sábado, 25 de enero de 2014

LA TARDE PERFECTA DE JOSÉ TOMÁS (Simon Casas)



No compré el libro porque el prólogo lo hubiera escrito Andrés Calamaro. Ya tengo dos libros sobre José Tomás, Un torero de leyenda de Carlos Abella y Luces y Sombras de Javier Villán.
         No iba buscando literatura, que me perdonen prologuista y autor. Con José Tomás pasa algo más. No voy a entrar a defender el toreo de José Tomás: la tauromaquia tiene arte (en el cual, aunque no entiendo, sólo gusto de perderme en él) pero también tiene ciencia, datos, categorías, experiencia, pasado, tradición… y eso no se aprende en dos días; seguiremos yendo y leyendo al universo taurino para seguir aprendiendo.
         Fui buscando complicidad, una lectura de lo que vivieron dos piratas aquella tarde (mañana luminosa de pañuelos blancos y uno naranja), estar sin estar en Nimes por mano, boca, letras de Simon Casas y Andrés calamaro. Creo que Andrés ha entrado en un mundo profundo, de amistad de toreros y otras gentes del toro, donde se siente bien, agradecido, honrado… y este prólogo le vino grande. Lo supo desde que se puso a ello, no sé si por encargo o por propia voluntad, o ambas cosas, pero sabía de su responsabilidad y que esto no era una broma. Le salva el corazón. Pero a Simon Casas le pasó lo mismo, tal vez con una inocencia menor, por edad, por recorrido taurino, por experiencia; pero sabe que este libro es un reflejo, un testimonio, vital (y esto es importante) de lo que supone el toro, José Tomás y el milagro de Nimes.


        No puedo, ni quiero descubrir el final del libro, sólo diré que merece la pena leer los chispazos de Andrés en el prólogo, y la vida de Simon Casas, la pasión de ambos, para acabar emocionado con las palabras del francés, cuando metaforiza toro y filosofía, vida y trascendencia, como ese momento raro de la tarde anochecida cuando ves a un hombre dar la vuelta al ruedo, y tú no lo conoces a él, ni él a ti, pero todo se entiende de una vez.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

TRAFALGAR (Benito Pérez Galdós)

De entre todas las películas que no se rodaron ni se van a rodar (deseando queda uno de comerse estas palabras en una sala de cine) está la de Trafalgar, entre otras muchas basadas en nuestra Historia que no ha interesado hacer.
No digo que se tome al pie de la letra a Galdós, pero sí que se le reconociese algún valor, y que parcialmente basado en él, así como en otros libros y estudios, se rodara una película con Gabriel Araceli escuchando a Churruca en casa de doña Flora de Cisniega, la prima de su amo Alonso en Cádiz, antes del desastre.
Un director que se ciñera a la verdad, pero que la atmósfera fuera galdosiana. Bonito sería, en palabras de aquel Gabriel.
“…los méritos de Churruca como sabio y como marino eran tantos, que el mismo Napoleón le hizo un precioso regalo…” oyó decir Gabriel a doña Flora y don Alonso. Creo saber qué regalo es éste, uno que se puede ver en el museo Naval de Madrid.



El principio de la inexistente película es un niño-adolescente paseando por el museo con sus compañeros de instituto, que se sale del grupo y se queda escuchando lo que un guía explica de aquel regalo de Buenoenparte a Churruca. Aunque mejor que un guía, puede ser otro chaval de su mismo grupo el que se entretenga delante del par de pistolas de duelo, hablando con desgana y chulería sobre lo que dice Galdós en Trafalgar sobre el tema, lectura que ha disfrutado y sin embargo no deja que el entusiasmo asome, por el qué dirán, la adolescencia básicamente es eso.


El chico, el Gabriel del siglo XXI de 15, 16 ó 17 años, sale del museo con sus compañeros, y de vuelta a Atocha (han venido en tren), el profesor les guía de vuelta por detrás del Prado y del jardín botánico para desembocar en la Cuesta Moyano, y mientras la mayoría del grupo se sienta en los horribles bloques de granito que hay enfrente, que hacen la función de incómodos bancos; mientras el resto de chicos y chicas pelan la pava, unos pocos y pocas se dedican a hojear libros, entre ellos nuestro Gabriel moderno busca el primer Episodio Nacional.







        Hablemos algo del libro: "Ante el cadáver del malogrado Churruca, los ingleses, que le conocían por la fama de su valor y entendimiento, mostraron gran pena, y uno de ellos dijo esto o cosa parecida: Varones ilustres como éste no debían de estar expuestos a los azares de un combate, y sí conservados para los progresos de la ciencia de la navegación", me gusta pensar que Galdós escribiera esto porque de pequeño escuchara a algún superviviente de la batalla, y en casa de sus padres, delante de un café y una copita de aguardiente, un marinero contara esto. Galdós nació en 1843 y podría ser, por fechas no es imposible.

        Tras la batalla, Gabriel está muy lejos de Cádiz y recorre el camino de vuelta con un marinero francote y alegre. Éste dice a nuestro protagonista: "No quiero más batallas en el mar. El Rey paga mal, y después, si queda uno cojo o baldado, le dan las buenas noches, y si te he visto no me acuerdo.";  la palabra Rey viene en el libro así, con mayúscula inicial. Uno sonríe ante esta candidez, pero enseguida piensa en Carlos IV y se le queda helada la sonrisa. Y sigue el compañero de viaje de Gabriel: "El año pasado estuvo en Cádiz un capitán de navío que, no sabiendo cómo mantenerse y mantener a sus hijos, se puso a servir en una posada. Sus amigos le descubrieron, aunque él trataba de disimular su miseria y, por último, lograron sacarle de tan vil estado. Esto no pasa en ninguna nación del mundo." 

        Las relecturas de ciertos libros: El Lazarillo, El Quijote o éste del que se habla aquí, quitan tiempo de otras lecturas de libros que esperan pacientemente, pero merece la pena encontrarte con amigos que estaban durmiendo en la estantería.

          Así que ya tenemos película en tres partes:

          Una primera que es la toma de contacto de Gabriel moderno con Trafalgar en el museo Naval y en la cuesta Moyano. Enlazamos desde 2013, viendo al chaval leyendo ávidamente en su casa, hasta 1805, paseando por La Caleta de Cádiz ahora nuestro Gabriel histórico.
          La segunda parte de la peli imaginaria estaría basada en Galdós, lo que pasa en el libro es la columna vertebral, y se pueden añadir aspectos relacionados con recientes estudios sobre la batalla.
           Y la tercera parte sería el regreso al futuro desde 1805 a 2013. En la imagen de 1805 se ve a Gabrielillo durmiendo en Cádiz. La cámara hace zoom hasta verse sólo el rostro del niño, y cuando el zoom vuelve a mostrarnos el lugar dónde está durmiendo, se le ve ya en su casa del 2013. La escena final es en el Museo del Prado: el mismo profesor que les llevó al Naval, en el viaje de final de curso los lleva al de pintura. Y allí se verá a los alumnos observando el cuadro "Episodio de Trafalgar" de Francisco Sans Cabot. Esta sería nuestra película de Trafalgar.


sábado, 27 de octubre de 2012

AYER NO MÁS (Andrés Trapiello)



          "Llegaba, perdido, de la Historia". No puede esta frase significar lo mismo para la generación de los que nacieron, más o menos, cuando AT, que para los que nacimos alrededor de los ochenta. Así que las cosas que diré yo aquí no son reflejo de lo que quiere decir el libro, sino de lo que significan para mí; aclaración del todo innecesaria pero que siento que he de hacer.
          "Llegaba, perdido, de la Historia". Creo que mi generación ha vivido la mejor época de España, por los padres que tuve, por la educación que recibí. Es verdad que no es un sistema perfecto, la monarquía parlamentaria con su Constitución, pero si miras para atrás en la Historia de nuestro país hemos de sentirnos agradecidos con nuestros años vividos. Hablo en general, lógicamente habrá casos personales que me dirán que no, que ellos no lo han pasado bien. Pero que políticamente ha sido la etapa con más libertades, no hay duda. Ahora bien, España, como España, tal cual, no estaba bien vista (en España). La bandera era tabú, nuestros ilustres antepasados eran tabú, nuestras glorias militares eran tabú y la leyenda negra era la verdad y toda la verdad de nuestro pasado. El Cid, El gran capitán o Blas de Lezo, por poner sólo tres ejemplos eran sonrojantes para todo buen demócrata, amante de la libertad, fraternidad e igualdad.
          Sin embargo, uno tuvo suerte: una familia que regala libros y lee, viajes a museos y algunas pistas sobre la lucidez que te enseñan algunas personas. Y claro, el chiringuito se desmoronaba solo. España no nacía en el 36, el yugo y las flechas eran de antes de lo que me contaban y la República era una cosa que no era exactamente el comunismo que nos vendieron a precio de saldo.
          He de decir que un escritor que abrió bastantes ojos y conciencias fue Arturo Pérez-Reverte. Con sus patentes incendiarias, con mano en vizcaína, iban pasando capítulos que se saltaron en clase de Historia; verbigracia: Hernán Pérez del Pulgar, Antonio Barceló y multitud de personajes que habían hecho Historia, y nosotros se lo negábamos en pos de la Democracia, ¿disculpe? No nos lo contaba en clave de Bambi. La Historia venía con su blanco, su negro, y toda la gama de grises, ya en el libro "Ojos azules" deja bien pintados a los Alvarado y compañía. Pero es nuestra Historia, para bien y para mal.
          Todo esto, esta innecesaria introducción antes de hablar de Ayer no más, siento que he de escribirla, para separar las churras y las merinas que me han estado vendiendo. No hablaré de los partidos políticos. Ni del pepé, ni del pesoe, ni de esos paladines de la libertad, igualdad y fraternidad que eran CIU y PNV. Al menos a mí me contaron ese cuento tertulianos y telediarios.
          Y ahora sí, ahora hablemos de Ayer no más.


          "sentí que en cualquier momento al doblar una esquina me dentendría una patrulla de Falange o un grupo de obreros me pedirían el salvoconducto, pero sentí al mismo tiempo que yo formaba parte de uno de esos piquetes de milicianos. ¿De qué hubiera dependido entrar en una partida o en la otra?", ese sentí del principio es ante el que nos tenemos que poner. Pensé en esto muchas veces, ¿cuántos votos van al PP, o al PSOE, o a IU, hoy mismo porque tu abuelo haya estado en uno u otro bando? Muchas veces dependió del lugar donde se encontraban viviendo. Simplemente.



          "Encontré una vaina de bala de fusil. No son raros esta clase de hallazgos todavía, setenta años después. [...] Estaba oxidada [...] Me tiznaron las manos, se me quedaron rojas. Teñidas como de sangre. La prueba de un crimen que fue cometido antes de que yo naciera todavía me concierne, nos concierne a todos", esto es lo más inexplicable, pero que es la verdad, cuando nos empantanamos a hablar de política pasa lo mismo, la mancha de sangre nos llega, ¿Cómo atajarla? ¿olvido, perdón, reconocimiento? De todo eso creo que es el libro.



          Uno de los personajes dice a otro: "Si te vas a dedicar a Guerra Civil, no te fíes de nada ni de nadie, no creas lo que te cuenten ni lo que leas en los libros, en los periódicos, en los archivos...No he visto nunca nada en lo que la gente mienta más. Y lo peor es que la mayoría de los que mienten no saben que lo hacen". Otro problema es el de la confusión. Se me acaba de venir a la mente una frase que sale en el libro "Los cipreses creen en Dios" de Gironella. Pensaba alguien mirando hacia un puerto de donde se había ido un barco, y no había ni rastro de él, que el agua del mar siempre hacia tabla rasa. Tabla rasa, mirar adelante, que no nos siga condicionando la guerra para hacer las cosas mejor.



          Y también está Baroja por el libro, en boca de Pepe Pestaña: "- No, no soy un nihilista, de verdad. Escéptico, sí, bastante. Me gustan mucho las gentes, pero espero poco de ellas." No recuerdo si con estas mismas palabras reflexionaba alguien en las páginas de Baroja, pero en todas y cada una de ellas está esto. Cuánto le debemos a Baroja escribió alguna vez alguien.



          Termino la entrada del blog con música, una que viene dentro de Ayer no más, pues si le debemos mucho a Baroja, mucho le debemos a "nuestro hermano Amadeo". "Los primeros compases de La flauta mágica nos devolvieron al mundo de la fraternidad universal y en efecto, como por arte de magia, se fue restañando, por dentro y por fuera, la rota armonía".



La única duda que tengo es si es verdad lo que dijo AT en la presentación en La Central de Callao, que él se ha dedicado a escuchar a gentes para hacer el libro y él no era nadie. Muchas veces pinta a Pepe Pestaña como veo yo que es él (AT). O tal vez en determinados momentos se sienta como muchos personajes del libro; quizá que muchos de los personajes del libro forman a AT, no todos. Quizá.

           

viernes, 26 de octubre de 2012

LA ESPLÉNDIDA Y ÁSPERA ESPAÑA (Camille Mauclair)

           

          Versión española por J. Campo Moreno. M. Aguilar editor. Marqués de Urquijo, 39, Madrid. 1931. Dice el libro en la primera hoja del interior. En la siguiente hoja el autor francés dedica el libro, "A mi querida esposa dedico estos recuerdos de sol, de arte, de belleza, para que volvamos a vivirlos juntos".

          Fue una de esas tardes veraniegas de otoño en los madriles a los pies de la diosa Cibeles que sin moverse de su rotonda parece avanzar por la calle de Alcalá lentamente pero segura al ritmo que marcan los leones. Así, con esa idea entra uno en la feria del libro de ocasión. Este año homenajean a Mingote, mostrando algunos carteles suyos de otros años en el de este año; grabada tengo la imagen de ese Quevedo mingoteño, genial, moderno y rancio, con toda la sinvergonzonería luminosa, con todo el dolor del cojo genial, con todo lo que nos llega en sus letras. Así, con estas ideas uno se mete en las casetas de la feria del libro de lance, como se mete en un tren, o mejor todavía: te crees uno de esos personajes que entran en un tren viejo que salen al principio de una película vieja, y que sabes que encontrará emoción sin límite. Algún asesinato, algún pasajero que sabe demasiado o alguna pasajera que sin saber nada sabe más. Así, por el título y poco más, me llevé el libro. De vez en cuando cometo errores de este tipo, sin ideas preconcebidas me llevo debajo del brazo títulos que creo yo me llevarán más tarde a la luz del flexo, lejos. Pero tuve suerte, sería la conjura de esa tarde: nubes que se parecían bastante a las de Goya, la serenidad de la diosa al avanzar y el ¡viajeros al tren! que siente uno al meterse en las casetas del libro antiguo.

          Avisa Camille, en otra hoja previa a la obra, que terminó el libro días antes de que la República reemplazara a la Monarquía. Lo puso tal vez por su esperanza de que cambiasen aquellas cosas que había escrito en el libro y que nos mantenían atados al viejo régimen todavía. Que cambiasen las injusticias sociales me parece, no tanto la esencia antigua de lo español, pues eso se ve rápido en el libro que le apasiona.

          De Zumaia a Granada, pasando por Ávila, Museo del Prado, Toledo, La Mancha, el viajero se sincera en cada paisaje solitario, en cada visión de los lugareños, ante los cuadros de Goya, Velázquez y El Greco.
          El viajero ve a Sancho Panza y adivina, o quiere adivinar, a Don quijote a lo lejos cuando pasa con el tren desde Alcázar a Campo de Criptana, con los muchachos bebiendo agua del mismo vaso. Se enamora de la Alhambra, se acuerda de Boabdil yéndose con el famoso reproche doloroso de su madre. Siente que vuelve en el tiempo con el verde de las plantas y el rumor del agua.

          Uno que ha pasado en El Prado horas suficientes para escuchar a las meninas susurrarle algo a la infanta, o el sonido de las hojas del libraco que sostiene como puede Diego de Acedo "El Primo"; las suficientes para escuchar la guitarra desgarrada y castiza del ciego de Goya en la solitaria tercera planta; las suficientes para encontrar un hueco, una puerta al fondo de un palacio toledano y hablar quedo con los señores toledanos, hidalgos rancios, alguna mente clara, mucha cruz cosida bajo las negras vestiduras. Uno, digo, con este curriculum en historia del arte sin diploma, ni título universitario, lee con gusto la sinceridad de Camille: "La creencia del Greco es única en su clase. Su expresión es de una fuerza capaz de convertir a un ateo. Chilla la verdad, se cierne, alucina. Jamás, probablemente, ha recibido alma alguna de un modo tan intenso el don de espiritualizar las figuras ..."

viernes, 21 de septiembre de 2012

SÍ Y NO (Andrés Trapiello) 02



          Se dirá que es un sacrilegio y una herejía sacar aquí trocitos de artículos del magnífico libro SÍ Y NO, mutilando su contenido total, privándolos de una coherencia que tuvieron como artículos sueltos en su día, como artículos compañeros de otros ahora en el libro. Pero creo que cuando se escribe, se hace por necesidad vital, y hay algunas partes de estos escritos que me llaman, como si salieran unos brazos del libro, me cogieran por las solapas y me instigaran a minimizar la ventana que mantiene en bucle las gnossiennes de Satie, abrir la correspondiente a este blog y escribir. Escribir.

          "Lo que hace de nosotros lo que somos no son los recuerdos medidos con calibre ni pesados en balanza, sino la relación de unos con otros y la atmósfera que entre todos ellos forman". Y no entiendo porqué estas palabras me llevan directamente a acordarme de un palacio del siglo XIX que visité este verano. Fue en agosto, y me gustó, pero hasta hoy, que he leído esto, no habían vuelto a mi cabeza los jardines románticos con caminos que van a ningún sitio, con invernadero y lago artificial, pequeño y cuidado, con estatuas esperando a ser observadas. En el folleto que ofrecen al visitante hay un inventario que parece medir con calibre y pesados en una balanza sus obras más interesantes, su exclusiva colección de arte: cuadros de Goya, Tiziano y El Greco; tapices de Bruselas, y además en las fechas que fuimos nosotros pudimos ver los bodegones de Luis Meléndez, los mismos que he visto bastantes veces, solo, en el piso de arriba del Prado, junto a los cartones para tapices de Goya que también suelen aburrirse en su soledad (a lo mejor así pueden descansar todos los ayudantes de cacería de Carlos III, el pelele lo mantearán muy a su sabor las mujeres que sostienen la manta y la pelea en la venta puede seguir su curso). Y sin embargo si tuviera que elegir tres cosas del palacio Selgas-Fajalde, tres recuerdos, no sería nada de lo que anuncian ahí, en el folleto, sino la huella que la Guerra Civil dejó en un espejo, una estrella oscura del tamaño de una moneda grande, de puntas múltiples, irregulares en su longitud, única marca que dejó la contienda según la audioguía, aquella bala perdida. También me quedaría con alguna de las sillas con lámpara incorporada y brazo delantero para apoyar algún libro de los que pueblan la biblioteca, grande para mí, pequeña seguramente para quien acumula libros a lo tonto, justa, suficiente para perder allí todo el tiempo del mundo, cuando los atardeceres permitiesen mirar por la ventana y adivinar conversaciones en voz baja entre las estatuas del jardín. Me quedaría con la sensación que tuve en algunas salas de que alguien se acababa de ir, de que hace un momento la criada terminaba de peinar a uno de aquellos niños bien vestidos, que recién salió hacia  la escuela que está a la entrada del recinto, un coqueto edificio, donde, en vitrinas, se muestran pequeños cuadernitos de ortografía, mapas y otros manuales de otras épocas, escuetos y suficientes. Es decir, la atmósfera que se quedó ahí, entretejida por viejas vivencias.

          El final del artículo es mi parte favorita del libro, por ahora, muy difícil de superar, ya sin relación con el palacio, que dejé olvidado, "Un día alguien besó a una joven, a quien jamás volvió a ver. El recuerdo de ese beso dura menos que el beso, y sin embargo ese joven, ya viejo, comprende que el resto de su vida ha gravitado bajo la impresión profunda que aquel acto de amor, y su pérdida, dejó en su corazón". Cuenta Sabina, Joaquín, que él nunca escribió canciones para sus grandes amores, las chicas que estuvieron con él de forma más o menos continuada, sino que un día vio a una chica por la ventanilla de un tren, y que necesitaba escribirle una canción. Somos así, nos movemos más de verdad en el terremo mitológico y legendario que en el racional y lógico, preferimos conocer a un soldado al servicio de Napoleón en la leyenda toledana El Beso de Bécquer que leer una manual de Historia donde  diga las partes de su uniforme, y todos los etcéteras que le sobran a nuestras pasiones. Ya lo decía Sandoval (un personaje inolvidable de la película argentina El secreto de sus ojos): "Un hombre puede renunciar a todo, menos a una cosa: su pasión", aunque a veces, no pueda escribir ese recuerdo en sus memorias o tenga que escribirlo en un cuento o una novela, como si no fuese él al que le pasa, sino a un ingenioso hidalgo o un dragón francés.

(Sobre el artículo "Calibre y balanza de la memoria").

sábado, 15 de septiembre de 2012

SÍ Y NO (Andrés Trapiello) 01

         
          Es una colección de artículos que salieron publicados en revistas y periódicos del domingo. No sabía uno si escribir sobre ellos, pero me he encontrado algunas palabras sobre la foto Autorretrato de Alberto García Alix que tenía que rescatar para esta pequeña isla o blog, "la foto está mal encuadrada por arriba y por abajo, por todas partes. No parece cosa intencionada, y esa humildad de ceder al azar la hace, como obra de arte, más honda", así AT me sigue sorprendiendo desde una aparente sencillez, que a lo mejor sí, es sencillez, pero que cuenta cosas con la precisión del que lee mucho, anda mucho, y no puede dejar de buscar y de escapar entre, por ejemplo, fotos, "La intensidad de esa mirada, el dolor que adivinamos en ella, la radical soledad, las pocas ganas de devaneo estético, son aquí algo serio y definitivo". Después de leer esto uno busca rápidamente esa foto por internet, y salen varias, pero por las palabras aquí reproducidas y por otras que se quedaron en el libro sabe cuál es, y la miras y vuelves a las líneas que acabas de leer, y allí están, las dos cosas correspondiéndose, el texto con la foto y viceversa. Uno quiere buscar otras palabras, propias, mejores que esas de AT y sonríe, como diciéndose para su coleto "no tienes tú que beber colacao todavía para esto, chaval", que es lo que te decían los mayores de octavo (yo hice el maravilloso EGB) cuando uno todavía iba a tercero, y quería echar unas canastas con ellos y no llegaba al aro ni al tablero, y le miraban sonriéndose, pues con lo pequeños todavía no eran crueles, en sexto y séptimo nadie se atrevía a entrar ni al campo, claro, pues ahí ya podría haber palabras mayores, y no te digo nada si había chicas mirando... Tal vez si AT fuera uno de esos de octavo, diría "no te quedan a ti, chaval, relecturas del Quijote, o del Lazarillo, o de Baroja o de...", y ya metidos en faena de ficción, AT me lo diría dentro de una de esas ilustraciones de Doré, en un sillón rodeado de pequeños seres reales y fantásticos, de libros abiertos y cerrados, ocupando por algunos momentos el lugar de Alonso Quijano soñándose el hidalgo o al revés, sonriendo con la sonrisa de la portada de este libro que tengo yo aquí y ahora, SÍ Y NO, bien peinado, como al descuido pero cuidado, mirando a sus perros, o a unos perros que no son suyos pero que parece conocerlos, sentado tranquilamente, sereno, la mano izquierda suspendida en el aire pues el brazo apoya en el brazo de la silla de madera y tela blanca, que a veces me he encontrado yo en algún lugar donde venden muebles y si no me he sentado poco le ha faltado, y la mano derecha nos la tapan sus piernas cruzadas, ¿Qué libro, revista del Rastro, objeto encontrado en sus diarios sujeta ahí? Acaso no soporte nada, y lo más importante de esa foto sea ese espacio en blanco, en negro, ese misterio, como el cuadro dentro del cuadro Las meninas, del que tampoco sabemos más que fabulaciones, y sea todo tan claro que hacen falta muchos paseos, y miradas, y lecturas para darse cuenta de que al final lo importante en cualquier cosa que nos llame la atención, libro, verso, lienzo, sea algo que nadie sabe lo que es, como lo que hay en esa mano derecha, pero que es lo único que importa.
                                                                               (Sobre el artículo "Un rostro")

lunes, 20 de agosto de 2012

EL VERANO / BODAS (Albert Camus)


          "¿Dónde están las virtudes conquistadoras del espíritu?" se pregunta Albert Camus en este libro con varias partes: El verano, En el mar, Bodas y El Minotauro o Alto de orán. Todas ellas giran en torno a esa pregunta, y parece que él escribía para ser capaz de darle forma a sus intuiciones con vocación de certeza, que hoy, pasado el tiempo preciso para que maduren esas palabras, por fin parecen verdaderas. No creo que AC quisiera dogmatizar sobre nada, sólo desde su circunstancia (siendo muy distinto el camino de los dos, el punto de partida es el mismo en la filosofía de Ortega) intenta hacer una filosofía desprendida y a la vez totalmente volcada en creer en el ser humano.

          "El propio Nietsche las ha enumerado (las virtudes conquistadoras del espíritu): firmeza de carácter, el gusto, el mundo, la clásica felicidad, la dura altivez, la fría frugalidad del sabio", viendo las fotos de AC parece que tuviera un poco de todo esto, y aunque una foto pueda engañarnos, cuando uno ha leído El primer hombre sabe que había alguien especial, comprometido con el bien, que yo no sé lo que es para los demás pero que siento cerca continuamente en los libros del escritor argelino, y no me refiero al sentido maniqueo de la aceptación de un bien y el rechazo de un mal, de la separación prejuiciosa de buenos y malos, es más una actitud ante la vida que tiende al bien sin taparse los ojos, sin rechazar a nadie.

          "Los mitos no tienen vida por sí mismos. Aguardan a que nosotros los encarnemos. Basta que un solo hombre en el mundo responda a su llamada para que nos ofrezca su savia intacta", es difícil decir más con menos sobre la Mitología, y no sólo me refiero a la griega, el hombre vive de leyendas y de mitos, de hecho los tiempos que vivimos son más mediocres porque la mayoría de personas han renunciado a la Mitología y a lo legendario para adorar a becerros de oro a través de una fe en la razón como única luz, por cierto becerros de oro más reales pero más ominosos. Uno lee estas pocas palabras de AC y le gustaría salir corriendo a una librería o a una biblioteca a hacerse con La Odisea o La Ilíada.

          Habla también de sus principios como escritor y los demás (los lectores o la sociedad que le conoce aunque no lo hayan leído): "La idea de que todo escritor escribe por fuerza sobre sí mismo y se pinta en sus libros, es una de esas ideas pueriles que nos legó el Romanticismo", puede ser que esa idea sea en verdad infantiloide y de lectores y escritores que gustan de lo plano, el blanco o negro, y en realidad un escritor debería ser complejo como su propia naturaleza, y moverse entre los escombros de la memoria y el deseo (gracias al escritor Alejandro Tello Peñalva por ese título tan acertado). Sin embargo... "¿Es que acaso hice otra cosa que razonar sobre una idea que encontré en las calles de mi época?", volvemos a su circunstancia, en este libro todo parte de Argelia, Orán, el mar, el Mediterráneo y el choque de todo eso con la grisura de la nueva Europa y el nuevo mundo.

          Continuamente se mueve entre dos ideas para intentar explicar su filosofía: el ser humano, su lucha, su sentido, su relación con los demás... y el Mediterráneo, para disgregarse en sus colores, en su brisa, en hacerse parte de él, desapareciendo y confundiéndose en el paisaje, "Por un breve instante el mar se presenta rosado a un lado, azul al otro. Luego las olas se oscurecen", y aquí ve uno también las palabras sencillas, pero evocadoras, imágenes potentes emergiendo de las palabras como sale un submarino del mar, sacadas del texto total serían como pequeños versos donde cabrían todas nuestras esperanzas, o donde se ahogarían, porque con un mar rosado allá , un mar azul en el otro confín y aquí en la orillla unas olas oscuras que traen un sonido que es masaje para el alma tendríamos todo lo que nos hace falta, no pediríamos nada más. Hay tardes que tenemos la suerte de situarnos en un lugar desde donde podemos observar en el cielo lo que él cuenta del mar; allá en el horizonte donde se va el sol, hay nubes que se deshacen en tonos rosados, y por el lado de oriente predomina el azul oscuro, giras lentamente tu cuello para ver la transición de colores y parece que en ese momento se entiende todo de repente, que es casi como decir, para quitarle la trascendencia que no buscamos, que no se entiende nada (ni falta que hace) y que con esos colores en el cielo nos bastaría, chanclas en los pies, bañador todavía mojado, camisa blanca de lino, y nada más. Lo mismo que cerca del mar cuando las olas se oscurecen y pasaste desde un sol de justicia antes de la siesta a un sol moribundo y hermoso rodando por el otro lado de las montañas al despertar en la arena fresca y cenicienta.

          Con AC el problema es que se pueden subrayar muchas frases en sus libros, será mejor acabar esta entrada del blog con cierta declaración de intenciones, una música de Tino Rossi mezclándose con el sonido de las olas del mar y una foto en blanco y negro del elegante escritor en francés, como escenario para estas sencillas enseñanzas: "No buscamos lecciones, ni la amarga filosofía que se le pide a la grandeza. Fuera del sol, los besos y los perfumes silvestres, todo nos parece fútil".