Versión española por J. Campo Moreno. M.
Aguilar editor. Marqués de Urquijo, 39, Madrid. 1931. Dice el libro en la primera hoja del interior. En la
siguiente hoja el autor francés dedica el libro, "A mi querida esposa dedico
estos recuerdos de sol, de arte, de belleza, para que volvamos a vivirlos
juntos".
Fue una de esas tardes veraniegas de otoño en los madriles a los pies de la
diosa Cibeles que sin moverse de su rotonda parece avanzar por la calle de
Alcalá lentamente pero segura al ritmo que marcan los leones. Así, con esa idea
entra uno en la feria del libro de ocasión. Este año homenajean a Mingote,
mostrando algunos carteles suyos de otros años en el de este año; grabada tengo
la imagen de ese Quevedo mingoteño, genial, moderno y rancio, con toda la
sinvergonzonería luminosa, con todo el dolor del cojo genial, con todo lo que
nos llega en sus letras. Así, con estas ideas uno se mete en las casetas de la
feria del libro de lance, como se mete en un tren, o mejor todavía: te crees
uno de esos personajes que entran en un tren viejo que salen al principio de
una película vieja, y que sabes que encontrará emoción sin límite. Algún
asesinato, algún pasajero que sabe demasiado o alguna pasajera que sin saber
nada sabe más. Así, por el título y poco más, me llevé el libro. De vez en
cuando cometo errores de este tipo, sin ideas preconcebidas me llevo debajo del
brazo títulos que creo yo me llevarán más tarde a la luz del flexo, lejos. Pero
tuve suerte, sería la conjura de esa tarde: nubes que se parecían bastante a
las de Goya, la serenidad de la diosa al avanzar y el ¡viajeros al tren! que
siente uno al meterse en las casetas del libro antiguo.
Avisa Camille, en otra hoja previa a la obra, que terminó el libro días antes
de que la República reemplazara a la Monarquía. Lo puso tal vez por su
esperanza de que cambiasen aquellas cosas que había escrito en el libro y que
nos mantenían atados al viejo régimen todavía. Que cambiasen las injusticias
sociales me parece, no tanto la esencia antigua de lo español, pues eso se ve
rápido en el libro que le apasiona.
De Zumaia a Granada, pasando por Ávila, Museo del Prado, Toledo, La Mancha, el
viajero se sincera en cada paisaje solitario, en cada visión de los lugareños,
ante los cuadros de Goya, Velázquez y El Greco.
El viajero ve a Sancho Panza y adivina, o quiere adivinar, a Don quijote a lo
lejos cuando pasa con el tren desde Alcázar a Campo de Criptana, con los
muchachos bebiendo agua del mismo vaso. Se enamora de la Alhambra, se acuerda
de Boabdil yéndose con el famoso reproche doloroso de su madre. Siente que
vuelve en el tiempo con el verde de las plantas y el rumor del agua.
Uno que ha pasado en El Prado horas suficientes para escuchar a las meninas
susurrarle algo a la infanta, o el sonido de las hojas del libraco que sostiene
como puede Diego de Acedo "El Primo"; las suficientes para escuchar
la guitarra desgarrada y castiza del ciego de Goya en la solitaria tercera
planta; las suficientes para encontrar un hueco, una puerta al fondo de un
palacio toledano y hablar quedo con los señores toledanos, hidalgos rancios,
alguna mente clara, mucha cruz cosida bajo las negras vestiduras. Uno, digo,
con este curriculum en historia del arte sin diploma, ni título universitario,
lee con gusto la sinceridad de Camille: "La
creencia del Greco es única en su clase. Su expresión es de una fuerza capaz de
convertir a un ateo. Chilla la verdad, se cierne, alucina. Jamás,
probablemente, ha recibido alma alguna de un modo tan intenso el don de
espiritualizar las figuras ..."
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