o domingo, cuando abrimos en aquellos días la persiana y vimos un azul recién pintado en el cielo, algún pájaro nos saludaba sin él saberlo, con un canto fugaz y divino como el azul del cielo, nos hizo sentir todo eso como a Adán, no como a dioses, sino como al primer hombre.
         “Dionisio, además, era aún demasiado joven para rendirse a la evidencia de que los medios de información nunca dicen la verdad y de que la libertad de prensa es una utopía lanzada por los ilusos y un señuelo hábilmente manejado por la hipocresía democrática para lavar los cerebros de sus súbditos”, no sé dónde quedó todo este sano pensamiento, “un puño y una barba eran… nada más que papel” (gracias Calamaro), y el abrazo al liberalismo económico ha sido otro timo más.


         “Y así supo el viajero – inescrutables son los caminos del Señor – que la hora del recreo en el patio de la escuela de la vida tocaba a su fin y que de un momento a otro, con la grave y dura responsabilidad de la madurez tapándole las vergüenzas como una hoja de parra”, y otra vez Adán, de Durero por ejemplo, recién bañado en un río, porque ese hombre delgado de los Países Bajos sale de un río, mirad sus pies, va caminando con cuidado de no clavarse una china en la orilla de tierra lavada al lado del agua, de la que acaba de salir, ser un hombre nuevo “para ponerse de largo, incorporarse a la fila y entrar en clase”. 

sábado, 25 de enero de 2014

LA TARDE PERFECTA DE JOSÉ TOMÁS (Simon Casas)



No compré el libro porque el prólogo lo hubiera escrito Andrés Calamaro. Ya tengo dos libros sobre José Tomás, Un torero de leyenda de Carlos Abella y Luces y Sombras de Javier Villán.
         No iba buscando literatura, que me perdonen prologuista y autor. Con José Tomás pasa algo más. No voy a entrar a defender el toreo de José Tomás: la tauromaquia tiene arte (en el cual, aunque no entiendo, sólo gusto de perderme en él) pero también tiene ciencia, datos, categorías, experiencia, pasado, tradición… y eso no se aprende en dos días; seguiremos yendo y leyendo al universo taurino para seguir aprendiendo.
         Fui buscando complicidad, una lectura de lo que vivieron dos piratas aquella tarde (mañana luminosa de pañuelos blancos y uno naranja), estar sin estar en Nimes por mano, boca, letras de Simon Casas y Andrés calamaro. Creo que Andrés ha entrado en un mundo profundo, de amistad de toreros y otras gentes del toro, donde se siente bien, agradecido, honrado… y este prólogo le vino grande. Lo supo desde que se puso a ello, no sé si por encargo o por propia voluntad, o ambas cosas, pero sabía de su responsabilidad y que esto no era una broma. Le salva el corazón. Pero a Simon Casas le pasó lo mismo, tal vez con una inocencia menor, por edad, por recorrido taurino, por experiencia; pero sabe que este libro es un reflejo, un testimonio, vital (y esto es importante) de lo que supone el toro, José Tomás y el milagro de Nimes.


        No puedo, ni quiero descubrir el final del libro, sólo diré que merece la pena leer los chispazos de Andrés en el prólogo, y la vida de Simon Casas, la pasión de ambos, para acabar emocionado con las palabras del francés, cuando metaforiza toro y filosofía, vida y trascendencia, como ese momento raro de la tarde anochecida cuando ves a un hombre dar la vuelta al ruedo, y tú no lo conoces a él, ni él a ti, pero todo se entiende de una vez.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

TRAFALGAR (Benito Pérez Galdós)

De entre todas las películas que no se rodaron ni se van a rodar (deseando queda uno de comerse estas palabras en una sala de cine) está la de Trafalgar, entre otras muchas basadas en nuestra Historia que no ha interesado hacer.
No digo que se tome al pie de la letra a Galdós, pero sí que se le reconociese algún valor, y que parcialmente basado en él, así como en otros libros y estudios, se rodara una película con Gabriel Araceli escuchando a Churruca en casa de doña Flora de Cisniega, la prima de su amo Alonso en Cádiz, antes del desastre.
Un director que se ciñera a la verdad, pero que la atmósfera fuera galdosiana. Bonito sería, en palabras de aquel Gabriel.
“…los méritos de Churruca como sabio y como marino eran tantos, que el mismo Napoleón le hizo un precioso regalo…” oyó decir Gabriel a doña Flora y don Alonso. Creo saber qué regalo es éste, uno que se puede ver en el museo Naval de Madrid.



El principio de la inexistente película es un niño-adolescente paseando por el museo con sus compañeros de instituto, que se sale del grupo y se queda escuchando lo que un guía explica de aquel regalo de Buenoenparte a Churruca. Aunque mejor que un guía, puede ser otro chaval de su mismo grupo el que se entretenga delante del par de pistolas de duelo, hablando con desgana y chulería sobre lo que dice Galdós en Trafalgar sobre el tema, lectura que ha disfrutado y sin embargo no deja que el entusiasmo asome, por el qué dirán, la adolescencia básicamente es eso.


El chico, el Gabriel del siglo XXI de 15, 16 ó 17 años, sale del museo con sus compañeros, y de vuelta a Atocha (han venido en tren), el profesor les guía de vuelta por detrás del Prado y del jardín botánico para desembocar en la Cuesta Moyano, y mientras la mayoría del grupo se sienta en los horribles bloques de granito que hay enfrente, que hacen la función de incómodos bancos; mientras el resto de chicos y chicas pelan la pava, unos pocos y pocas se dedican a hojear libros, entre ellos nuestro Gabriel moderno busca el primer Episodio Nacional.







        Hablemos algo del libro: "Ante el cadáver del malogrado Churruca, los ingleses, que le conocían por la fama de su valor y entendimiento, mostraron gran pena, y uno de ellos dijo esto o cosa parecida: Varones ilustres como éste no debían de estar expuestos a los azares de un combate, y sí conservados para los progresos de la ciencia de la navegación", me gusta pensar que Galdós escribiera esto porque de pequeño escuchara a algún superviviente de la batalla, y en casa de sus padres, delante de un café y una copita de aguardiente, un marinero contara esto. Galdós nació en 1843 y podría ser, por fechas no es imposible.

        Tras la batalla, Gabriel está muy lejos de Cádiz y recorre el camino de vuelta con un marinero francote y alegre. Éste dice a nuestro protagonista: "No quiero más batallas en el mar. El Rey paga mal, y después, si queda uno cojo o baldado, le dan las buenas noches, y si te he visto no me acuerdo.";  la palabra Rey viene en el libro así, con mayúscula inicial. Uno sonríe ante esta candidez, pero enseguida piensa en Carlos IV y se le queda helada la sonrisa. Y sigue el compañero de viaje de Gabriel: "El año pasado estuvo en Cádiz un capitán de navío que, no sabiendo cómo mantenerse y mantener a sus hijos, se puso a servir en una posada. Sus amigos le descubrieron, aunque él trataba de disimular su miseria y, por último, lograron sacarle de tan vil estado. Esto no pasa en ninguna nación del mundo." 

        Las relecturas de ciertos libros: El Lazarillo, El Quijote o éste del que se habla aquí, quitan tiempo de otras lecturas de libros que esperan pacientemente, pero merece la pena encontrarte con amigos que estaban durmiendo en la estantería.

          Así que ya tenemos película en tres partes:

          Una primera que es la toma de contacto de Gabriel moderno con Trafalgar en el museo Naval y en la cuesta Moyano. Enlazamos desde 2013, viendo al chaval leyendo ávidamente en su casa, hasta 1805, paseando por La Caleta de Cádiz ahora nuestro Gabriel histórico.
          La segunda parte de la peli imaginaria estaría basada en Galdós, lo que pasa en el libro es la columna vertebral, y se pueden añadir aspectos relacionados con recientes estudios sobre la batalla.
           Y la tercera parte sería el regreso al futuro desde 1805 a 2013. En la imagen de 1805 se ve a Gabrielillo durmiendo en Cádiz. La cámara hace zoom hasta verse sólo el rostro del niño, y cuando el zoom vuelve a mostrarnos el lugar dónde está durmiendo, se le ve ya en su casa del 2013. La escena final es en el Museo del Prado: el mismo profesor que les llevó al Naval, en el viaje de final de curso los lleva al de pintura. Y allí se verá a los alumnos observando el cuadro "Episodio de Trafalgar" de Francisco Sans Cabot. Esta sería nuestra película de Trafalgar.


sábado, 27 de octubre de 2012

AYER NO MÁS (Andrés Trapiello)



          "Llegaba, perdido, de la Historia". No puede esta frase significar lo mismo para la generación de los que nacieron, más o menos, cuando AT, que para los que nacimos alrededor de los ochenta. Así que las cosas que diré yo aquí no son reflejo de lo que quiere decir el libro, sino de lo que significan para mí; aclaración del todo innecesaria pero que siento que he de hacer.
          "Llegaba, perdido, de la Historia". Creo que mi generación ha vivido la mejor época de España, por los padres que tuve, por la educación que recibí. Es verdad que no es un sistema perfecto, la monarquía parlamentaria con su Constitución, pero si miras para atrás en la Historia de nuestro país hemos de sentirnos agradecidos con nuestros años vividos. Hablo en general, lógicamente habrá casos personales que me dirán que no, que ellos no lo han pasado bien. Pero que políticamente ha sido la etapa con más libertades, no hay duda. Ahora bien, España, como España, tal cual, no estaba bien vista (en España). La bandera era tabú, nuestros ilustres antepasados eran tabú, nuestras glorias militares eran tabú y la leyenda negra era la verdad y toda la verdad de nuestro pasado. El Cid, El gran capitán o Blas de Lezo, por poner sólo tres ejemplos eran sonrojantes para todo buen demócrata, amante de la libertad, fraternidad e igualdad.
          Sin embargo, uno tuvo suerte: una familia que regala libros y lee, viajes a museos y algunas pistas sobre la lucidez que te enseñan algunas personas. Y claro, el chiringuito se desmoronaba solo. España no nacía en el 36, el yugo y las flechas eran de antes de lo que me contaban y la República era una cosa que no era exactamente el comunismo que nos vendieron a precio de saldo.
          He de decir que un escritor que abrió bastantes ojos y conciencias fue Arturo Pérez-Reverte. Con sus patentes incendiarias, con mano en vizcaína, iban pasando capítulos que se saltaron en clase de Historia; verbigracia: Hernán Pérez del Pulgar, Antonio Barceló y multitud de personajes que habían hecho Historia, y nosotros se lo negábamos en pos de la Democracia, ¿disculpe? No nos lo contaba en clave de Bambi. La Historia venía con su blanco, su negro, y toda la gama de grises, ya en el libro "Ojos azules" deja bien pintados a los Alvarado y compañía. Pero es nuestra Historia, para bien y para mal.
          Todo esto, esta innecesaria introducción antes de hablar de Ayer no más, siento que he de escribirla, para separar las churras y las merinas que me han estado vendiendo. No hablaré de los partidos políticos. Ni del pepé, ni del pesoe, ni de esos paladines de la libertad, igualdad y fraternidad que eran CIU y PNV. Al menos a mí me contaron ese cuento tertulianos y telediarios.
          Y ahora sí, ahora hablemos de Ayer no más.


          "sentí que en cualquier momento al doblar una esquina me dentendría una patrulla de Falange o un grupo de obreros me pedirían el salvoconducto, pero sentí al mismo tiempo que yo formaba parte de uno de esos piquetes de milicianos. ¿De qué hubiera dependido entrar en una partida o en la otra?", ese sentí del principio es ante el que nos tenemos que poner. Pensé en esto muchas veces, ¿cuántos votos van al PP, o al PSOE, o a IU, hoy mismo porque tu abuelo haya estado en uno u otro bando? Muchas veces dependió del lugar donde se encontraban viviendo. Simplemente.



          "Encontré una vaina de bala de fusil. No son raros esta clase de hallazgos todavía, setenta años después. [...] Estaba oxidada [...] Me tiznaron las manos, se me quedaron rojas. Teñidas como de sangre. La prueba de un crimen que fue cometido antes de que yo naciera todavía me concierne, nos concierne a todos", esto es lo más inexplicable, pero que es la verdad, cuando nos empantanamos a hablar de política pasa lo mismo, la mancha de sangre nos llega, ¿Cómo atajarla? ¿olvido, perdón, reconocimiento? De todo eso creo que es el libro.



          Uno de los personajes dice a otro: "Si te vas a dedicar a Guerra Civil, no te fíes de nada ni de nadie, no creas lo que te cuenten ni lo que leas en los libros, en los periódicos, en los archivos...No he visto nunca nada en lo que la gente mienta más. Y lo peor es que la mayoría de los que mienten no saben que lo hacen". Otro problema es el de la confusión. Se me acaba de venir a la mente una frase que sale en el libro "Los cipreses creen en Dios" de Gironella. Pensaba alguien mirando hacia un puerto de donde se había ido un barco, y no había ni rastro de él, que el agua del mar siempre hacia tabla rasa. Tabla rasa, mirar adelante, que no nos siga condicionando la guerra para hacer las cosas mejor.



          Y también está Baroja por el libro, en boca de Pepe Pestaña: "- No, no soy un nihilista, de verdad. Escéptico, sí, bastante. Me gustan mucho las gentes, pero espero poco de ellas." No recuerdo si con estas mismas palabras reflexionaba alguien en las páginas de Baroja, pero en todas y cada una de ellas está esto. Cuánto le debemos a Baroja escribió alguna vez alguien.



          Termino la entrada del blog con música, una que viene dentro de Ayer no más, pues si le debemos mucho a Baroja, mucho le debemos a "nuestro hermano Amadeo". "Los primeros compases de La flauta mágica nos devolvieron al mundo de la fraternidad universal y en efecto, como por arte de magia, se fue restañando, por dentro y por fuera, la rota armonía".



La única duda que tengo es si es verdad lo que dijo AT en la presentación en La Central de Callao, que él se ha dedicado a escuchar a gentes para hacer el libro y él no era nadie. Muchas veces pinta a Pepe Pestaña como veo yo que es él (AT). O tal vez en determinados momentos se sienta como muchos personajes del libro; quizá que muchos de los personajes del libro forman a AT, no todos. Quizá.

           

viernes, 26 de octubre de 2012

LA ESPLÉNDIDA Y ÁSPERA ESPAÑA (Camille Mauclair)

           

          Versión española por J. Campo Moreno. M. Aguilar editor. Marqués de Urquijo, 39, Madrid. 1931. Dice el libro en la primera hoja del interior. En la siguiente hoja el autor francés dedica el libro, "A mi querida esposa dedico estos recuerdos de sol, de arte, de belleza, para que volvamos a vivirlos juntos".

          Fue una de esas tardes veraniegas de otoño en los madriles a los pies de la diosa Cibeles que sin moverse de su rotonda parece avanzar por la calle de Alcalá lentamente pero segura al ritmo que marcan los leones. Así, con esa idea entra uno en la feria del libro de ocasión. Este año homenajean a Mingote, mostrando algunos carteles suyos de otros años en el de este año; grabada tengo la imagen de ese Quevedo mingoteño, genial, moderno y rancio, con toda la sinvergonzonería luminosa, con todo el dolor del cojo genial, con todo lo que nos llega en sus letras. Así, con estas ideas uno se mete en las casetas de la feria del libro de lance, como se mete en un tren, o mejor todavía: te crees uno de esos personajes que entran en un tren viejo que salen al principio de una película vieja, y que sabes que encontrará emoción sin límite. Algún asesinato, algún pasajero que sabe demasiado o alguna pasajera que sin saber nada sabe más. Así, por el título y poco más, me llevé el libro. De vez en cuando cometo errores de este tipo, sin ideas preconcebidas me llevo debajo del brazo títulos que creo yo me llevarán más tarde a la luz del flexo, lejos. Pero tuve suerte, sería la conjura de esa tarde: nubes que se parecían bastante a las de Goya, la serenidad de la diosa al avanzar y el ¡viajeros al tren! que siente uno al meterse en las casetas del libro antiguo.

          Avisa Camille, en otra hoja previa a la obra, que terminó el libro días antes de que la República reemplazara a la Monarquía. Lo puso tal vez por su esperanza de que cambiasen aquellas cosas que había escrito en el libro y que nos mantenían atados al viejo régimen todavía. Que cambiasen las injusticias sociales me parece, no tanto la esencia antigua de lo español, pues eso se ve rápido en el libro que le apasiona.

          De Zumaia a Granada, pasando por Ávila, Museo del Prado, Toledo, La Mancha, el viajero se sincera en cada paisaje solitario, en cada visión de los lugareños, ante los cuadros de Goya, Velázquez y El Greco.
          El viajero ve a Sancho Panza y adivina, o quiere adivinar, a Don quijote a lo lejos cuando pasa con el tren desde Alcázar a Campo de Criptana, con los muchachos bebiendo agua del mismo vaso. Se enamora de la Alhambra, se acuerda de Boabdil yéndose con el famoso reproche doloroso de su madre. Siente que vuelve en el tiempo con el verde de las plantas y el rumor del agua.

          Uno que ha pasado en El Prado horas suficientes para escuchar a las meninas susurrarle algo a la infanta, o el sonido de las hojas del libraco que sostiene como puede Diego de Acedo "El Primo"; las suficientes para escuchar la guitarra desgarrada y castiza del ciego de Goya en la solitaria tercera planta; las suficientes para encontrar un hueco, una puerta al fondo de un palacio toledano y hablar quedo con los señores toledanos, hidalgos rancios, alguna mente clara, mucha cruz cosida bajo las negras vestiduras. Uno, digo, con este curriculum en historia del arte sin diploma, ni título universitario, lee con gusto la sinceridad de Camille: "La creencia del Greco es única en su clase. Su expresión es de una fuerza capaz de convertir a un ateo. Chilla la verdad, se cierne, alucina. Jamás, probablemente, ha recibido alma alguna de un modo tan intenso el don de espiritualizar las figuras ..."