Cada anochecer de mi infancia, regresaba a casa perseguido por la escuela.
Es la primera frase del libro que me ha llamado la atención. Es triste pero parece que muchos nos sentimos (en pasado) así. Sobre todo aquellos domingos de atardecer gris, donde el cielo parecía una fea puerta de garaje donde todos los humanos cabían, pues no me imaginaba yo a nadie contento un domingo por la tarde. Más si todavía quedaban algunos deberes por terminar.
Hoy el agua ha descendido, los peces han desaparecido, una espuma viscosa y estancada habla de la victoria del detergente sobre la naturaleza. De nuestra infancia sólo queda el canto de las cigarras y el calor resinoso del sol.
Aquí el autor relata un paseo con su hermano, cuando ya mayores, vuelven al río donde de niños se bañaban. Es curioso porque en el río Tajo debe pasar algo muy parecido, por algo que contó un hombre de unos sesenta años, que montado en una barca sobre las aguas del río toledano, comentaba con cierta margura y enfado mal disimulados, lo mismo que Pennac. El triunfo del detergente sobre la naturaleza.
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